Que llore Irene, pero no la ministra de Igualdad

Crecí en una casa en la que emocionarse estaba bien visto. Por eso me resulta complicado criticar las lágrimas de Irene o Isabel

Foto: La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante su intervención en la entrega de reconocimientos con motivo del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. (EFE)
La ministra de Igualdad, Irene Montero, durante su intervención en la entrega de reconocimientos con motivo del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. (EFE)

Lloró Irene Montero y pasó de todo. Porque hasta las lágrimas están politizadas en estos tiempos en que el sentimentalismo se aparece por cualquier esquina. Lloró la ministra de Igualdad y muchos no la creyeron. “Que llore, vale, pero que no mienta”, “no es creíble”, dicen los más educados de sus enemigos. Como dijeron otros de Isabel Díaz Ayuso en aquella misa en la catedral de La Almudena cuando ya llevábamos unos cuantos muertos por la pandemia. Pero es que a quién se le ocurre. Llorar y que el rímel se te corra. Contención, señoras, contención.

Llorar en público da mucha vergüenza. Porque no es solo el llanto, sino lo que lo acompaña. El enrojecimiento facial, la boca torcida, la nariz ensanchada. Llorar en público nunca trae una buena foto, aunque sí un excelente 'meme'. La mofa —aquel Bustamante de 'Operación Triunfo'— y también la empatía —Valdano recordando a Maradona—. Depende de quién te mire. Depende de quién te vote.

Que llore Irene, pero no la ministra de Igualdad

La ministra de Igualdad lloró un 25 de noviembre, día que conmemora la lucha contra la violencia machista. Pero igual no fue el feminismo lo que le quebró la voz ni el conteo de muertas que no cesa. Igual es que duerme poco, o acababa de discutir con su pareja, que siendo vicepresidente también es un poco su jefe. Y eso tensa cualquier relación.

Crecí en una casa en la que emocionarse estaba bien visto. Llorábamos como lloraba la infanta Elena viendo a su hermano portar la bandera olímpica en Barcelona 92, con ganas y sin importar alcanzar el hipo.

También por eso me resulta incómodo que lo hagan cuando ejercen como ministra y como presidenta de una comunidad autónoma

Por eso me resulta complicado criticar las lágrimas de Irene o Isabel. También por eso me resulta incómodo que lo hagan cuando ejercen como ministra y como presidenta de una comunidad autónoma.

Dice David Trueba en su libro ‘La tiranía sin tiranos’ que el discurso público está rebozado en sentimientos y que el siglo XXI es el siglo de la ternura, especialmente la televisada. Irene llora, e Isabel, y Pablo Iglesias al entregar un ramo de flores a Aina Díaz y cuando salió adelante la votación que le dio un sitio en la bancada azul del Congreso.

Se emocionan, tuitean lo que hacen, lo que leen, lamentan la muerte de cualquiera y felicitan a los premiados porque viven más pendientes de parecerse a nosotros que de ocuparse de nuestras preocupaciones. Somos, ellos y nosotros, seres capaces de apuntarse a cualquier campaña con tal de aparentar empatía, sed de justicia, ser campeones en el ingenio y los primeros en enterarse de cualquier gilipollez que acontece a lo largo del día.

Lo importante no es lo entrenado que tienen el lagrimal, sino su capacidad de gestión y liderazgo. Y eso sí es para llorar

Vivíamos mejor cuando los imaginábamos ocupados en sus cosas, mostrando una racionalidad a prueba de bombas y los sentimientos expuestos solo de puertas para dentro. Entrenados en gimnasia facial para poner el mismo mohín en la visita a un hospital, en el atril del Congreso de los Diputados o inaugurando una estación del AVE.

Entre esas esfinges del pasado y las zarzamoras del presente, habrá un término medio. Pero lo importante no es lo entrenado que tienen el lagrimal, sino su capacidad de gestión y liderazgo. Y eso sí es para llorar.

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