Muy frío, muy lento, muy poca protección solar (y un homenaje a Moratalaz)
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Ángeles Caballero

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Muy frío, muy lento, muy poca protección solar (y un homenaje a Moratalaz)

El silencio es un elemento narrativo más. El silencio comunica. Pero los comentaristas de TVE, curtidos todos, gente preparada y admirable, decidieron taparlo con sus comentarios.

placeholder Foto: Acto de inauguración en el estadio olímpico de Tokio. (Getty)
Acto de inauguración en el estadio olímpico de Tokio. (Getty)

El silencio es un elemento narrativo más. El silencio comunica. Pero los comentaristas de TVE, curtidos todos, gente preparada y admirable, decidieron taparlo con sus comentarios. Como si no supiéramos que este Tokio 2020 que ha tenido que ser 2021 es una convocatoria extraordinaria y extraña. Sin público, con distancia y con miedo por culpa de una pandemia.

La cosa consistió en un rato largo -más de tres horas y media- con un emperador como anfitrión que olvidó lavarse el pelo con tanto ensayo. Fue una ceremonia fría, a ratos elegante, muy lenta, con fogonazos emocionantes. En casa gritamos cuando salió Alejandro Sanz representando a Europa y cosificamos a Saúl Craviotto al primer meneo de bandera. Aviso por si no les apetece seguir leyendo.

Foto: Una manifestación paralela a la inauguración de los Juegos este viernes (EFE)

Cantaba el grupo No me pises que llevo chanclas eso de “Mia que está lejos Japón”. Pues eso, que está muy lejos. Es un país lleno de rituales barrocos, preciosistas. Ceremonias en las que todo va muy despacio y pesa. El maquillaje, la ropa, los movimientos. Y es difícil conectar con un lugar que tiene tan poco que ver con nosotros. O para ser más precisos, conmigo.

“Estas coreografías representan la soledad del confinamiento, de los entrenamientos […] estas redes nos quieren decir que estamos conectados”, decía el dossier de prensa narrado por los expertos mientras una especie de tela de araña roja trenzaba a decenas de personas en el escenario. Pero podría significar eso como cualquier otra cosa.

Japón para mí es Shiseido y Doraemon, y aquí no había ni rastro de ellos. Menos aún en los rostros de deportistas, que parecían turistas

Japón para mí es Shiseido, Kenzo y Doraemon, y aquí no había ni rastro de ellos. Menos aún en los rostros de los deportistas, que parecían en su mayoría turistas recién salidos de una insolación en cualquiera de nuestras playas. Qué rojerío, qué quemazón, qué poca protección solar.

Mis referencias, supongo, espero, son bastante parecidas a las suyas. El señor que salió a bailar claqué hacía zapateaos muy parecidos a los que vi hace tres semanas en la Plaza de España de Sevilla. Algunas coreografías me recordaron a West Side Story mezcladas con capoeira. Discúlpenme, estimados japoneses, me dibujaron así.

placeholder Fuegos artificiales tras la llegada de la llama olímpica al pebetero durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. (EFE)
Fuegos artificiales tras la llegada de la llama olímpica al pebetero durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. (EFE)

Hubo fogonazos de emoción, decía. Con vídeos que representan lo vivido en las convocatorias anteriores, que volvieron a recordarnos los valores del deporte, el esfuerzo y la constancia de cada triunfo. Muchas mujeres, mucha inclusión, muchas buenas intenciones. Y Muhammad Yunus recibiendo el Laurel Olímpico.

El cuerpo untado de aceite Johnson del abanderado de Tonga como soplo de antigua y anhelada normalidad. El momento descacharrante en el que se supone que homenajeaban a la prensa. El coro de niños de Suginami, Angelique Kidjo, John Legend, Keith Urban (al que bautizaron como marido de Kylie Minogue, cuando es el de Nicole Kidman) y un cincuentón de Moratalaz llamado Alejandro Sanz cantando ‘Imagine’ de John Lennon. Muy creativos no han estado ahí tampoco, pero me alegro por Sanz. En diciembre se cumplen 30 años desde que le vi por primera vez en concierto. Mi relación más duradera.

Foto: Los atletas rusos que participan en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (Reuters)

También hubo brillantez y risas en esta ceremonia de apertura, como ese ejercicio de diez que hicieron los encargados de ejecutar los 50 pictogramas con cada una de las disciplinas que compiten, o esos 1824 drones que dibujaron en el cielo el símbolo de Tokio 2020 y que dieron paso al globo terráqueo. Un escalofrío en la piel que volvió a repetirse cuando se encendió la llama. Un fuego que ha tardado más tiempo del que decía en encenderse. Para compensar la frialdad de lo vivido tres horas y medias antes.

Pero ni siquiera ahí dejaron de hablar los comentaristas. Una pena.

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