Madrid Central: si esto es un gueto, yo soy 'giliprogre'

Un paseo por unas calles en las que la vida se parecía demasiado a la del día anterior

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El día empezó de noche. Mientras desayunaba, escuché el ruido de un helicóptero sobrevolando el barrio y también el ruido de un locutor alertando a los fieles: "Lo de Madrid Central es una cosa de pijos giliprogres". Esto no me lo pierdo, pensé, así que me fui a la calle. En las aceras no me asaltó ningún patinete, ciclista ni carrito de niño, tampoco un comercial de ONG porque esos están de Atocha para arriba.

Madrid Central: si esto es un gueto, yo soy 'giliprogre'

La vida se parecía demasiado a la del día anterior: vecinos sacando dinero de los cajeros, la carga y descarga del súper de enfrente, las prisas, los niños de camino al colegio, bares con olor a churros, café y tortilla de patatas, más prisas.

Para ir a la zona cero del 'conductorcidio' me subí al autobús número 6, que 'muere' en la plaza de Jacinto Benavente. Maldita sea, si no hay ninguna perturbación en la fuerza, sino gente leyendo, mandado whatsapps y una pareja haciendo el sudoku de las vacaciones de Navidad. Yo que venía buscando emociones fuertes, peleas entre Carmeners y el resto, apocalipsis varios, y ni siquiera oigo quejas por las obras de la calle de Atocha, con la de juego que dan.

Ante esta falta de público y turba a la que sumarme, bajé por la calle de Carretas, ahora peatonalizada. Y di un salto en el tiempo porque las canas, la nostalgia y estas entrañables fechas me sacuden por dentro. Entonces recordé aquella vez, hace muchísimos años, en la que mi madre nos dijo en casa que había una tienda en esa calle, "por donde hay pilinguis", en la que había "una ropa monísima y a buen precio". Y mi padre, con su coche, nos llevó desde Getafe y nos desembarcó en esa tienda. Se llamaba Zara.

Mari Luz tiene una tienda de bisutería en el número 27 de esa calle. Vive en Illescas, muy lejos del gueto de Varsovia al que nos conduce Manuela Carmena, y lleva haciendo la misma ruta desde hace 25 años. Deja el coche en el párking de las afueras del Sector Tres, una zona de chalets de Getafe, y desde ahí viene en tren. "Es posible trabajar a 40 kilómetros de distancia y utilizar el transporte público", dice con sorna. Casi todo son buenas palabras para el proyecto. "¿Tú sabes lo que es trabajar sin tanto ruido? Si hasta el público es mejor, lo que pasa es que tenemos la memoria muy corta. ¡Esta calle se ha vuelto zen!", dice entre risas mientras coloca los pendientes en el escaparate que acaba de abrir. Eso sí, tiene sus peticiones; por eso pide que al metro se le añadan dos vagones como mínimo. "Venimos muy apretados", añade.

Como eterna aspirante a burguesa que soy y seré, me meto en Lhardy dispuesta a dejarme el dinero en un café. A esas horas no hay nadie porque todo el mundo sabe, y los clientes de Lhardy más, que madrugar es una ordinariez. El camarero me pone el local a mis pies, pero sólo quiero un café con leche por el que pagaré dos euros con diez. Se escucha de fondo una conversación entre los trabajadores que dirimen sobre lo que van a gastarse en lotería de Navidad. Le pregunto qué tal va la cosa, que es una manera sencillísima de conseguir que la gente largue de cualquier cosa. "Las obras estas también nos están quitando clientes, a ver quién viene hasta aquí", dice. Se refiere a las de la plaza de Canalejas. "Que si un centro comercial de lujo, un hotel que no se ha visto cosa igual… pero así llevamos cinco años", comenta.

En el local entra un reconocido periodista cultural a solicitar un encargo. Se lleva un kilo de roast beef. Suena el teléfono y de las cortinas emerge una señora de mi edad con abrigo de visón a atender la llamada. Un señor quiere reservar para comer en Navidad. "Pues es que con esta alcaldesa que tanto queremos y que nos quiere encerrar… pero estamos abiertos y tiene usted el párking de (metro) Sevilla, que por ser cliente tiene gratis la primera hora y media", dice. ¿Entonces? ¿Es un infierno o hay aparcamiento y se puede celebrar la Navidad como Dios manda?

A las once y cuarto de la mañana ya hay valientes con cerveza en la mano, aunque igual sufren tanto por Madrid Central que beben para olvidar

En la Puerta del Sol hay furgonetas, taxis, VTC y varios coches; un señor que canta por Sabina y por tanto hay que darle siempre las gracias; decenas de asiáticos haciendo fotos a la estatua del oso y el madroño; y las procesiones laicas y típicas de la zona: la que aguarda a tentar la suerte en doña Manolita y que ocupa casi toda la calle de Mesonero Romanos, la que entra y sale de El Corte Inglés y la que entra y sale de Primark, el nuevo templo del consumismo. Gran Vía es una sucesión de turistas cargados de maletas y bolsas de comercios de la zona. Está lleno, como siempre, de mujeres y hombres y viceversa. Sigue sin haber peleas, ninguna conversación que hable de Madrid Central. Qué decepción.

Paso por el Mercado de la Reina. A las once y cuarto de la mañana ya hay valientes con copas de cerveza en la mano, aunque igual sufren tanto por Madrid Central que beben para olvidar. No lo parece. Entonces recuerdo lo de la memoria corta de Mari Luz. Cuando la ley antitabaco iba a cerrar todos los bares de España y solo podríamos tomar el aperitivo en casa, cuando es un derecho fundamental recogido en la Constitución, el de fumar donde a mí me dé la gana. También el de conducir, claro.

Cerca del Círculo de Bellas Artes veo a mucha gente agolpada. ¡Bingo! Va a ser ahí, me digo, donde haya tangana. Y si es una manifestación contra la alcaldesa, mejor que mejor. Pero sólo es un cambio de guardia. "Se hace siempre el último viernes de cada mes. ¿Has visto qué bonito, con esos trajes tan antiguos?", me dice una señora que no para de hacer fotos al asunto. Mi gozo en un pozo. Cojo otro autobús que me traerá a casa a escribir esta crónica. La vida se parece tanto a la de hace 24 horas. A ver si voy a ser una pija 'giliprogre'.

Ideas ligeras

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