El plan de Pablo Iglesias: 4-M y despedida
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Ángel Alonso Giménez

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El plan de Pablo Iglesias: 4-M y despedida

Quizá ahí empiece el viaje de Iglesias. Un viaje que está a punto de terminar. Ya se verá si habrá segunda parte

placeholder Foto: El todavía vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)
El todavía vicepresidente segundo del Gobierno, Pablo Iglesias. (EFE)

Pablo Iglesias le dijo a una persona de la dirección de Podemos en noviembre de 2018: “Yo lo que quiero es viajar, dar conferencias y dedicarme a mis hijos, pero no puedo hacerlo ahora”. Al todavía vicepresidente segundo del Gobierno le ocurren esas mismas cosas que al resto de los mortales del planeta extenuados por el estrés: de vez en cuando quieren parar y evadirse. La persona a la que dijo esas palabras aporta un ingrediente muy conectado con la intimidad, en esta frenética y tuitera historia que es hoy la política española: “Pablo lleva tiempo deseando quitarse de en medio; quizá ha llegado ese momento”.

La fuente consultada recuerda ese episodio y el contexto en que se produjo. Pedro Sánchez había alcanzado la presidencia y gobernaba al trote de una mayoría famélica, aunque con la esperanza de dar a España unos nuevos presupuestos. Iglesias llamó a su puerta para alimentar esa esperanza. El Ejecutivo monocolor de entonces afrontaba además el problema catalán, que se mecía en agua estancada. Podemos atravesaba una llanura peligrosa porque su jefe había decidido volcarse con el PSOE para expulsar a la derecha de las instituciones. El horizonte, sin embargo, no dejaba de amenazar tormenta: los presupuestos fueron rechazados en el Congreso y Sánchez convocó elecciones.

Como sucede con grandes figuras acostumbradas a la exposición pública, el problema no es irse sino cómo irse. Y cuándo

A pesar de unos resultados menguantes en las urnas, Iglesias logró situar a Podemos en el primer Gobierno de coalición de la democracia a escala nacional. Cumplía el segundo objetivo marcado tras irrumpir en la política española y poner su agenda del revés, que fue el primer objetivo. Una vez dentro del Consejo de Ministros, el flamante vicepresidente impuso un giro estratégico más: influir en la legislación. La pandemia aguó las ilusiones, como ha amargado las ilusiones de los gobiernos del mundo, y se hicieron perentorios unos nuevos presupuestos que ayudaran a recuperar la crisis. Aquí puso Iglesias las energías. Aprobadas las cuentas, cumplió el tercer objetivo.

Foto: El candidato a la presidencia de Madrid, Pablo Iglesias. (Dani Gago)

El líder de Unidas Podemos a partir de este momento dedicó su tiempo a analizar el contexto demoscópico y sociológico de España y, a su vez, a revisar el estado anímico de los cuadros de su partido. El balance fue sobrecogedor. La marca y las confluencias que creó e impulsó se encontraban anémicas y en decadencia, en gran medida por su culpa, por la gestión personalista, veleidosa y algo sectaria que puso en práctica. Una nueva izquierda brotaba desde la juventud gallega, navarra, vasca, andaluza, aragonesa y valenciana, precisamente como consecuencia de la descomposición del organismo político que canalizó el ruido y la furia del 15-M. Iglesias había perdido el sitio y Pablo no tenía fuerzas para bregar de nuevo.

Entra en escena Isabel Díaz Ayuso

Dos fuentes consultadas para escribir este texto (una estuvo en el núcleo de confianza de Iglesias y la otra lo está todavía) coinciden en resaltar que una de sus principales preocupaciones es la gestión del adiós, el relato de la despedida y su contextualización. En Iglesias hace tiempo caló la certeza de que su fin de ciclo ha llegado. Como sucede con grandes figuras acostumbradas a la exposición pública, el problema no es irse sino cómo irse. Y cuándo. Y por qué.

Tenía claro desde hace mucho tiempo que la despedida no la podía hacer con su partido debilitado y con sus promesas fundamentales en entredicho. El conflicto le llega porque actualmente sucede eso de lo que reniega. Podemos es una marca en declive territorial, imputada en un proceso judicial y cuestionada sobre su utilidad política. Es imposible irse con la casa tan desordenada. Iglesias concluyó que había que esperar a una coyuntura más propicia, pero miró en el calendario y encontró un desierto y mucho silencio.

placeholder La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)

Isabel Díaz Ayuso provoca, en esta historia, el mismo efecto que esos giros de guion que cambian el ritmo y el tono de una película. La decisión de adelantar las elecciones madrileñas para evitar que “el socialismo” se apropie de la Comunidad de Madrid agita la calculadora política de Iglesias, así como su instinto estratégico. También expone la precariedad electoral en la que vive Podemos: las encuestas pronostican que ni siquiera entra en la Asamblea.

El vicepresidente se reunió el pasado fin de semana con sus más allegados (en lo político) para perfilar un plan de acción. La primera convicción es que a Madrid solo puede ir un candidato con enorme tirón y capacidad movilizadora. Hay un instante en esta secuencia que lo cambia todo, y es la constatación de que ese candidato es él. Se juntan su inteligencia política y su necesidad personal y extrae una conclusión: yo.

Y justo después acoge esta idea: es el momento del adiós.

El papel de Yolanda Díaz

Díaz Ayuso, con su adelanto electoral, congrega en la cabeza de Iglesias todo lo que necesita para el resurgimiento de su criatura: Podemos. Porque una de las claves en este proceso es el partido que él, junto a otros, alumbró; y qué él, prácticamente solo, ha elevado a los altares y a la vez ha descompuesto. Iglesias se apartará, pero el partido debe continuar. Se encargará de ello.

Acostumbrado a marcos mentales de confrontación, en parte porque contribuye a crearlos, el líder de Unidas Podemos sabe que las elecciones madrileñas representan el marco de confrontación por excelencia. Díaz Ayuso ha emergido en el panorama español como la antagonista de Pedro Sánchez, de manera que quien no comulgue con las ideas del ‘sanchismo’ cabe en el ‘ayusismo’. Solo falta agrupar esos polos opuestos en dos categorías que todo el mundo pueda entender: socialismo contra libertad. Iglesias lo tenía en bandeja; pareciera que la dirigente del PP le estuviera llamando: “Pablo, ven”.

placeholder Yolanda Díaz. (EFE)
Yolanda Díaz. (EFE)

Y Pablo fue. Y ahora en Madrid se dirime la batalla entre el comunismo y el fascismo. Tan simple y tan superficial como eso. Pero es la épica que necesita Iglesias para escribir el epílogo. Para escribir su cuarto objetivo.

Este viaje hacia el descanso requería un último elemento, mirando a la posteridad de la criatura que es Podemos: la sucesión

Si no lo consigue, quedará como el héroe que lo intentó. Si lo consigue, como el héroe que lo logró. Como dicen en su entorno, si entra en la Asamblea autonómica quizá abandone el escaño pasado un tiempo, durante el cual preparará el desembarco en esa otra vida que en noviembre de 2018 dibujó a una persona de la dirección de Podemos.

Este viaje hacia el descanso requería un último elemento, mirando a la posteridad de la criatura que es Podemos: la sucesión. Cuando Iglesias, en el vídeo con el que anunció su marcha a Madrid, apunta a Yolanda Díaz, está apuntando a la continuidad del partido bajo el liderazgo más fuerte y vigoroso que tiene la formación. La política gallega no solo se ha granjeado una imagen política potente, sino que se ha labrado una reputación como gestora.

Foto: Foto: El Confidencial Diseño.

Hay un punto, incluso, de vuelta a la juventud en todo este relato, ese tiempo en el que casi siempre somos felices. Pablo y Yolanda se conocieron en los cursos de formación de las juventudes comunistas que dirigía Manolo Monereo. Ella tenía unos 20 años; él, unos 15. Conectaron rápido, se admiran.

Quizá ahí empiece el viaje de Iglesias. Un viaje que está a punto de terminar. Ya se verá si habrá segunda parte.

Pablo Iglesias le dijo a una persona de la dirección de Podemos en noviembre de 2018: “Yo lo que quiero es viajar, dar conferencias y dedicarme a mis hijos, pero no puedo hacerlo ahora”. Al todavía vicepresidente segundo del Gobierno le ocurren esas mismas cosas que al resto de los mortales del planeta extenuados por el estrés: de vez en cuando quieren parar y evadirse. La persona a la que dijo esas palabras aporta un ingrediente muy conectado con la intimidad, en esta frenética y tuitera historia que es hoy la política española: “Pablo lleva tiempo deseando quitarse de en medio; quizá ha llegado ese momento”.

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