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Susana, modelo Barbie presidenta
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Javier Caraballo

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Susana, modelo Barbie presidenta

Esta forma de actuar de los de UGT, ese dedazo en Andalucía, qué esconde. Esa inmediatez, ese consenso precipitado, qué mecanismo mental lo guía. Porque es

Esta forma de actuar de los de UGT, ese dedazo en Andalucía, qué esconde. Esa inmediatez, ese consenso precipitado, qué mecanismo mental lo guía. Porque es fácil adivinar el pensamiento, el porqué de la elección de una mujer como ella, tan parecida a la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz. Joven, rubia, guapa… Sólo cabe confiar en que lo que parece, no es; que no han elegido un clon de la nueva presidenta andaluza, tan populosa desde que llegó. Sólo cabe esperar que lo que se presume no sea cierto, ese sustrato machista y oportunista, revestido con el celofán de la paridad, que busca en la imagen de una mujer la redención de los males pasados.

Sólo podemos cerrar los ojos para no pensar en todo lo ocurrido, y tal como ha ocurrido, porque no desprende otra sensación que esa, que han calcado el ‘modelo Susana Díaz’ como quien decide fabricar ‘Barbie presidentas’ para triunfar en política. Pero si, como se sospecha, esa ha sido la intención, se equivocan. Y es de esperar que quien primero desmienta esa equivocación sea la elegida, Carmen Castilla, con una vida detrás que convierte en insulto cualquier comparación con una ‘Barbie presidenta’.

Esa mujer que ahora lidera el sindicato de UGT en Andalucía se crio en una familia numerosa, entre ocho hermanos, y tuvo que estudiar apoyada siempre en las becas. Si ahora presenta un currículum que no es habitual en política, es sólo porque la política ha sido siempre secundaria en su labor profesional. Aprobó una plaza de funcionaria en el sistema de Salud de Andalucía después de haberse diplomado con honores en Enfermería, el mejor expediente de Sevilla en su promoción. Luego ganó el premio nacional de investigación del colegio profesional, se licenció en Derecho y también en Psicología, se doctoró en Salud Mental y todavía hizo un máster más en la misma especialidad.

Los escándalos desatados a raíz de la trama de los ERE están forzando una renovación generacional. Y sólo será efectiva si esas mujeres que ahora lideran tanto el PSOE como la UGT en Andalucía demuestran que nada tienen que ver con modelos de ‘Barbie presidenta’

Nadie que haya seguido la actualidad andaluza en los últimos veinte años (Carmen Castilla tiene 45) la ha podido ver en ningún acto relevante de UGT de Andalucía, ni siquiera del PSOE andaluz, partido en el que comenzó militando y del que se escindió cuando fue concejal en un pueblo de Sevilla, en Écija. Tampoco cuando el anterior líder de UGT de Andalucía, Manuel Pastrana, dimitió de su cargo, lastrado por problemas personales, Carmen Castilla figuraba en ninguna quiniela del sindicato.

Se marchó el anterior secretario general de UGT y los sindicalistas eligieron a la persona, Francisco Fernández Sevilla, que había comandado el sindicato, de facto, en los años anteriores. Corría el mes de mayo del año pasado y ya se apuntaban los brotes del escándalo que vendría después: una trama de hipocresía sindical que lo mismo falsificaba facturas para justificar una recepción en la Feria de Sevilla que destinada el dinero de las subvenciones para comprar maletines de piel falsificados.

¿Por qué entonces, cuando ya se comenzaban a dibujar los perfiles de la podredumbre, no se pensó en la renovación? De hecho, Fernández Sevilla, responsable directo de todo lo ocurrido en el sindicato en la época del escándalo, fue elegido casi por aclamación: más del 81% de los delegados del congreso de UGT de Andalucía lo respaldaron. Y a la ejecutiva saliente, a la que ya se culpaba de falta de transparencia, la apoyaron con el 98% de los votos.

Carmen Castilla, entonces, ni siquiera figuraba. Y de aquello hace sólo ocho meses. Por eso ahora, cuando se contempla su elección, sorprende tanto lo ocurrido. Se fuerza la dimisión de aquel que fue elegido por unanimidad y, sin convocar congreso siquiera, un comité extraordinario de UGT de Andalucía, reunido a puerta cerrada, con trabajadores de vigilantes en las puertas para que nadie extraño al aparato pudiera pasar, se elige a esta mujer por abrumadora mayoría, con ni un solo voto en contra. Si a Fernández Sevilla, el anterior secretario general de UGT de Andalucía, lo eligieron con el 81% de respaldo en un congreso, a Carmen Castilla la han elegido menos de un año después por el 83% de los apoyos en un comité regional. Definitivamente, la volatilidad de los apoyos en política, que vienen y van a conveniencia, que parece un juego de magia, alehop, es uno de los vicios más acusados de la política.

Por todas esas circunstancias es tan poco creíble la voluntad de regeneración de UGT, porque todo lo ocurrido lo único que señala es el interés de tapar la mala gestión y los vicios internos con una buena operación de imagen. Los escándalos desatados en Andalucía a raíz de la trama de los ERE están forzando una renovación generacional que no se habría producido en circunstancias normales. Y sólo será efectiva si esas mujeres que ahora lideran tanto el PSOE como la UGT en Andalucía demuestran con hechos, con una ruptura total con las irregularidades del pasado, que, como se espera de ellas, nada tienen que ver con modelos de ‘Barbie presidenta’. Tienen capacidad y poder, ahora queda el camino por recorrer.

Esta forma de actuar de los de UGT, ese dedazo en Andalucía, qué esconde. Esa inmediatez, ese consenso precipitado, qué mecanismo mental lo guía. Porque es fácil adivinar el pensamiento, el porqué de la elección de una mujer como ella, tan parecida a la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz. Joven, rubia, guapa… Sólo cabe confiar en que lo que parece, no es; que no han elegido un clon de la nueva presidenta andaluza, tan populosa desde que llegó. Sólo cabe esperar que lo que se presume no sea cierto, ese sustrato machista y oportunista, revestido con el celofán de la paridad, que busca en la imagen de una mujer la redención de los males pasados.

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