Si España fuera Marinaleda. Historia de una mentira

Si España fuera Marinaleda, qué bonito sería. Toda la población ocupada, sin parados haciendo colas ante las oficinas de Empleo. Y las familias, felices, sin hipotecas

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    Si España fuera Marinaleda, qué bonito sería. Toda la población ocupada, sin parados haciendo colas ante las oficinas de Empleo. Y las familias, felices, sin hipotecas ni grandes cargas de deuda en el banco, con casas construidas por ellos mismos con la sola aportación de quince euros al mes. Y un gobierno estable, apoyado por el pueblo cada cuatro años, elección tras elección, de forma abrumadora; un líder sólido sin problemas electorales así que pasen las décadas. Si España fuera Marinaleda, qué bonito sería… salvo que todo ese sueño que ahora se ha vuelto a agitar tras el asalto a los supermercados es, sencillamente, una farsa sostenida desde hace treinta años gracias a las subvenciones públicas. Y la hegemonía política se sustenta en el sectarismo y en la evidencia, poco conocida, de que en Marinaleda, como sólo sucede en muchas poblaciones del País Vasco oprimidas por el terror batasuno, los partidos políticos distintos a Izquierda Unida tienen que elegir a sus candidatos de otros municipios porque nadie que viva en el pueblo se atreve a enfrentarse al alcalde eterno, Juan Manuel Sánchez Gordillo.

    En la web del ayuntamiento de Marinaleda, con su lema general, “Marinaleda, una utopía hacia la paz”, y sus colores contestatarios, el verde (la utopía), el blanco (la paz) y el rojo (la lucha), se detalla con lenguaje peculiar cómo se hicieron los ‘líderes jornaleros’ con el control del latifundio que sirve de sustento a todo el pueblo, la finca ‘Los Humosos’, sobre la que gravita toda la economía local.

    Después de un decenio de ocupaciones continuas e infructuosas, la celebración de la Exposición Universal de Sevilla de 1992 le ofrece al entonces denominado Sindicato de Obreros del Campo (ahora SAT, Sindicato Andaluz de Trabajadores), la posibilidad de presionar al Gobierno andaluz para que les cediera la explotación de esa finca, previamente expropiada por la Reforma Agraria que a la postre acabaría convirtiéndose en el mayor fiasco del Gobierno andaluz. “Se acercaba el '92 y ya se estaba preparando la Expo que para el Gobierno tanto central como autonómico resultaba intocable. Pensamos que allí estaba el talón de Aquiles”, se menciona en la citada web.

    En efecto, así fue y, para garantizar la ‘paz social’ durante los fastos de la Expo 92, el Gobierno andaluz cedió finalmente a los jornaleros la explotación de las 1.200 hectáreas de aquella finca. “Por fin alcanzábamos el viejo sueño de ‘la tierra para quien la trabaja’ por primera vez en 5.000 años de historia en Andalucía. Alcanzar el medio de producción tierra significa un salto revolucionario de primera magnitud puesto que es tocar la clave del Sistema Capitalista de Producción que iba a permitirnos a disponer de un instrumento esencial para liberarnos como clase”, añade la web municipal sobre la ‘conquista’ de la finca de Los Humosos’.

    Y aún más: “Hemos acabado con el paro ya que no necesitamos a los terratenientes para poder comer todos los días” y “hemos acabado con la emigración puesto que ya nadie tiene que salir de su propio pueblo”. La cuestión, parafernalia revolucionaria al margen, es que este hecho es fundamental para entender lo ocurrido porque sin esa finca, y la lluvia de subvenciones continuas que han llegado a través de la misma, la supuesta ‘utopía de Marinaleda’ no existiría.

    Sin esas subvenciones que llegan a través de la Junta de Andalucía, la cooperativa de trabajadores no tendría posibilidades reales de competir con sus productos en el mercado y sin el entramado de ayudas que se establece en torno al PER, no podría vanagloriarse el alcalde de Marinaleda de haber logrado el ‘pleno empleo’ porque casi todos allí, de una u otra forma, reciben ayudas públicas. Y las viviendas de quince euros al mes, sin suelo gratis y sin los materiales subvencionados también por la Junta de Andalucía, tampoco existirían.

    Sánchez Gordillo ha abierto un “gran debate” con el asalto a los supermercados, dicen en Izquierda Unida, y ponen a Marinaleda como ejemplo para salir de la crisis económica y para dar respuesta a los más de cinco millones de parados. Pero para que España fuera Marinaleda, para hacer realidad la “utopía” que se reivindica como modelo exportable, previamente habría que dotar al país de un sistema de subvenciones universal. ¿Y quién concibe eso? ¿Quién, siquiera, puede tomar en serio el planteamiento? Nadie, claro.

    “Sin privilegios, Marinaleda sería un pueblo más del campo andaluz o español. Ahora es una especie de parque temático del comunismo subvencionado por la Junta de Andalucía, pero nada más: desde el punto de vista económico, es insostenible”, afirman dirigentes políticos de la zona.

    Lo llamativo de la crítica política es que en Marinaleda, o sobre Marinaleda, pocos quieren hablar. Llegan anónimos varios sobre presiones, incumplimientos, impagos de cánones públicos que el Ayuntamiento ignora o denuncias de abusos, como aquella vez que se descubrió que el ‘utópico’ alcalde de Marinaleda cobraba, ilegalmente, dos sueldos oficiales.

    Todo eso fluye, como un rumor persistente, pero pocas veces trasciende. Porque la otra realidad oculta de Marinaleda es la opresión política que se practica. En las últimas elecciones municipales, de los once concejales del Ayuntamiento, Izquierda Unida consiguió nueve y el PSOE logró dos ediles. Tanto el candidato socialista como el del Partido Popular eran de un pueblo cercano, de Estepa. Mariano Pradas, concejal y portavoz del PSOE, ya había sido concejal antes y repitió de nuevo a pesar de que en el mandato anterior le apedrearon alguna vez el coche y de que otras veces tuvo que salir del pueblo escoltado por la Guardia Civil. “Marinaleda, una utopía hacia la paz”. Ya ven. Qué cosas.

    Matacán
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