Los Morancos en el avispero catalán

“Ea, pues otros dos a la lista negra” “¿Qué han dicho qué? ¡Pues que se vayan a Cataluña y se independicen con ellos!” “Sois unos chaqueteros,

“Ea, pues otros dos a la lista negra”. “¿Que han dicho qué? ¡Pues que se vayan a Cataluña y se independicen con ellos!”. “Sois unos chaqueteros, ni yo ni mi familia iremos a veros”. “A vosotros os van mejor las cosas de risa; es decir, las poco serias. Esto es la payasocracia, actores y caricatos interpretan la Constitución”. “Estómagos agradecidos. Han querido quedar bien para salvar sus actuaciones allí. ¿Tan mal les va a los Morancos?”.

Los comentarios se precipitaron en internet como una tormenta inesperada de lluvia ácida. “Los Morancos, a favor del referéndum de Cataluña”, habían titulado algunos periódicos catalanes, y luego otros más repartidos por toda España, con el timbre asombrado de una traición. “A mí me encantaría que votarais”, dijo César Cadaval, el menor de los dos hermanos en la entrevista con la TV3. “Yo creo que es una cosa que tenéis que decidir vosotros”, añadió Jorge. Con esas dos frases, no hacía falta más; Los Morancos estaban condenados. “Dos que han dejado de ser graciosos. Para mí, se acabaron. RIP”.

Había un chiste que contaba Eugenio, el inolvidable humorista catalán, de un tipo que llegaba al velatorio de un amigo. Ante el cadáver, no hacía más que reprocharle las veces que le había advertido en vida de que tenía que dejar el tabaco, y ni caso. “¿No ves lo que te ha pasado?”, le espetaba al cadáver. “Te lo dije, que el tabaco te iba a matar. El tabaco, el tabaco...Te lo dije”, repetía una y otra vez. La viuda, al ver la escena, se acercó para mediar: “Oiga, que no ha sido por el tabaco; se ha muerto porque lo ha atropellado un camión”. A lo que el otro, empecinado, contestó: “Sí, pero iba a comprar tabaco”.

Con esto del referéndum, nos va a pasar lo mismo; lo que va a acabar con todos no van a ser las ansias independentistas que existan en Cataluña ni el debate sobre lo que está ocurriendo y cómo se puede solucionar; no, antes nos atropellará el camión de la irracionalidad, el sectarismo y el odio. No hay lugar para las opiniones libres, ni siquiera para los matices.

Es el avispero catalán, donde el debate sólo consiste en la confección constante de dos listas negras, una por cada bando

Esta es, otra vez más en la historia de España, una guerra de bandos. Quienes en Cataluña, como le ocurrió a Albert Boadella, no se muestren complacientes y solícitos con el régimen establecido, están condenados; quienes desde cualquier otra región de España, como les ha ocurrido a Los Morancos, expresen alguna opinión distinta al discurso visceral, están condenados. R.I.P., como decían en una de las cientos de reacciones iracundas que han provocado sus declaraciones. Es el avispero catalán, donde el debate sólo consiste en la confección constante de dos listas negras, una por cada bando. Es el avispero catalán, donde cualquier cosa que se diga será siempre utilizada, manipulada, sesgada, a conveniencia de cada bando.

Los Morancos han intentado solucionarlo luego, asustados con el cerco de fuego que iba creciendo en su entorno. “Un día puedes tener un error y una confusión... Somos españoles y respetamos la Constitución, por tanto ni podemos querer el referéndum ni mucho menos la independencia. Fue culpa nuestra no haberlo dicho de forma rotunda, pero parece que aquí te crucifican cuando haces un comentario”. Pedir perdón.

De lo que quizá no nos damos cuenta es de que es justamente esto, tener que pedir perdón, lo que ha hecho significativa, trascedente, la polémica de Los Morancos. Las líneas del debate están trazadas, como raíles, y quien se salga de la vía descarrila. ¿De verdad que nadie se inquieta porque estemos construyendo un país en el que se promueva una condena social por afirmar algo tan absolutamente inocente como dijeron esos dos señores?

Otro día podremos volver sobre la realidad de Cataluña, sobre las posibles salidas que tiene este embrollo cansino, el pelmazo catalán, pero conviene pararse, detenerse, y mirar a los lados. Y comprender que este sectarismo, esta tensión diaria, no conduce a ninguna parte. Algo tan sencillo como eso. En Cataluña es evidente desde hace mucho tiempo que las opiniones no son libres, que existe una cohibición ambiental que impide que muchos catalanes, sean los que sean, muchos o pocos, expresen libremente su oposición a la independencia.

¿De verdad que nadie se inquieta porque estemos construyendo un país en el que se promueva una condena social por afirmar algo tan absolutamente inocente como dijeron esos dos señores?

Ocurre en la calle y ocurre en los despachos más influyentes de Cataluña; nadie, o casi nadie, tiene el arrojo de decir en público lo que expresa en privado porque nadie se quiere enfrentar al repudio público, al vacío institucional. A todo lo más que llegan algunos, como el presidente de CaixaBank, Isidro Fainé, es a no decir nada; una posición meliflua que pide “un gran acuerdo para Cataluña y para España”, aun cuando sea consciente de que su negocio bancario se desplomaría al día siguiente de la independencia.

Pero es que en el resto de España ocurre lo mismo, pero al revés; el único discurso posible, a salvo de vapuleos, es aquel que deteste a los independentistas, y a los catalanes por extensión, y que se oponga a cualquier tipo de consulta. ¿Cómo se puede tener el cinismo de condenar el sectarismo catalán si hacen exactamente lo mismo? El absurdo hipócrita de algunos llega al punto de que de la misma forma que contestan con soflamas encendidas a quienes defienden el referéndum en Cataluña, se suman solícitos a la posibilidad de que esa consulta se celebre en España “para echar de una vez a los catalanes”. Son los del boicot constante contra los productos catalanes. 

Otro día volvemos sobre el embrollo, el origen y las posibles salidas. Otro día. Hoy, conviene pararse. Mirar alrededor. Contemplar la pendiente de tensión por la que nos vamos cayendo y detenerse. Cuestiones previas: en el avispero catalán, yo defiendo la necesidad de enterrar el odio. En el avispero catalán, yo defiendo la urgencia de desterrar las banderías, las condenas públicas, los juicios previos, el sectarismo. En el avispero catalán, yo defiendo la libertad de Jorge y de César Cadaval, como de cualquier otra persona, para expresar su opinión sin temor a que caiga sobre ellos un aguacero de insultos y escupitajos. Y luego de escucharlos, hablamos.

Matacán
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