Torra y el banderillero de Belmonte

La pregunta que, de manera inevitable, cualquiera se plantea en la presente situación es: ¿acaso existe alguien que pueda hacer bueno a Torra?

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. (EFE)

A José Juan Díaz Trillo, torero fino

Una buena manera de calibrar el disparate en el que ha desembocado el 'procés' es imaginar qué podría suceder en un futuro inmediato si sus protagonistas más destacados perseveraran en los comportamientos que han seguido hasta ahora. Propongo llevar a cabo dicho ejercicio de imaginación sirviéndome de dos sencillos ejemplos. Supongamos, en primer lugar, que, como consecuencia del terco empeño por parte de Torra en mantener su ridículo jugueteo con la Junta Electoral Central a cuenta de los lazos amarillos, terminara por verse inhabilitado. Parece lógico pensar, a la vista de cómo se ha comportado hasta ahora el independentismo, que ante una circunstancia así este no tendría otro remedio que manifestar que consideraba semejante decisión como profundamente injusta y procedería a afirmar que no aceptaba la sentencia.

Siguiendo con la misma lógica, el sucesor de Torra declararía al tomar posesión del cargo que en realidad él no debería estar ahí porque el único 'president' legítimo era el condenado por los tribunales españoles, y afirmaría a continuación que se consideraba a sí mismo un 'president' vicario, mero sustituto hasta el momento en que el inhabilitado fuera rehabilitado con toda la dignidad que merecía. Con lo que —por hacer el cuento corto, que dirían los mexicanos— nos encontraríamos en la situación de que la presidencia de la más alta institución de Cataluña la ocuparía el vicario de un vicario. Pero imagínense, para terminar con la fantasía de este primer ejemplo, que el vicario del vicario optara por mantener el perfil alocado y retador con el Estado que mantenía su predecesor y terminara siguiendo su misma suerte ante la justicia. Pasaría entonces a ser el tercer 'president' presuntamente legítimo sin presidencia, y así 'ad infinitum'. Monty Python le sacaría mucho partido a una situación así.

Pero regresemos por un momento a la realidad. Algunos analistas próximos al poder independentista han deslizado la idea de que tal vez cuando Quim Torra anunciaba, antes de embarcarse en la peregrina guerra de los lazos de colores, que no pensaba quedarse de brazos cruzados ante una sentencia a los políticos ahora juzgados distinta a la completa absolución, con lo que estaba amagando en realidad era con presentar su dimisión como 'president', buscando una salida que al menos tuviera la apariencia de honrosa, y que le permitiera blanquear su imagen de mero guardés de la finca de Puigdemont. Tal vez porque creyera que le podía ser de aplicación en clave política la sentencia de Petrarca "Un bel morir tutta una vita onora". Sinceramente, no creo que una fingida indignación como coartada para poner los pies en polvorosa pueda considerarse una hermosa muerte política, como tampoco creo que semejante gesto consiga dignificar una gestión tan desastrosa como la de Torra al frente de la Generalitat.

Pero no es este aspecto de la realidad el que ahora más me interesa destacar. A fin de cuentas, tampoco creo que la posibilidad de una precipitada renuncia por parte del actual inquilino del Palau deba causar gran preocupación, a la vista de cómo se está desenvolviendo hasta ahora en el cargo. En realidad, lo que asusta es pensar —y paso ya al segundo ejemplo imaginario— quién podría ser el próximo 'president' o presidenta de la Generalitat si en el futuro se siguiera para designarlo el mismo procedimiento que hasta ahora, esto es, que el dedazo del presidente saliente señalara al entrante con el criterio, poco oculto, de convertir al propietario del dedo en digno de ser añorado.

La pregunta que, de manera inevitable, cualquiera se plantea en la presente situación es: ¿acaso existe alguien que pueda hacer bueno a Torra? No faltan los que dicen que sí, que todo es susceptible de empeorar aunque a primera vista no lo parezca, y que, por ejemplo, Eduard Pujol, actual portavoz de Junts per Catalunya en el Parlament y conocido entre el público por haber denunciado en televisión que era seguido por las calles de Barcelona por un espía en patinete (aclaro a quienes no siguen el día a día de la política catalana que no es una broma), está bien colocado para ello y aspiraciones no le faltan. En todo caso, y siguiendo la lógica empleada hasta el presente, se ajustaría al perfil de político al que le correspondería optar a la plaza.

De ocurrir semejante cosa, nos encontraríamos ante la reedición, agravada, del caso del banderillero de Juan Belmonte, Joaquín Miranda. Muchos de ustedes conocerán la anécdota. Este hombre llegó a ser gobernador civil de la provincia de Huelva después de la guerra. Comoquiera que en función de dicho cargo le correspondiera en cierta ocasión presidir un festival taurino al que asistía como público su antiguo maestro, se produjo la situación que ahora viene a cuento. Un amigo que acompañaba a Belmonte, al ver a su antiguo banderillero en el palco presidencial, le preguntó al llamado "Pasmo de Triana": "Don Juan, ¿es verdad que este señor gobernador ha sido banderillero suyo?". La escueta respuesta afirmativa del torero, lejos de saciar la curiosidad del amigo, le generó una perplejidad suplementaria: "Don Juan, ¿y cómo se puede llegar de banderillero de Belmonte a gobernador?", repreguntó. A lo que don Juan le respondió con la frase que se ha hecho célebre: "¿Cómo va a ser? Degenerando…". Cualquiera comentario por mi parte que ahondara en el paralelismo entre esta anécdota y la realidad actual catalana entraría de lleno en el terreno de la crueldad, así que me permitirán que lo deje aquí.

Filósofo de Guardia

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