Diagnóstico: bruxismo presidencial

El líder del PP y los suyos remontaron una jornada de investidura plomiza. Provocaron una tensión de la mandíbula presidencial que cualquier dentista diagnosticaría como bruxismo

Foto: El primer ministro en funciones de España, Pedro Sánchez. (Reuters)
El primer ministro en funciones de España, Pedro Sánchez. (Reuters)

Volvió el Pablo Casado de marzo. Una tuneladora como las que soterraron la M-30. Fue Pablo Casado Álvarez de Toledo. Sin papeles, rotundo, implacable. El otro Pablo, Iglesias, le miraba con sonrisa pícara. Como si le hubiera escrito parte del discurso a su amigo de la derecha. "Esto, Pedro, va por lo que me hiciste pasar en julio. Cuando no me querías".

Diagnóstico: bruxismo presidencial

El líder del PP y los suyos remontaron una jornada de investidura plomiza y previsible tras la intervención del candidato. Provocaron una tensión de la mandíbula presidencial que cualquier dentista diagnosticaría como bruxismo. Con lo bien que estaba Sánchez hasta que salió Casado.

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Porque su taco de folios de dos horas de duración fue una recopilación del temario progre. Fue Pedro Primero el Brasas pero también Pedro en el País de las Maravillas. El suyo. Una preciosa declaración de intenciones en la que se habló de la economía circular, el coche eléctrico, la digitalización, el fraude fiscal. Y lo de la Formación Profesional, que es el comodín de todos los partidos políticos. Y la Dual ni te cuento.

Diagnóstico: bruxismo presidencial
Diagnóstico: bruxismo presidencial

También se mencionaron propuestas envueltas en conceptos que resultan sospechosos para la que escribe: oficina, plan nacional… les faltó un Libro Blanco, tan pintón en tantas ocasiones. Pero se habló de bienestar animal, de lucha contra la prostitución, las adicciones y de limitar los pagos en efectivo. Una malísima noticia para los que van por la vida con fajos de billetes, los que van a los toros y frecuentan los clubes de alterne y las casas de apuestas.

Tras el descanso propuesto por Meritxell Batet (los rizos más estáticos del templo de la soberanía popular), vino el combate. Un cruce de acusaciones entre Sánchez y Casado sin papeles de por medio, una ristra de escupitajos verbales durísimo. Un duelo en el que se habló demasiado de la unidad de España y nada de los temas que interesan a los votantes.

Sánchez hablando de “la investidura de mi persona”. Casado hablando de narcodictaduras y jinetes del apocalipsis anunciando la debacle. Lamentable. Quizá eficaz. Aunque más lamentable fue el ambiente del hemiciclo. La jarana, que diría mi madre. Demasiado parecido al griterío de los mercadillos ambulantes, con todo el respeto hacia estos sacrosantos lugares con bragas y calcetines a precios imbatibles. La derecha, ya saben, que tiene mejor pelo, mejor cla y una fuerza en el aplauso imbatible.

Eso que Adriana Lastra había desayunado bronca de barrio. Alternó los aplausos a su jefe (tiene una forma extrañísima de palmear) con algún que otro encontronazo verbal con la bancada de la derecha. Adriana Lastra son mis amigas del colegio. Adriana Lastra soy yo esta tarde viendo el Getafe-Real Madrid.

Diagnóstico: bruxismo presidencial
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En la tribuna siempre hay detalles en los que fijarse. No estaba Begoña Gómez, (se entiende que conciliaba), aunque ojalá fuera porque ella también está harta de escuchar a su marido. Con ese tono de voz que siempre viaja de lo engolado a lo cursi y viceversa. Sí estaban la madre y el hermano del candidato. Este último con un jersey de cuello alto de color burdeos. Sigue siendo el único ser humano que conozco incapaz de variar su rictus durante dos horas. Mi vecino de tribuna, Manuel Jabois, dijo que es como “la figura de cera” del presidente.

Un duelo en el que se habló de la unidad de España y nada de los temas que interesan a los votantes

A los de la tribuna de invitados, como al resto, les costó el madrugón. Las caras de sueño de Juan Carlos Monedero y Pepu Hernández lo decían todo. También Iván Redondo. Aunque mientras iban pasando los minutos del discurso del candidato al sueño le venció el aburrimiento. El Padre Ángel, perejil en todas las salsas, directamente se echó una cabezada. A media mañana llegó Rocío Monasterio.

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Mi persona favorita de la mañana fue una criatura calcada a Francisco Álvarez Cascos. Su hijo Alfonso. Cuando Sánchez, en uno de sus bofetones a Casado, citó a el exvicepresidente del Gobierno con Aznar, sonrió lleno de orgullo. Cogió el móvil y empezó a teclear. Lucía una pimpante pulsera con la bandera de España. La España que, por más que se empeñen todos, les costará romper.

Ideas ligeras
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