Gibraltar, el complejo de España
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Javier Caraballo

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Gibraltar, el complejo de España

Que no es Gibraltar, que no, que es el complejo de España lo que nos convulsiona cada vez que, siempre igual, las relaciones se tensan a

Que no es Gibraltar, que no, que es el complejo de España lo que nos convulsiona cada vez que, siempre igual, las relaciones se tensan a uno y otro lado de la Verja. Que no es Gibraltar, que no, que lo peor de ese conflicto tan antiguo es cómo consigue sacarle los colores a España, desenterrar los complejos más arraigados en la sociología española. Aparece Gibraltar en el mapa de la actualidad, con polémicas de secuencias también repetidas, y lo que se provoca aquí son las disputas más patéticas sobre la identidad de España, un país que a fuerza de milenios de historia ha acabado por no saber quién es.

Que no es Gibraltar, que no, que lo peor es que cada vez que estalla una polémica así ya se ve, ya se intuye, que todo acabará enredado en el debate eterno sobre España misma. No es Gibraltar, es el espejo que nos ponen delante. Sea cual sea el origen del conflicto, sea cual sea la posición que se adopte en España y sea cual sea el Gobierno que la adopte, jamás ninguna decisión acabará en un debate distinto a ése reconcome interno; en cada disputa aquí se criticará al mismo tiempo la indolencia y la firmeza de España con respecto a Gibraltar. Porque no es Gibraltar, es el complejo de España.

Gibraltar, como agravio histórico, ya se nos tendría que haber olvidado hace muchos años. Nadie se acuerda ya, por ejemplo, de que hace cuarenta años en el Sahara, los ciudadanos que vivían allí tenían el mismo DNI que un vecino de Soria o de Cádiz, y sin embargo cada vez que se menciona Gibraltar, parece como si los ingleses hubiesen invadido la Roca ayer mismo. ¿Piensa alguien en Cuba, en Argentina o en cualquier país de Sudamérica con el mismo sentimiento que mira a Gibraltar?

En Gibraltar, que le tienen cogidas las medidas a España, sólo les hace falta poner delante la muleta de los complejos españoles para derivar cualquier conflicto hacia ese debate eterno, tan patético, tan destructivo

Es que no tiene explicación alguna a no ser que conjuguemos otros factores que influyen en la percepción que tenemos de Gibraltar y que, en modo alguno, se dan con los demás países o territorios que un día fueron de España. Factores como el ridículo persistente y las frustraciones que ha provocado en España el intento periódico de reconquistar Gibraltar, desde asedios militares hasta bloqueos sociales, o el hecho evidente de que Gibraltar haya convertido la burla y la ilegalidad en su principal guía de acción política.

La cuestión es que desde los tiempos de Mambrú, Gibraltar es una china en el zapato que España nunca se ha sabido sacar. Desde los tiempos de Mambrú, sí, el militar de las canciones infantiles, porque fue aquel general inglés, que participó en la Guerra de Sucesión española, el general Marlbrough, quien ordenó al almirante Rooke, que escoltase al Archiduque Carlos hasta Lisboa y en el trayecto de vuelta, en vez de poner rumbo a la base francesa de Tolón, por el Mediterráneo, se detuvo en Gibraltar y decidió conquistarla. Primero hizo ondear la bandera de los Austria y, al poco, colocó la inglesa. Los cien o doscientos habitantes que hubiera en aquel momento en Gibraltar, agosto de 1704, salieron corriendo y se refugiaron en las colinas de San Roque, la ciudad andaluza que todavía tiene en su lema “La Muy Noble y Más Leal Ciudad de San Roque, donde reside la de Gibraltar”.

El 13 de julio de 1713, en la ciudad holandesa de Utrecht, al mismo tiempo que se zanjaba la Guerra de Sucesión con la llegada al trono de España de los Borbones, se firmó el maldito tratado que todavía nos trae de cabeza: “El Rey Católico, por sí y por sus herederos y sucesores, cede por este Tratado a la Corona de la Gran Bretaña la plena y entera propiedad de la ciudad y castillo de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortaleza que le pertenecen, dando la dicha propiedad absolutamente para que la tenga y goce con entero derecho y para siempre, sin excepción ni impedimento alguno”. El mismo tratado detalla luego que la cesión no incluye “jurisdicción alguna territorial” ni comunicación abierta “por parte de tierra”, que son los dos apartados que han provocado en todos estos siglos conflictos permanentes sobre las inexistentes “aguas territoriales” de Gibraltar o sobre la posibilidad de España de cerrar completamente la Verja y aislar a La Roca.

Mambrú, el general Rooke, el archiduque Carlos, la Guerra de Sucesión… Es que da vértigo mirar hacia atrás y volver luego la vista al presente. Y llegar a la conclusión de que no, que no es Gibraltar, que no, que es el complejo de España. Y en Gibraltar que lo saben; en Gibraltar, que le tienen cogidas las medidas a España, sólo les hace falta poner delante la muleta de los complejos españoles para derivar cualquier conflicto hacia ese debate eterno, tan patético, tan destructivo. Lo saben y lo manejan constantemente sabedores de que siempre habrá aquí quien les acompañe en el aplauso contra “el imperialismo español” o contra “el fascismo redivivo”, qué más da, porque ahí, en ese terreno acomplejado, se resuelve todo, se olvida todo. Ya pueden perseguir o encarcelar a pescadores, ya pueden arrojar bloques de hormigón con púas de hierro, dar cobijo a los capitales más oscuros o instalar gasolineras flotantes en el Estrecho; da igual porque el complejo de España es una manta espesa que lo cubre todo.

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