Ni se les ocurra dejar de pedalear

La no investidura del 'president' Mas y la victoria de la CUP fueron el punto de partida de una percepción popular del 'procés' que, en lugar de fortalecerse, se debilita día a día

Foto: El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont. (EFE)

“La libertad no es un valor, sino el fundamento de todo valor” - WH AUDEN

 

El Govern de Catalunya insiste, una y otra vez, en que la tarea principal del actual momento político es cimentar, sólidamente, las bases que aseguren la proclamación del Estado propio. No es de extrañar. La coalición gobernante -Junts pel Sí- y el partido que le da apoyo parlamentario- la CUP- llevaban en su programa electoral una hoja de ruta explícita, que conducía el denominado 'procés' a ese anhelado desenlace político.

El presidente Puigdemont y los miembros de su Gobierno, afirman con reiteración, que contando con un margen de maniobra extremadamente reducido, no hay nada más determinante que hacer que construir ese Estado. Sostienen que, en un premeditado escenario de asfixia política y financiera como el actual, solo la salida del laberinto español parece razonable.

Naturalmente, muchas son las tareas políticas que, día a día, exigen de los líderes catalanes dedicación, esfuerzo e imaginación. No obstante, se ha apoderado de la mayoría de ellos la discutible idea de que sin la independencia, la Cataluña que hoy conocemos está en peligro de desaparecer. Tal es su categórico balance.

La diputada de la CUP, Anna Gabriel. (EFE)
La diputada de la CUP, Anna Gabriel. (EFE)

¿Se quiere decir con lo anterior que el president Puigdemont y sus Consellers no gobiernan? No, exactamente. Afirmo que toda acción del Govern está, fatalmente, contaminada por la peregrina creencia que sin la consecución de la independencia sólo la decadencia aguarda a Cataluña.

Este es el marco mental por muchos interiorizado y en el que hace años se debate buena parte de la clase política catalana. La Catalunya con la que despiertos sueñan solo es posible si el Estado propio cobra vida.

Toda la estrategia política gira entorno a una legislatura de 18 meses que debe desembocar en una presunta elección a Cortes constituyentes. Los planteamientos de los partidos que apoyan al Govern fluctúan entre ese desiderátum y la dramática percepción de que el plazo fijado -la presente legislatura de poco más de un año y medio- es un compromiso ineludible. Esa obligación autoimpuesta estresa la acción del Govern sin producir, a mi juicio, beneficio alguno.

El debate parlamentario de las tres leyes de la desconexión, la afirmación de la declaración del 9 de noviembre, el planteamiento respecto a la aprobación, o no, de los presupuestos de 2016 y todo un rosario de leyes que, supuestamente, debe aprobar el Parlament de Catalunya, son rehenes de aquel designio político.

Según el discurso dominante, el plebiscito se ganó y las consecuencias políticas derivadas obligan al Govern a mantener su reivindicación separatista

La consulta del 9 de noviembre de 2014, las ingentes movilizaciones populares y los resultados de las elecciones del 27-S ejercen una intensa e indisimulada presión respecto a los objetivos políticos asumidos. Paradójicamente, estos parecen para muchos, más remotos, que hace tan solo unos pocos meses.

Pero el relato no puede ni debe ser alterado. Según el discurso dominante, el plebiscito se ganó y las consecuencias políticas derivadas obligan al Govern y a los partidos a mantener la intensidad de la reivindicación separatista en un marco político de relación con el Estado español, extraordinariamente, complejo. Se trata de decantar a su favor una correlación de fuerzas, hoy, muy comprometida.

El denso silencio de las cancillerías europeas respecto a los planes del Govern de coalición ensombrece aún más esa perspectiva. Nadie parecía contar con una respuesta tan, humillantemente, indiferente. El reciente viaje del 'president' Puigdemont a Bruselas es una desoladora muestra de cuanto digo. Todos los esfuerzos realizados con este propósito institucional devienen estériles.

Ahora bien, no se quiere renunciar al objetivo principal. No se puede rectificar la orientación política llevada a cabo hasta ahora por el anterior y el actual Gobierno. El margen de maniobra de la acción política resulta así preocupante, a fuer de escaso. Y para ensombrecer aún más el horizonte, las expectativas de los resultados de las elecciones españolas son, para las fuerzas independentistas, cuando menos, sombrías.

Abrazo entre Artur Mas y Carles Puigdemont. (EFE)
Abrazo entre Artur Mas y Carles Puigdemont. (EFE)

La no investidura del 'president' Mas, su aparatosa renuncia y la indiscutible victoria de la CUP fueron el punto de partida de una percepción popular del procés que, en lugar de fortalecerse, se debilita día a día.

Creo que esa es, en buena medida, la impresión pública en general. El pesimismo la acentúa en privado. Se temen las previsibles consecuencias de la actual deriva y se espera un difícil milagro en las próximas elecciones del 26-J. Se critica, asimismo, el fatal desenlace con consecuencias electorales de estos últimos cinco meses. Sospecho que no es tiempo de milagros. Ante este panorama, el Govern afirma que hay que seguir montados en la bicicleta. La última cosa recomendable sería no pedalear. Queda prohibido dejar de hacerlo.

Se pretende llegar a las elecciones del otoño de 2017 con una correlación de fuerzas que posibilite un salto cualitativo para culminar el 'procés'. Si esto no se produjera, la situación se agravaría, abruptamente. De ahí que, conscientes todos de las profundas contradicciones que nos aquejan y del incierto panorama que nos aguarda, seguir pedaleando parece ser la primera condición para la supervivencia. ¿La única?

Libertad de elegir
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