Oda a los bares sin pretensiones

Necesito lugares que me recuerden mi infancia, lugares políticamente incorrectos plagados de torreznos, oreja a la plancha, patatas revolconas, sangre encebollada

Foto: Bar Plaza, en Getafe.
Bar Plaza, en Getafe.
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En plena Guerra Civil, se lo conocía como la taberna del Trompeta. Un par de décadas después, pasó a llamarse Plaza. El Plaza. Porque en la periferia hay tendencia y querencia por meterle el artículo a los nombres de los sitios. El domingo sirvió sus últimas cañas. El lunes colgaba un cartel en el que daba las gracias a los clientes. Es probable que hagan pisos para los que parece que ya hay gente en lista de espera.

Fueron seis décadas sirviendo patatas bravas con una salsa que te abrasaba el esófago. Seis décadas en las que sirvió a tres generaciones de mi familia. Mi abuelo Gregorio, apodado ‘el Trenero’, pasó por allí. Mi padre tomó centenares de cafés solos, concentradísimos. La que escribe ha devorado decenas de boquerones fritos sin quitar la espina. Seis décadas sirviendo limonada y gambas cocidas, la inexplicable dieta de las fiestas de Getafe. “¿Pero qué clase de plaza de pueblo es esta, que no tiene bares?”, se lamenta mi tía MariCarmen.

El Plaza está enfrente del ayuntamiento. Ha visto reuniones familiares, conspiraciones políticas, exaltaciones de la amistad mientras escuchábamos el pregón y bailábamos a Azúcar Moreno, que fueron las que actuaron en las últimas fiestas patronales. Y el pueblo lleva varios días de luto, incapaz de explicarse cómo es posible que semejante templo laico haya desaparecido. No es Embassy, no es el Café Comercial. Es el Plaza.

En el mundo tal y como lo concibo, necesitamos bares sin pretensiones.

En mi barrio proliferan lo gastro, las vinotecas, las panaderías sofisticadísimas, las barberías con nombres extrañísimos. Todo muy lícito. No soy yo

En mi barrio, según te acercas al matadero de Legazpi, proliferan lo gastro, las vinotecas, las panaderías sofisticadísimas, las barberías con nombres extrañísimos. Todo muy lícito, moderno, ojalá rentable. No soy yo.

En mi barrio, según subes el paseo de las Delicias hasta Atocha, proliferan los bares en los que para el menú pides vino con gaseosa. Los desayunos son sota, caballo y rey. Barritas con aceite, tostada, cruasán a la plancha, y sus buenos churros. Son una oda al colesterol, no hay 'smotthie' que valga. Ponme un biberón. Es decir, un botellín.

En esos bares sin pretensiones, los camareros no parecen sacados de la pasarela ni toman proteínas de más. En esos bares, hay camareros como Santos, incapaz de disimular cuando algo o alguien le molesta, incapaz de disimular cuando te tiene cariño. Le he llorado y le he abrazado con mis duelos y quebrantos (y los que le quedan), me pone el aperitivo y el vino en cuanto me ve entrar con el ordenador a escribir. Sería capaz de mandar callar a los clientes si intuyera que me falla la concentración y el final de los artículos. Sé que le gustan los toros, el Real Madrid, la lotería.

En 15 años, han desaparecido los quioscos y las mercerías en lo que los pedantes denominan zona de proximidad. 'Quicir', el perímetro en el que te permites ir vestido y peinado sin prestarle mucha atención al asunto.

Eso implica que si quieres comprarte una revista en plena 'tempranería' un domingo, te tienes que ir a la estación de Atocha, como si fueras a coger el AVE. Eso implica que si necesitas unas medias o un camisón, haber vivido en otro sitio. Antes de que cerrara a la que iba, compré unos calcetines de deporte de la marca Pocholo. Aún hay risas al respecto en mi hogar.

Supongo que esta es una oda a la nostalgia. No supongo, si no constato, que me hago mayor. Necesito lugares que me recuerden mi infancia, lugares políticamente incorrectos plagados de torreznos, oreja a la plancha, patatas revolconas, sangre encebollada.

Pisos hay muchos. No tantos como gastrobares. Una vez desaparecido el Plaza, solo me queda Santos. Que nos dure.

Ideas ligeras
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