20-N en el Valle de los Caídos: cuando una iglesia no da paz sino miedo

Así se vive una misa el 20-N en la basílica del Valle de los Caídos

Foto: Decenas de personas, junto a la tumba de Franco, este 20-N. (Reuters)
Decenas de personas, junto a la tumba de Franco, este 20-N. (Reuters)

"No te imaginas la cantidad de gente que ha venido en julio y agosto. Qué quieres que te diga, a mí este lugar me da la paz. Que imagino que de pequeña habrás hecho algo parecido, irte al campo a comer. Pues aquí igual, que hay unas mesas de piedra estupendas". Sonia es taxista y tiene la parada en la estación de tren de El Escorial. Tiene puesto a un volumen bastante alto algo parecido al heavy metal, pero su locuacidad despierta cuando le digo que vamos al Valle de los Caídos. El heavy metal deja paso a 'Vertigo', de U2. Justicia poética. Voy a misa de 11 en la basílica y es 20 de noviembre.

20-N en el Valle de los Caídos: cuando una iglesia no da paz sino miedo

Son las 10:15 de la mañana. Llueve con fuerza en el recinto que alberga los restos de Franco y de José Antonio. A esas horas, la tienda que hay a la entrada está vacía (no vayan a pensar que el negocio está solo en los museos y en Disneyland París) y reina el silencio. Es la segunda vez que entro en este sitio. En ambas ocasiones, las sensaciones son las mismas: qué lúgubre, qué frío, qué gris. A esa hora ya hay flores en ambas tumbas, se mezclan las frescas y las de plástico y una frase: 'El Valle no se toca', que es el nuevo 'Tus hijos y nietos no te olvidan'.

Las primeras filas están ocupadas por señores. El más joven debe tener 60 años. Me siento entre ellos. Huele a loción de afeitado de esas que ya solo se compran en las droguerías de barrio. Falta más de media hora para la celebración y entre ellos comentan las fotos tan bonitas que han hecho. Se las pasan por WhatsApp y aprovechan para enseñar alguno de esos montajes baratos que circulan por ahí haciendo loas al dictador. En medio de este 'trending topic' preconstitucional llega un señor por el pasillo y alza el brazo, le pide a su hija que le haga una foto posando en la tumba. "Con lo tranquilo que está aquí", dice.

Se acerca Luis Alfonso de Borbón, el bisnietísimo, y toma asiento. Se le reconoce porque es carne de las revistas del corazón desde su nacimiento y porque mis compañeros de banco cuchichean: "¡El bisnieto! Qué bien nos ha salido". Este martes hará doblete, porque también acude en la tarde a una misa por su bisabuelo en la iglesia de los jesuitas de la calle Serrano. Debe ser que ha pedido el día libre en el trabajo.

Se me hace un nudo más en el estómago cuando el oficiante recuerda en el sermón que para construir el futuro de España no hay que destruir el pasado

Antes de que me desmaye ante las toneladas de loción Floyd de mis compañeros (se saludan diciendo "Mi general, a sus órdenes") y sin embargo hermanos, salen el prior y al menos otros ocho sacerdotes. Varios de los asistentes celebran que esté la escolanía. Serán ellos, los niños cantando con esas voces que retumban en la cúpula de la basílica, los que consigan darme algo parecido a una sensación de paz.

Esto es una cápsula del tiempo, en una época en que la Iglesia y el Ejército daban miedo, y era ese miedo el que nos hacía estar en silencio. Las lecturas hablan de amor, de resurrección, de oración, de algo a lo que no habría de temer una creyente como yo. Pero el estómago se me hace un nudo cuando el oficiante, que debe tener mi edad aproximadamente, pide que recemos por el alma de dos cristianos, Francisco y José Antonio. Otro nudo más cuando recuerda en el sermón que para construir el futuro de España no hay que destruir el pasado, cuando desliza de una manera sutil que el enterramiento a nuestros muertos es esencial como obra de misericordia. Los señores del primer banco asienten orgullosos. Yo me acuerdo de Lucas, el párroco de mi barrio, y pienso que no pueden ser del mismo equipo.

La liturgia, el ritual, tiene siempre algo de belleza. El incienso, el vestuario, los gestos, la música. La gente ha llegado tarde a misa y aguarda de pie en los laterales, como se ha hecho siempre. Los guardias de seguridad piden a algunos asistentes que esperen a que se pronuncien las palabras "Podéis ir en paz" para depositar flores en las tumbas. En el momento de la consagración se apagan las luces y un único foco se dirige a un Cristo crucificado. Imposible no reaccionar. Donde debería haber emoción, a mí me la tapa el miedo.

Antes de comulgar, un chino llega con dos ramos de claveles y se sitúa al lado del bisnietísimo. Este le mira con extrañeza y esboza algo parecido a una media sonrisa. Toca comulgar. Es la primera vez que veo que la gente se acerque y lo haga de rodillas. Otra vez se me eriza la piel. Otra vez el silencio. Otra vez servir. Dios, Patria y Ejército.

Antes de acabar, el prior pide a los asistentes que recordemos dónde estamos, un lugar de oración y respeto. Por si alguno o alguna se animan a gritar alguna consigna. A esas horas, la basílica está abarrotada. Hay bastantes jóvenes, una adolescente en uniforme de colegio concertado, pijos y periferia sur. Un público bastante parecido al que abarrotó Vistalegre para ver a Santiago Abascal. Antes de despedirse, uno de los sacerdotes nos pide que nos inclinemos para recibir la bendición. Otra primera vez. Y otra vez, el miedo. Como sitio de paz, Sonia, se me ocurren muchos otros.

Ideas ligeras
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