Unidos Podemos: la contradicción está en el nombre

La contradicción en los términos no expresa solo un desiderátum fallido, sino un convencimiento altivo: el de que el resto de fuerzas de izquierda debería venir con nosotros

Foto: Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. (Ilustración: Raúl Arias)
Íñigo Errejón y Pablo Iglesias. (Ilustración: Raúl Arias)

Alguien podrá pensar que lo mismo que se señala en el título del presente texto ocurría desde hace tiempo con Izquierda Unida. Me refiero a que ya la denominación de la formación expresaba (a través del unitario adjetivo) un desiderátum que quedaba desmentido con su propia existencia al margen de otras formaciones, también de izquierda. Pero lo de nuestros días va más allá. A fecha de hoy ignoro cuál será la fórmula con la que el futuro/a presidente/a del Congreso de los Diputados llamará a la tribuna al/a la portavoz del grupo parlamentario para que intervenga en los plenos, pero no sería descartable que lo hiciera con una parecida a esta: "Tiene la palabra el portavoz de Unidos Podemos-Izquierda Unida-En Comú Podem-En marea-Unidos por Andalucía-Compromís…", es decir, una fórmula que describiría la desunión de una cierta izquierda (desunión en su seno y respecto a la otra izquierda, vamos a llamarle más moderada por abreviar) en contradictorios términos de unidad.

La contradicción en los términos no expresa solo un desiderátum fallido (del tipo: ojalá fueran juntos, como nosotros, todos los sectores de izquierda), sino, tal vez sobre todo, un convencimiento altivo: el de que el resto de fuerzas de izquierda debería venir con nosotros, y aquí estamos para llevar a cabo esa misión histórica. O, si se prefiere: no estamos aquí para ahondar en la desunión sino para ponerle remedio de una vez por todas.

Está claro que al propósito, por bienintencionado que pudiera ser en su origen, no le acompaña la fortuna. Y no me refiero, claro está, a las expectativas electorales, volátiles y contingentes por definición, sino al presunto anhelo de unidad, tan reiterado como incumplido. De hecho, las últimas noticias provenientes de ese sector, tan unitarista sobre el papel, dan cuenta de que no deja de crecer el número de desunidos que reclaman unidad, como el reciente caso de Íñigo Errejón en Madrid acredita bien a las claras. Constatado lo cual, convendría detenerse al menos un instante para reflexionar sobre la naturaleza del asunto. O al menos acerca de la forma en la que esa querencia a la fragmentación, casi legendaria en una cierta izquierda, se ha materializado últimamente entre nosotros.

A este respecto una cosa que cabría observar se refiere a la particular manera en que en nuestros días tienen lugar tales procesos. Una manera determinada en gran medida por el personalismo de sus dirigentes, hasta el punto de que la casi totalidad de escisiones y reconfiguraciones tienen nombres y apellidos mucho más que etiquetas ideológicas. Así, se ha convertido en habitual denominar a la formación más afín a Podemos en Cataluña "el partido de Ada Colau", sin que ni al analista más atento le resulte posible especificar por dónde pasan las diferencias ideológico-políticas con el partido de Pablo Iglesias.

Casi totalidad de escisiones y reconfiguraciones tienen nombres y apellidos mucho más que etiquetas ideológicas

Lo propio cabría señalar respecto a la escisión madrileña de Podemos, la protagonizada por el mencionado Íñigo Errejón, cuyos últimos textos en 'El País' podrían haber sido firmados tranquilamente hasta por un liberal conservador, a tal extremo llegaba la vaporosidad teórica de los mismos, vaporosidad que cabría resumir afirmando que el autor se declaraba a favor del bien y en contra del mal. Imposible, por tanto, también en este caso, precisar por dónde pasa actualmente la línea de demarcación ideológico-política entre la nueva formación a la que se ha incorporado para concurrir a las autonómicas (Más Madrid) y la formación de la que provenía (Podemos). Máxime habida cuenta de que esta última ha estado entregada en el último tramo de la finalizada legislatura a la abierta colaboración con el PSOE, esto es, ha aplicado la línea de moderación y entendimiento entre izquierdas que se supone que siempre había defendido Errejón.

Ahora bien, resultaría de todo punto injusto imputar en exclusiva personalismo a quienes ahora se desgajan del tronco. Es más, probablemente los desunidos recientes lo han hecho utilizando las mismas lógicas y procedimientos que utilizaron en su momento para constituirse aquellos otros de quienes ahora se separan. Porque si algo conforma uno de los rasgos más específicos de Podemos es precisamente el intenso personalismo de la formación, con un liderazgo de tal intensidad que los avatares privados de su dirigente máximo han ido repercutiendo de manera directísima en la deriva de aquella.

Si algo sobra son los ejemplos que pueden ilustrar la afirmación anterior. Del hecho de la completa ausencia de Pablo Iglesias de la vida política en momentos trascendentales para el país con el argumento de su baja paternal, al episodio de someter a la militancia la ratificación de sus adquisiciones inmobiliarias, son abundantes los casos de cuestiones estrictamente personales convertidas en abiertamente políticas por decisión expresa del máximo responsable del partido (aunque hay que admitir que en este punto la competencia con Colau es feroz: resulta difícil concebir obscenidad política mayor que la de intentar convertir en argumento electoral para no perder la alcaldía de Barcelona la presunta condición de "pobre y bisexual" de la todavía alcaldesa, como si la sexualidad tuviera algún tipo de relevancia a la hora de gestionar una ciudad).

El polémico cartel de la vuelta de Pablo Iglesias
El polémico cartel de la vuelta de Pablo Iglesias

Frente a esto, la gran ventaja de los partidos tradicionales no es, obviamente, que estén a salvo de tentaciones personalistas (nadie lo está de que a un asesor de campaña se le ocurra un eslogan sonrojante como "vuELve", al que solo le faltaba "…el hombre" para copiar literalmente un viejo anuncio machista de colonia), sino el hecho de que dispongan de sólidas estructuras orgánicas y abundantes cuadros, amén de una consolidada cultura de partido, para el caso de que tanto los personalismos como otros errores análogos dañaran severamente a la propia formación. Es la existencia de este fondo de armario, si se me permite la expresión, la que marca la diferencia primordial entre recién llegados y veteranos.

Nada impide, por supuesto, que a la izquierda de uno (el PSOE), le pueda surgir competencia (Podemos), o a la derecha del otro (PP), una alternativa inquietante (VOX). Pero mientras las formaciones veteranas pueden reivindicarse como casa común de su respectivo ámbito —y ahí está para ilustrarlo la invitación a Iñigo Errejón por parte de Adriana Lastra, portavoz del grupo parlamentario socialista en el Congreso, para integrarse en las filas de su partido— el sino de la formación de izquierda presuntamente nueva parece ser el de no dejar de convocar de boquilla a la unidad mientras se desangra en escisiones y abandonos. Y si alguien piensa que esta última afirmación resulta un tanto exagerada, le remito al artículo de Iván Gil publicado en este mismo diario el pasado día 9 y cuyo título no puede ser más elocuente: "Tania Sánchez, ida y vuelta a la Asamblea de Madrid tras cuatro años… y cuatro partidos". ¿Alguien da más?

Filósofo de Guardia

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