De la capacidad autodestructiva del PP
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Javier Caraballo

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De la capacidad autodestructiva del PP

Que sucede, nadie lo discute; lo complicado es explicar por qué. Eso es lo difícil, intentar razonar por qué le resulta tan complicado a la derecha

Que sucede, nadie lo discute; lo complicado es explicar por qué. Eso es lo difícil, intentar razonar por qué le resulta tan complicado a la derecha española retener el poder sin grandes alteraciones. Como ahora, por ejemplo, estos días. Después de un inicio de otoño en el que todos los organismos internacionales han celebrado con sus previsiones el fin de la recesión en España y el principio de un nuevo ciclo de mejoras económicas, aunque el fin de la crisis como tal esté aún lejano; después de esas noticias que llevan años esperándose en España, se contempla al Gobierno en su conjunto, y al partido que lo sustenta, y nadie diría que esos tipos son artífices de nada. Más bien lo contrario, todo el mundo pensaría que las mejoras suceden a pesar de que ellos están en el Gobierno. Y que, por eso, todo el que pasa por al lado alarga el brazo para sacudirles un tortazo en el cogote.

Ahí están los durísimos editoriales en la prensa europea por la huelga de basura de Madrid, que han ido mucho más allá de la torpeza de una alcaldesa o del salvajismo de unos sindicatos; no, directamente se ha colocado la penosa estampa de estos días de la capital española como la imagen de un país endeudado que no tiene ni para pagar la basura después de que se hayan esfumado todos los sueños, como los Juegos Olímpicos o Eurovegas. O el comunicado inaudito del portavoz de la UE contra el ministro de Educación, el no menos insólito José Ignacio Wert. Es casi imposible recordar un episodio igual porque nunca nadie de la Comisión Europea se había despachado con tanta soltura contra un país miembro, y mucho menos se lo había permitido un alto cargo europeo de tercera o cuarta fila. Pero ha sucedido: el Gobierno español ha sido vapuleado, y todo se ha resuelto luego con la simple excusa de "ha sido un malentendido".

Le ha ocurrido a Wert, que es ministro más polémico y controvertido del Gobierno, pero cualquiera deduce, en la lógica de las relaciones europeas, que si el Gobierno español tuviera una imagen distinta en Bruselas, más sólida, más aguerrida, nadie hubiera osado tratarlo de esa forma. ¿Se concibe un episodio así con un ministro alemán, francés o inglés? Pues la respuesta a esa pregunta es la que nos lleva a pensar que el problema de imagen es de todo el Gobierno.

De modo que esa es la cuestión. ¿Cómo se puede explicar que un Gobierno como el de Rajoy, y su partido, tenga esa imagen de debilidad, mediocridad y chapuza, y que, sin embargo, pase inadvertido, a efectos de imagen pública, algo tan incontestable como haber evitado la quiebra del país, que era inminente hace dos años? ¿Por qué sucede eso y por qué le sucede sobre todo a la derecha? La respuesta no es simple, desde luego, y daría para unas interesantes jornadas sobre ‘la capacidad autodestructiva de la derecha española’.

La derecha tropieza siempre en los mismos errores de comunicación, de expresión, de empatía. En esos campos, sencillamente, el PSOE alcanza una maestría desconocida en el Partido Popular

Sabemos, por ejemplo, que la crisis de las ideologías con lo que no ha acabado ha sido con una aureola de tópicos en torno a la idea de la derecha y de la izquierda, de la manera que la primera siempre se verá relacionada en el subconsciente colectivo con las minorías, los ricos y los privilegios, mientras que a la segunda se la asocia con el pueblo, las clases más desfavorecidas y la solidaridad. Aun a pesar de que a la derecha se le reconoce siempre un plus de eficacia en la gestión, la balanza nunca se llega a compensar. En el caso de España, además, tras cuarenta años de dictadura fascista, la distorsión es aún mayor de la que pueda existir en cualquier otra democracia avanzada que no haya sufrido esa lacra.

Desde ese punto de vista, la cuestión digna de análisis, cuando un Gobierno como el de Mariano Rajoy atraviesa unos días como estos, de alpargatazo limpio, es si todo esto sucedería igualmente con un Gobierno de un signo político distinto. Admito que no sé responder a la pregunta porque, de la misma forma que me parece irrebatible que PSOE y PP parten de un ambiente de aceptación sociológica muy distinto, también es indiscutible que la derecha tropieza siempre en los mismos errores de comunicación, de expresión, de empatía. En esos campos, sencillamente, el PSOE alcanza una maestría desconocida en el Partido Popular por mucho que los ‘populares’, sin historia como partido, hayan acabado imitando las formas de actuar del aparato socialista.

Las operaciones de imagen nunca han sido el fuerte del PP. Y de eso no debe ser ajeno el hecho de que no haya ni un solo ministro en el Gobierno del que se pueda decir que ofrece una imagen de cercanía a la población, que pueda contrastar con los de un perfil más duro. No, la imagen del Gobierno, de empatía, de cordialidad, es tan demoledora como lo demuestran los últimos barómetros del CIS, en los que ninguno de los miembros del Gobierno alcanzaba el aprobado. Los mejores valorados, Soraya Sáenz de Santamaría o Miguel Arias Cañete, se quedaban por debajo incluso de dirigentes como el portavoz de ERC, Alfred Bosch, o el líder de Izquierda Unida, Cayo Lara. ¿Tiene algo que ver en todo esto la lejanía persistente del presidente Mariano Rajoy, sus largas ausencias del debate político? Pues parece que no cabe la menor duda.

Pero, ya digo, que las respuestas no son simples ni sencillas. Un último ejemplo, en este sentido; el más pintoresco, quizá, y también uno de los más simbólicos. Esta semana ha volado por las redes sociales y por todos los portales de la red el desplante de un espectador en el programa de las tardes de Televisión Española. La presentadora, Toñi Moreno, estaba en una de sus habituales llamadas del público para recaudar fondos para alguna mujer que se ha quedado parada o que no tiene para pagar el alquiler de su casa, cuando un espectador le ha reprendido, a ella y al Gobierno, que se dediquen a la caridad.

El tipo cogió el teléfono y dijo en directo: “Este programa lo que está haciendo es fomentar la caridad y es el Estado de bienestar quien debe cubrir estas necesidades. Ustedes están jugando con los sentimientos de las personas. Y eso no se debe hacer. El Estado debe intervenir y no recurrir a la caridad. Muchas gracias”. Y colgó, sin más. La cara de la presentadora lo decía todo. Pero no por el momento, quizá lo que esa periodista no entendía es que durante años y años ha estado haciendo el mismo programa en Canal Sur y nadie, jamás, censuró por lo más mínimo al Gobierno socialista de Andalucía. Todo ha sido ficharla TVE, con un Gobierno del PP a sus espaldas, y lo que antes era solidaridad se ha convertido en caridad. Esa es la duda. ¿Por qué sucede?

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