El odio al catalán

Como el ardor independentista de Cataluña es un fuego que hay que alimentar continuamente, cada dos por tres van surgiendo fenómenos nuevos con los que avivar

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    Como el ardor independentista de Cataluña es un fuego que hay que alimentar continuamente, cada dos por tres van surgiendo fenómenos nuevos con los que avivar las consignas y mantener la pulsión callejera. El último fenómeno que ha estallado en las redes sociales y en los principales medios de comunicación catalanes es el video casero de una joven de Huelva, que desde hace dos años vive en Cataluña, y que quiere contribuir con su experiencia a desmentir algunos tópicos sobre los catalanes.

    “¡A mí me hablas en español!”, se llama el vídeo en el que esta joven, Mel Domínguez, cuenta algunas anécdotas anticatalanas de su infancia o de su entorno familiar para, a continuación, explicar que ese odio a lo catalán no tiene sentido porque en Cataluña se acoge a todo el mundo, que ella no ha encontrado ninguna barrera con el idioma y que, sobre todo, ha encontrado un trabajo en Barcelona: algo a lo que ni en sueños podía aspirar en Andalucía.

    Joven, andaluza, parada y, encima, denuncia la catalanofobia… Es decir, todos los ingredientes para que, como ha ocurrido, el video de Mel Domínguez, quien por cierto apunta maneras de buena comunicadora, haya pasado a formar parte, quizá muy a su pesar, del aparato propagandístico del independentismo catalán. Entrevistas en radio y televisión, amplias referencias en prensa y casi un millón y medio de visitas en youtube, al margen de las miles y miles de referencian en las redes sociales. Como en la peli de los hermanos Marx, “Es la guerra, traed madera… ¡Más madera!”.

    El último fenómeno que ha estallado en las redes sociales es el vídeo casero de una joven de Huelva, que quiere contribuir con su experiencia a desmentir algunos tópicos sobre los catalanes. 

    Como todo esto es un fenómeno muy recurrente, hablamos del eterno recurso al agravio de los nacionalistas, las reacciones que se producen ante un acontecimiento como éste son, de la misma forma, bastante previsibles. Con lo que cuenta siempre el nacionalismo profesional, es con la existencia simétrica de un movimiento reaccionario y opuesto, de manera que sólo se trata de agitarlo y difundirlo. Y así se traslada, subliminalmente, un mensaje simple que sirve a la causa: el catalanismo, el independentismo, sólo es un movimiento de defensa ante la agresión permanente que recibe ese pueblo. Independentismo versus catalanofobia. Nada más revelador que un movimiento en Twitter que tiene como único objetivo la difusión masiva de todas las salvajadas que encuentran en la red contra Cataluña. “Retuitegem l’odi españolista. Difusió i consciencia. Despertem el poble, la victoria és nostra”, se lee entre los objetivos de esa web catalana en la que todos los descerebrados que pidan un bombardeo contra Cataluña, el exterminio del Barça, el boicot al cava o la prohibición de la butifarra, encontrarán un eco inmediato. ¿Existe una forma más elemental de justificar y propagar el independentismo que el fomento de ese odio anticatalán, como si se tratase de un sentimiento generalizado en toda España? 

    No existe odio al catalán, como se quiere hacer ver, como se difunde de forma interesada, sino cansancio. Por una historia mil veces repetida que ya no cuela. Si Cataluña tiene hoy a sus instituciones en la ruina no es por causa del desfalco de España.

    Por eso, por la inconsciente espiral de odio que se fomenta, resulta una vez más deplorable contemplar cómo tantos se suman a la agitación como si estuvieran celebrando una fiesta. Sobre todo en Cataluña, autoridades, medios de comunicación, intelectuales, incapaces de diferenciar, de templar, de calmar. Es cierto que una de las rémoras más pertinaces del franquismo puede ser ésta del rechazo al catalán, a la lengua sobre todo, pero si tuviera que señalarse un sentimiento generalizado entre los españoles con respecto a Cataluña no sería el odio sino el hartazgo. Por la exigencia permanente unida a la amenaza, por la desconsideración permanente de las demás regiones, por la deslealtad, por la displicencia de los discursos políticos. Que no existe odio al catalán, como se quiere hacer ver, como se difunde de forma interesada, sino cansancio. Por una historia mil veces repetida que ya no cuela. Si Cataluña tiene hoy a sus instituciones en la ruina no es por causa del desfalco de España, sino por el despilfarro inmenso de una clase política que ha basculado entre la corrupción y la inoperancia. Y pese a todo, todavía hoy, si una joven andaluza quiere encontrar trabajo, como Mel Domínguez, la chica del vídeo de moda entre los independentistas, tiene que irse a Cataluña. Aunque para explicarse ese fenómeno, al igual que le ocurre a Cataluña con sus quiebras, no hay que mirar más allá de la propia Andalucía

    Matacán
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