Un tuit largo de Rufián es mejor que una bronca corta de Monedero

El público que llenó la sala tenía ganas de que hablara el autor, pero Monedero​ le dio, nos dio, una conferencia que quiso ser magistral y acabó siendo un poco plomo

Foto: El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián (i), junto al cofundador de Podemos Juan Carlos Monedero (d), durante la presentación de su libro. (EFE)
El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián (i), junto al cofundador de Podemos Juan Carlos Monedero (d), durante la presentación de su libro. (EFE)

“Guste más o guste menos”. Gabriel Rufián lo repitió en al menos una docena de ocasiones durante la presentación de su libro en la Librería Blanquerna de Madrid. Una imagina que se servía del latiguillo para dar cierto relativismo a sus afirmaciones. Dos horas después, acabó sonando a lentejas: las tomas o las dejas y la izquierda republicana catalana es mejor. Guste más (al público), guste menos (a la que escribe). ¿Ideas buenas? Unas cuantas. ¿Paternalismo y condescendencia? Toneladas.

Podemos quedarnos con esa parte de Rufián que todos conocen. El del gag, el políticamente incorrecto, el que no se calla, el de la camiseta con americana, el que se batiría en duelo porque la jugada fue penalti, diga lo que diga el VAR. Rufián es ese pero también el portavoz parlamentario de ERC, un político que sigue sacando cuando puede al chaval de Santa Coloma que fue.

Foto: EFE.
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Ha escrito un libro que se titula ‘Ser de izquierdas es ser el último de la fila (y saberlo)’. Un ensayo que tiene esa cosa nostálgica, utópica, de la izquierda, también el victimismo y cierta superioridad porque defiende valores difícilmente indefendibles. Juan Carlos Monedero (un Vistalegre III para que queme todos sus chalecos, por favor) lo presentó diciendo que la obra es “un tuit largo de Rufián”. Ha habido 'sketches' mejores.

En los 120 minutos de presentación hubo de todo. Aplausos y risas, pero también más tensión que la que sentiría Ortega Smith en el desfile del Orgullo Gay. El público que llenó la sala tenía ganas de que hablara el autor, pero Monedero le dio, nos dio, una conferencia que quiso ser magistral y acabó siendo un poco plomo. Una chapa loca en la que el todavía fundador de Podemos reivindicó a Espartaco, soltó unas cuantas referencias de politólogo que desconozco, y citó a Robespierre y Emiliano Zapata, pero también a Cayetana Álvarez de Toledo, a Urdangarin, Isabel Pantoja y Belén Esteban. La cara de Rufián era un poema. Los que no sabemos disimular nos reconocemos enseguida, Gabriel.

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Monedero y su chaleco gris dijeron, entre otras cosas, que los valores de la izquierda están en crisis, que nos acecha a todos un consumismo aspiracional (no sé si se refería al chalé de Galapagar o a las parkas de Ecoalf de Errejón) y que votar a la derecha se ha convertido “en una suerte de salvoconducto para encanallarse”. Una forma como cualquier otra de insultar a la mitad del país.

Y dale con lo de que “es un tuit muy largo que ha llamado libro”. Y dale con lo de que los medios son el mal, y las cloacas, y los pobres periodistas, que no tenemos la culpa porque cobramos más bien poco y eso nos convierte en colaboradores necesarios. Venga, Juan Carlos, pásame la mano por el lomo y te traigo la pelota cuando me la tires.

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Lo bueno de ese preludio es que digas lo que digas sonará mejor. Gabriel Rufián aseguró que Monedero es una de las mejores cabezas de este país y que te hace pensar. En una de las dos afirmaciones estoy de acuerdo. Le salió redondo (sin ironía) lo de que la derecha utiliza el miedo y la izquierda lo único que tiene es el dolor. “Si no te duele, no lo cambias”, explicó. También se le entendió divinamente cierto atisbo de autocrítica, cuando achacó a la izquierda ser incapaz de cumplir con el precepto machista de Lenin: “Nos tienen que entender hasta las cocineras”.

Comparó a Junqueras con el Morfeo de ''Matrix', a Tardà con Mick Jagger. “No somos nacionalistas, no somos independentistas. El independentismo es un estado transitorio. Yo soy republicano y de izquierdas”, afirmó. Y todo iba bien hasta que cayó en el chiste de llamar a la ganadora de las elecciones catalanas “Ibex Arrimadas”. Todo iba bien hasta que volvió a sacar en su discurso a Amancio Ortega, que en ese momento debía estar paseando al perro o tomándose un albariño. Y vuelta la mula al trigo con que la culpa de lo que le pasa a la izquierda, incapaz de filtrar la indignación, la tienen “las maquinarias mediáticas y de poder”.

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Una de cal y otra de arena. Guste más o guste menos. “España nos roba es un eslogan falaz, es mentira” frente a “nos roban Bárcenas, Rato, Millet y Pujol, que son de la misma clase social”. Los ricos, ya se sabe, que tienen la culpa de todo. Como si ellos, los diputados, no fueran élite. “A muchos nos da asco escuchar a Josep Borrell, quién no ha votado tapándose la nariz” (insertar música de drama). “España es un gran país pero necesita ayuda”. Respecto a los acuerdos para la alcaldía de Barcelona: “Es perverso comparar los reservados en los que comen Albert Rivera y Florentino Pérez con la trena de Jordi Turull”. “Lo peor que le ha pasado a Cataluña en los últimos 20 años es Ciudadanos y Jordi Pujol”.

El salario mínimo es la patria de la izquierda, ya saben. Pero también la condescendencia. Y cierto bochorno. Guste más o guste menos

Monedero, con pelo de recién salido de la cama al que le falta un peine, dijo que quería hacer una reflexión antes de “bajar a la gente”. Lo que pasó a continuación no le sorprenderá. No gustó a ninguno de los presentes lo de ‘bajar’, pero especialmente a un señor, un doble de Montxo Armendáriz vestido de profesor de yoga de Nacho Cano con lazo amarillo en la camisola, que le afeó la expresión. El mismo señor que acabó llamando pesado a uno de los que preguntaron. Qué maravilla es esto de la democracia.

Y qué maravilla ese momento en el que Monedero, recurriendo a Rivera, se sacó una bandera de España del bolsillo con un ‘900 euros’ pintado con rotulador indeleble. El salario mínimo es la patria de la izquierda, ya saben. Pero también la condescendencia. Y cierto bochorno. Guste más o guste menos.

Ideas ligeras
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