Susana Díaz versus Pedro Sánchez

La presidenta andaluza precisa de un relato consistente para justificar su salto a la política nacional, mientras que el secretario puede alegar el “derecho a una segunda oportunidad”

Foto: Susana Díaz y Pedro Sánchez en un mitin de campaña en Sevilla. (EFE)
Susana Díaz y Pedro Sánchez en un mitin de campaña en Sevilla. (EFE)

Pedro Sánchez o Susana Díaz. Es la misma disyuntiva que se plantea al seleccionador de fútbol cuando tiene que elegir entre un delantero centro como Álvaro Morata y otro como Diego Costa, entre Paco Alcácer o Aritz Aduriz. No se trata tanto de que uno sea mejor que otro, que es en gran medida una cuestión de gustos, sino de que son jugadores con características diferentes cuya alineación determina el modo de juego del resto del equipo.

Si se piensa en algunas de las cualidades que pueden conformar un liderazgo político, el contraste entre los dos dirigentes socialistas ofrece el siguiente cuadro de contrastes:

Autoridad

Sánchez heredó un partido en el que el secretario general había perdido notables dosis de autoridad como consecuencia de las cesiones de Alfredo Pérez Rubalcaba ante los barones, con el andaluz José Antonio Griñán a la cabeza. Para recuperarla, ha dado algún golpe de efecto, como la fulminación del madrileño Tomás Gómez, pero su Ejecutiva no es, salvo excepciones individuales, el equipo del secretario general, sino una agregación de delegados de los líderes territoriales, cuando no son ellos mismos los titulares de una silla en la que a veces ni se sientan –¿cuánto tiempo ha dedicado el valenciano Ximo Puig al desempeño de la secretaría de Reformas Democráticas?–. Entre los socialistas existe el convencimiento de que Susana Díaz “pondría orden”, pero lo mismo pensaban de José Bono cuando el manchego optó al cargo y, no solo no le sirvió para ganar, sino que se le volvió en contra porque se proyectó como autoritarismo y en el PSOE pervive una vena anárquica.

Cohesión

El PSOE se ha fragmentado entre pedrosanchistas y susanistas, con algunos significativos cambios de bando que no sólo se han producido entre las cúpulas dirigentes sino también entre los cuadros y, por derivación, entre la cada vez más exigua militancia de base. Díaz ha demostrado capacidad para zurcir los rotos y reunificar el PSOE andaluz, donde los partidarios de Manuel Chaves y los de Griñán mantuvieron una dura pugna durante años, pero lo ha hecho acallando a los disidentes, obligando a pasar por el purgatorio a todos los que en algún momento se distanciaron de ella, como Mario Jiménez, y recuperando la política de equilibrios provinciales que caracterizó la etapa de Chaves. Y, según quienes siguen de cerca la política andaluza, no forma sus equipos por criterios de mérito sino de lealtad. Mientras no se demuestre lo contrario, el cemento de la cohesión en los partidos es el poder, o la expectativa de poder, y hoy por hoy Sánchez no tiene ningún poder que repartir en forma de cargos públicos.

La mayoría cree que Díaz, cuando menos, “pondría orden” en el partido, pero esta premisa no le sirvió a Bono para ganar a Zapatero

Tirón electoral

Con Sánchez de secretario general y candidato, el PSOE ha cosechado sus peores resultados durante el periodo democrático, mientras que Díaz ha ganado en Andalucía todas las convocatorias electorales que se han celebrado desde que tomó las riendas del socialismo en esa comunidad. Pero una cosa son las elecciones de ámbito regional y otra las de ámbito estatal.

El Equipo de Intención de Voto de El Confidencial señalaba este sábado que vivimos en “tiempo de candidatos” (Manuela Carmena, Ada Colau, Cristina Cifuentes…), lo que prima a Díaz, pero también constataba que las mayores pérdidas de apoyo del PSOE se han producido en Cataluña, País Vasco, Comunidad Valenciana y Madrid; es decir, en los territorios más urbanos, con la única excepción de Sevilla entre las grandes capitales de provincia. Dado que es en esos lugares donde históricamente se han asentado los triunfos electorales del PSOE, y donde Podemos le ha mordido con más intensidad, hay que preguntarse cuál de los dos dirigentes socialistas presenta mejores condiciones para su reconquista, con el elemento añadido de los jóvenes, el otro gran agujero negro del PSOE.

Díaz, que sólo cree en el nacionalismo andaluz en el que se ancla la hegemonía socialista en su comunidad, neutralizaría las suspicacias de entreguismo a los nacionalismos que pesan sobre Sánchez, pero su discurso 'unionista' tendría dificultades de armonización con el seudonacionalista del PSOE en Cataluña, Euskadi o Valencia; y también alejaría el temor a una radicalización izquierdista, pero su descarnado enfrentamiento con Podemos pondría en riesgo los Gobiernos autonómicos socialistas que se sustentan en el apoyo del partido de Pablo Iglesias. Según el mencionado análisis del Equipo de Intención de Voto de este diario, la mordida electoral de Ciudadanos ha sido notablemente inferior a la de Podemos, e incluso ha habido circunscripciones donde los socialistas han retrocedido sin que el partido de Albert Rivera avanzara.

El PSOE se ha desangrado en los territorios donde el discurso 'unionista' de Díaz choca con un socialismo seudonacionalista y Podemos le ha mordido fuerte

Capacidad de pacto

Tanto Díaz como Sánchez han demostrado capacidad para pactar con Ciudadanos y protagonizado fuertes choques con Podemos, aunque mientras que la primera mantiene una guerra declarada contra los podemitas, el segundo continúa tendiéndoles la mano. En Izquierda Unida no se olvida su 'expulsión' del gobierno andaluz “por intereses electorales”. En cuanto al PP, van a la par en la estrategia de “ni una gota de agua”.

El relato interno

Díaz precisa de un relato consistente que justifique por qué decide cruzar Despeñaperros después de haber repetido hasta la saciedad que tiene un compromiso inquebrantable con Andalucía, mientras que Sánchez puede alegar que, a pesar del hundimiento electoral, ha logrado que el PSOE siga teniendo la primera llave para la gobernabilidad de España y también apelar a los precedentes históricos que indican que solo un candidato, José Luis Rodríguez Zapatero, ganó en el primer intento. El argumento susanista de que sólo ella podría impedir que el PSOE acabe como el Pasok griego es un discurso del miedo eficaz, pero que no genera ilusión. Y la hipótesis de que Díaz compita sólo por la secretaría general, preservando el cargo de presidenta de Andalucía, choca con un historial de fallidas bicefalias, un sistema de reparto de poder al que, en la práctica, ya ha renunciado hasta el PNV, que lo mantuvo como una regla sagrada hasta que Íñigo Urkullu dio el salto a la 'lehendakaritza'.

El relato político

El discurso de Díaz es mucho más localista que el de Felipe González, el líder histórico al que aspira a emular. Mientras que González, y Alfonso Guerra, planteaban que Andalucía debía ser como el resto de España y España como el resto de Europa, el suyo suena más a que toda España sea como Andalucía. El exceso de identificación con un territorio es un hándicap electoral fuera de sus fronteras: existen pruebas empíricas como la de Abel Caballero, cuya asociación con Vigo –ya antes de ser su alcalde– le granjeó el rechazo de los demás territorios gallegos e hizo que fracasara estrepitosamente como candidato a la Xunta de Galicia; o la del mismo Bono, que también fracasó en su pretensión de implantar a nivel nacional su 'modus operandi' en Castilla-La Mancha.

Papeletas utilizadas en la consulta a los militantes socialistas sobre el pacto con C's. (EFE)
Papeletas utilizadas en la consulta a los militantes socialistas sobre el pacto con C's. (EFE)

Los apoyos

Díaz tiene tras ella el 'ejército del sur', que suma por sí solo la cuarta parte de las huestes socialistas, y el aval de una mayor experiencia, tanto orgánica como institucional, de la que carece Sánchez. A este batallón habría que sumar los que otros virreyes con mando en plazas hostiles a Sánchez, desde la Comunidad Valenciana a Asturias, sean capaces de aportar; y, también, según algunas fuentes, contaría con la mayoría de las Juventudes Socialistas, que en el 38º Congreso eligieron a 20 de los 956 delegados. Además, es la preferida por los poderes fácticos –económicos, mediáticos e institucionales–; pero si estos tuvieran la capacidad de decidir quién es el líder del PSOE, Zapatero nunca lo habría sido. Para contrarrestar estas fuerzas, Sánchez apela directamente a los militantes, que hablarán con su voto individual antes que los delegados.

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