Confinamiento, duelo a distancia, Las Vegas

Todos tenemos planes pendientes, pero anoche, confinada y resignada en el sofá de casa, rebajé expectativas y aumentó el desánimo. Empezaron a pesarme las ausencias

Foto: Trabajadores de una residencia de ancianos de Murcia pasan junto a un furgón fúnebre. (EFE)
Trabajadores de una residencia de ancianos de Murcia pasan junto a un furgón fúnebre. (EFE)

¿Crees que alguna vez veré a Jennifer Lopez actuar en Las Vegas?

Hombre… es complicado.

¿Y lo de celebrar un año nuevo en Miami?

Un poco también.

Todos tenemos planes pendientes. Muchos son horteras y aspiracionales como los míos. Llevo años soñando con comerme las uvas vestida de 'print animal', en el hotel que una vez fue la casa de Gianni Versace, con las uñas tan largas como las de Florence Griffith. Porque no todo va a ser Rosalía. Llevo años soñando con boas de plumas y todas las lentejuelas del mundo concentradas en el cuerpo de una chica del Bronx cantando en el Planet Hollywood Resort & Casino.

Anoche, confinada y resignada en el sofá de casa, rebajé expectativas y aumentó el desánimo. Empezaron a pesarme las ausencias, bajé de sopetón al suelo que piso desde hace semanas. Pensé que quizá la felicidad sea volver a Torrecaballeros (Segovia), a comerme un cochinillo y volver cargada de productos locales. Cuándo abrirás los bares, Pedro, el templo laico de los locuaces.

Pensé que el duelo a distancia pesa demasiado. Tanto como la orfandad.

Pregunto a mis amigos, a mis familiares, por si las conversaciones me ayudan a animarme. Empiezan a estar hartos. Unos por soledad, otros por miedo. A la enfermedad, al ERTE, al cierre. A las tres cosas.

Las voces del FIFA20 en mi salón empiezan a chirriarme, casi tanto como los mensajes de autoayuda barata o los que culpan de todo a los políticos. Creo que las pelusas son más invencibles que el virus, por más que pasemos la aspiradora. Los aplausos de las 20:00 llevan días acabando en llanto. Resistiré, me digo, pero estoy aflojando.

Vecinos aplauden desde sus balcones a los trabajadores de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. (EFE)
Vecinos aplauden desde sus balcones a los trabajadores de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid. (EFE)

La dieta que nunca he sido capaz de mantener la aplico a las redes sociales. Empiezo a silenciar. Demasiada gente enfadada. Otros, ante los que no sentía ni frío ni calor, me resultan insoportables. Le temo a la melancolía, pero me estoy echando en brazos de la misántropa que no era.

Pero no todo es malo. Me queda Javier Cámara en 'Vamos Juan'. Me queda Baby Yoda. Me quedan los chistes malos de mi amigo Héctor. Siempre al rescate desde hace 15 años.

Enciendo la televisión. O sale un político o un concursante de ‘Supervivientes’. La moraleja se escribe sola. Hasta ‘Sálvame’ se ha llenado de expertos, políticos y cifras del virus. El sábado apareció el alcalde de Madrid hablando con Jorge Javier. También tú lo habrías apagado, mamá. Qué fervor por salir en lo que en otros tiempos muchos denominaban telebasura alejada del interés general.

Escucho el 'podcast' de 'Café Zimmerman', el programa que me ayuda a escribir desde hace meses. El de hoy se llama ‘Optimismo’. Habla de amores y placeres escondidos en piezas de música clásica que me sigue costando entender. Hoy, mientras cocinaba, rescaté del libro de Simone Ortega las dos recetas que me dictaste cuando me casé. La sopa de pescado y el cocido. He visto pasar el autobús 19 delante de casa. Ese que ya no cogeré para ir a verte.

He vuelto a apagar el móvil cuando me voy a dormir después de seis años. Habrá otros a los que cuidar, porque ese gusanillo cuando entra no se va

Esta semana me llamaron de la residencia. El corazón me dio un vuelco, como si fueran a revelarme algo de ti que no supiera. Tengo seis bolsas pendientes por recoger con tus cosas. La vida resumida en seis bolsas, mamá. Con un poco de suerte encontraron las gafas que se te perdían cada dos por tres. Aunque las gafas de los ancianos son todas iguales, como los dientes. Cuando me tocaba encontrar tu dentadura, acababa llorando de risa. En esto de la guasa salí a papá. Tú te tomaste la vida más en serio.

También me llamaron de la funeraria. Que van a devolverme un dinero por no sé qué de los servicios prestados. No pude seguir la conversación. Pero es la primera vez que me pagan algo y no me alegro. Es la primera vez que me alegro de que ya no os vaya a doler nada, de que no estéis pasando por lo que pasan miles de ancianos estos días. Es la primera vez que me alegro de no ser yo la hija o la nieta de nadie.

He vuelto a apagar el móvil cuando me voy a dormir después de seis años. Habrá otros a los que cuidar, porque ese gusanillo cuando entra no se va. Pero no estaré en primera línea. Ya no.

“Espero que lo estéis llevando lo mejor posible”, dice la locutora en la radio. Hoy no.

Ideas ligeras
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