Reflexionando: valores, política y politiquería

La izquierda será superior moralmente a cualquier otra opción si hace sus deberes, esto es, si cumple con lo que entiende que debe hacer, con aquello a lo que se siente obligada, comprometida

Foto: Una persona coloca en la mesa de un colegio electoral de Pamplona las papeletas. (EFE)
Una persona coloca en la mesa de un colegio electoral de Pamplona las papeletas. (EFE)

Ahora que solo queda reflexionar y no procede pedir el voto para formación alguna, tal vez valga la pena dedicar un rato de esa reflexión al asunto de la naturaleza misma de la política, de la que se supone que unas elecciones como las de mañana representan el momento culminante. Gustaba de afirmar Francisco Fernández Buey —hombre inequívocamente de izquierdas y luchador por aquello en lo que creía mientras le quedó un suspiro de vida— que la política sin valores no era política: era politiquería. Tan convencido estaba de ello que, en vez del término clásico, prefería utilizar el de poliética, con el objeto de subrayar que la actividad política, para merecer el nombre de tal, debía estar atravesada de ética, empapada de ética.

Conviene apresurarse a añadir, si queremos evitar los malentendidos más frecuentes, que semejante reivindicación de la ética no constituye una mera afirmación grandilocuente, una apelación retórica pero exenta de contenido específico, a favor del bien y en contra del mal. Por el contrario, pretende ser por parte de quienes la plantean una guía para la acción en todo momento y en todos los planos, tanto cuando los individuos se preocupan —sea en su calidad de ciudadanos, sea en la de representantes de la ciudadanía— por los problemas concretos de las personas como cuando diseñan futuros y señalan la dirección en que debería encaminarse su sociedad.

Pero tal vez los matices más interesantes sean los referidos no solo a quienes asumen con mayor frecuencia e intensidad dicha reivindicación sino también a quienes más la critican. Respecto a los protagonistas de la misma, un lugar común lo constituye el reproche de que suelen estar situados de manera mayoritariamente abrumadora a la izquierda. Tanta es la identificación entre reivindicación moral de la política e izquierda que ha terminado por dar lugar al tópico del convencimiento que se supone que tienen los miembros de dicha izquierda de su superioridad moral.

No dudo que pueda haberlos (e incluso en abundancia) que estén convencidos de que el mero hecho de reivindicar valores ya les concede algún tipo de superioridad moral. Pero no parece, desde luego, que quedarse ahí pueda considerarse que constituya mérito alguno. Es obvio que lo que nos hace en realidad (y no en la imaginación) mejores no es reivindicar determinados valores, sino materializarlos. Por eso, tiene escaso derecho a alardear de virtuoso el que no ha visto nunca puesta a prueba su virtud. Y ninguno, por descontado, el que incumple aquello que predica.

Tiene escaso derecho a alardear de virtuoso el que no ha visto nunca puesta a prueba su virtud

De lo que se desprende una segunda obviedad, y es que la izquierda será superior moralmente a cualquier otra opción si hace sus deberes, esto es, si cumple con lo que entiende que debe hacer, con aquello a lo que se siente obligada, con aquello con lo que se siente comprometida, con aquello que, en definitiva, es su razón de ser. Más aún: ni tan siquiera resultaría merecedora del nombre de izquierda si no hiciera todo eso que debe.

Esta segunda obviedad es, a poco que se piense, vinculante. Porque se deriva de la misma una exigencia con la que nos tropezamos a diario. Y es que resulta de todo punto razonable y lógico, a partir de lo anterior, que a los partidos de izquierda, precisamente porque declaran su compromiso con valores, sus votantes y simpatizantes les exijan su cumplimiento. En ese sentido, la izquierda parte con una mochila (de valores) que en muchos momentos se le puede hacer particularmente gravosa, porque de su incumplimiento se deriva una severa censura sobre todo por parte de los suyos. Baste con recordar a este respecto cómo le penalizan electoralmente un cierto tipo de escándalos en comparación a cómo lo mismo penaliza a formaciones políticas de distinto signo.

La izquierda será superior moralmente a cualquier otra opción si hace sus deberes

En efecto, a la izquierda sus votantes no solo le exigen, como los de cualquier otra opción política, la eficacia y materialización de sus promesas, sino también que todo ello se lleve a cabo ateniéndose a los códigos éticos que proclama. De ahí lo improcedente, amén de torpe, que resulta la forma en que algunos miembros de la izquierda se defienden de los ataques que reciben por no haber estado a la altura de los valores que manifestaban sostener, poniendo como excusa que no hay comparación entre la levedad de sus errores (pongamos por caso, pequeñas corruptelas) y la gravedad de los que comete la derecha en el mismo plano (corrupción organizada a gran escala). Lo que nos lleva ya al otro orden de matices anunciado.

Por lo que hace a quienes más critican dicha apropiación de los valores éticos por parte de la izquierda, ellos no se encuentran a mi juicio, en contra de lo que con frecuencia se tiende a pensar, en las filas de la derecha. También la cosa tiene su lógica, aunque la misma venga a contravenir el maniqueísmo y las demagogias más simplistas a las que estamos de sobra acostumbrados. Pensemos simplemente en la forma en la que en las clásicas viñetas de Chummy Chúmez o en las actuales de El Roto se representa a los poderosos. Estos no aparecen como decididos partidarios de hacer el mal a toda costa, como si fueran representantes de Lucifer en la tierra, empeñados en acabar con cualquier forma de bien. Aparecen si acaso como sujetos que conducen utilizando como criterio un feroz principio de realidad y que, desde esa posición, critican o se burlan de quienes, entre ingenuos y bobos, aún andan defendiendo la necesidad de mejorar el mundo y de actuar conforme a una ética.

Por eso se equivocan también quienes plantean la contraposición entre unos y otros como si de un combate entre buenos y malos se tratara, cuando en realidad los presuntos malos la plantean como un conflicto entre idealistas que habitan en un mundo fantasioso de valores y gentes con los pies en el suelo (ellos mismos, claro). Tal vez una simple anécdota nos permita ilustrar el asunto con rotunda verticalidad. Cuando Aznar, hacia el principio de su mandato, expulsó de España a un grupo de inmigrantes ilegales drogándolos y metiéndolos en un avión rumbo a sus países de origen, la justificación que proporcionó respondía a este planteamiento de las cosas. "Teníamos un problema y lo hemos resuelto", fueron sus palabras. Nada de valores alternativos: puro principio de realidad. Berlusconi solía hacer afirmaciones parecidas: nosotros no nos enredamos en discusiones ideológicas (y dejaba en el aire: …como acostumbra a hacer la izquierda), sino que nos dedicamos a aportar soluciones.

¿Quiénes son, pues, los que más critican a los que reivindican una política atravesada de ética?

¿Quiénes son, pues, los que más critican a los que reivindican una política atravesada de ética? Por sorprendente que a algunos les pueda resultar, otros sectores de la izquierda. Dicho con diferentes palabras, es más un reproche entre izquierdistas (por no estar a la altura de su propia reivindicación) que contra izquierdistas. Hemos tenido ocasión de verlo en estas semanas de campaña. Es lo que ocurría cuando una formación política criticaba a otra de su mismo espectro ideológico no en nombre de un ideario distinto y alternativo, sino en nombre de que la primera se consideraba la única que siempre había defendido tales ideas de manera consecuente. Ahora bien, en el momento en el que la que se erige como garantía de la pureza ideológica declara que el resto de fuerzas ideológicamente afines no son de fiar y que deben someterse a su control, está deslizando un supuesto de muy problemática justificación.

Lo problemático, claro está, no es la necesidad del control, sino la instancia (un partido político determinado) que se arroga el monopolio del mismo. Respecto a su necesidad hay poca discusión porque está en la esencia de la democracia no solo que los ciudadanos puedan revocar cada cuatro años a los gobernantes que han incumplido, de una u otra manera, los compromisos adquiridos ante la ciudadanía, sino que existan mecanismos institucionales que controlen la actividad de los políticos. Lo problemático sobreviene cuando es una formación política en particular la que se atribuye en exclusiva la tarea controladora.

Repárese en que, al actuar así, dicha formación, lejos de criticar la idea de la superioridad moral, lo que hacía era rechazar que cualquier otra fuerza política que no fuera ella pretendiera atribuírsela también. No deja de ser curioso, y un punto lamentable, por qué no decirlo, que quienes tendrían que pensar, si de veras estuvieran convencidos de los principios que proclaman, que los valores si algo deben constituir es objeto de emulación, se los hayan tomado como objeto de competición. Pero en tal caso el reproche, de honda raigambre marcusiana, que se le puede dirigir a los que, tan pagados de sí mismos (aunque finjan humildad franciscana), se erigen en los guardianes únicos de la coherencia ética en política es el viejo interrogante ¿quién controla a esos controladores? O, si prefieren, ¿quién controla al partido controlador? ¿Hace falta que pongamos ejemplos o mejor lo dejamos aquí ya?

Filósofo de Guardia
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