Envejecer es feo: embellece tu pubis

La eterna lucha entre aceptarse a una misma con sus taras o caer en una espiral en que la belleza y la perfección priman por encima de cualquier otra cosa

Foto: Foto: Reuters.
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Eran casi las tres de la tarde, yo necesitaba inspiración para escribir un artículo. Pero mis vecinas de mesa en aquella cafetería tenían una conversación demasiado entretenida como para empezar a teclear. Dejé el folio en blanco y me puse a escuchar.

—Pues yo me veo bien con 46 años.

—La gente va a cualquier sitio y luego viene a que le arreglemos los destrozos. Estoy harta de decírselo a mis amigas: no te hagas los labios con Groupon.

La tercera permanecía en silencio y era la única a la que no podía ver. Las otras dos, una con sus cuatro décadas largas y la otra, amiga de sus amigas, intentaban llegar a un acuerdo para empezar a trabajar juntas. La señora silenciosa se puso en pie y fue a pagar. Pero antes se dirigió a la que habló primero.

—Tú te verás bien, pero yo te daría dos pinchazos de botox en la frente, porque no sé si te habrás dado cuenta, pero mientras hablas te salen unas arrugas feísimas. Y ya puestos, te daría otro aquí, en el labio superior. Porque gesticulas demasiado, y queda fatal.

La víctima de esos comentarios agachó la cara tras semejante disparo a la autoestima. Fue entonces cuando pude ver bien a la cirujana, y fue entonces cuando me prometí a mí misma que nunca me haría los labios en Groupon pero tampoco caería en manos de esa mujer.

Mujer que se había dejado hacer la cara por otro colega de profesión y que tenía el gesto de todas aquellas que deciden que, cuantos más retoques, mejor. El resultado era inquietante, era imposible distinguir en ella una sonrisa, tristeza o estupor. La mujer sin gestos. Película de terror.

Volví a casa detectando artificios faciales por la calle, que es una cosa que hago en invierno para entretenerme porque en verano lo hago con los escotes. También me pregunté qué lleva a una mujer a, con menos de 50 años, querer tener otra cara.

O más bien, por qué tienen todas la misma cara. La eterna lucha entre aceptarse a una misma con sus taras o caer en una espiral en que la belleza y la perfección priman por encima de cualquier otra cosa.

La satisfacción en forma de pinchazo de ácido hialurónico. Es sencillo, cuesta poco, está al alcance de cualquiera que tenga internet. Hazlo, que se te descuelga la cara, que ya no puedes llevar los brazos al aire porque no pasas la prueba de batir un huevo sin que se muevan.

Al volver a casa, me fijé en el cartel de una clínica que hay en mi calle. Anuncian, con enorme emoción, un 'pack' de cirugía íntima para rejuvenecer la vagina por 225 euros; y si te animas, también puedes potenciar tu punto G y hacerte un relleno en los labios externos vaginales. Que son necesidades que toda occidental y en concreto las de mi barrio esperábamos, seamos o no actrices porno. En las fotos, eso sí, tapan la zona a tratar con una flor de lilium. Muy elegante.

Pregunté. “¿Y esto se lo hace mucha gente?”. Las dos muchachas que atendían me miraron altivas. Porque al parecer, si has parido y pretendes seguir con aquello de esa manera, estás loca. Y no te digo nada si pretendes seguir manteniendo relaciones sexuales. “Todo el mundo tiene derecho a mejorar lo que no le gusta”, me argumentó una.

Salí de allí con ganas de llegar a casa y ponerme desde ese mismo instante el burka festivo que llevó Ágatha Ruiz de la Prada para firmar su divorcio. Pero indagué más. Al parecer, te puedes hacer también una liposucción de pubis si acaso tu monte de Venus tiene un exceso de grasa. Que después de la reconstrucción del himen que se hizo Leticia Sabater para volver a ser mocita, ha sido uno de los mayores 'shocks' a los que me he enfrentado.

Me temo que detrás de buenas intenciones se esconde un mensaje perverso y superficial. Nos han contado que tenemos derecho a relaciones sexuales satisfactorias y que hay intervenciones quirúrgicas que pueden ayudarnos a solucionar ese problema y a superar los tabúes. Pero parece que para conseguirlo hay que pagar un todo incluido. Y que por un poco más de dinero puedes dejar todo aquello precioso, terso, sin arrugas.

Como si envejecer, como si gesticular, fuera insoportablemente feo. Porque hoy es más fácil que nunca superar tus complejos. Nadie va a llamarte vieja, ni gorda ni plana. Porque se trata de eso que has escuchado tantas veces en los anuncios de cremas: de detener el paso del tiempo. Y encima con descuento. Aunque para ello tengas que dejar de gesticular. Aunque se te queden labios de pato. Los que se ven y los que no.

Ideas ligeras

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