El fiscal de la Infanta y el carrito robado

Esa foto del carrito dice más de la Justicia en España que cualquier tratado. Alguien que quisiera demostrar la precariedad de medios en la Justicia, no tendría más que aportar esa foto como prueba

Foto: El fiscal Anticorrupción Pedro Horrach. (EFE)
El fiscal Anticorrupción Pedro Horrach. (EFE)

España siempre se reivindica en su esencia de pandereta. El mero resumen de noticias matinal, sobre todo en días como estos, este principio de año sin parangón, ya aporta argumentos suficientes para la consideración machadiana, pero ha sido una foto, una foto de prensa, la que lo resume todo. El delirio, el caos, lo grotesco, la sinrazón, el absurdo. La chapuza que supera la abnegación, el cutrerío que se hace sombra del rigor. La mediocridad como amenaza ambiental. España contra sí misma, un ejercicio diario de superación. Una sola foto lo representa todo. Pertenece a una entrevista concedida por el fiscal Anticorrupción de Baleares en las vísperas.

El fiscal en su despacho, y al lado de su mesa, un carrito de supermercado cargado de expedientes judiciales, como la compra del mes. Cajas de cartón con el precinto de la Guardia Civil, en verde, rivalizando con el nombre serigrafiado del supermercado en la barra del carrito. Y detrás, solemne, la bandera de España, semioculta; y el fiscal, con su corbata y su chaqueta azulina. Un carrito del Mercadona que deja colgando el detalle de su cadena, la que se introduce para sacar el euro que hay que depositar antes de utilizarlo. Un carrito robado por alguien, porque no se venden carritos así para uso administrativo, como complemento de oficinas.

Esa foto del carrito del Mercadona dice mucho más de España, y de la Justicia en España, que cualquier tratado, que cualquier libro blanco. Alguien que quisiera demostrar la precariedad de medios en la Justicia española, no tendría más que aportar esa foto como prueba definitiva. El fiscal sobre el que medio mundo tiene puesta su atención trabaja ahí, trabaja así, con los expedientes que le acaban de traer en un carrito robado.

 

“Póngalos ahí mismo”, le habrá dicho el fiscal al secretario o al operario cuando ha oído que llamaban a la puerta del despacho. Y con toda solemnidad, ha pasado el funcionario, estirado, empujando el carrito con los expedientes. Por real decreto de septiembre de 1882 se aprobó la Ley de Enjuiciamiento Criminal que sigue vigente en España (para que después se censure la antigüedad de la Constitución de 1978), y solo ante norma básica de cualquier Estado de derecho podría aparecer el carrito del Mercadona, cargado de expedientes judiciales, como una nueva tecnología. La digitalización y el 'pendrive' pertenecen a otra saga, propia de 'Regreso al futuro'.

El mundo entero está pendiente de ese juicio a una Infanta de España, que se convierte por derivación en el juicio a la segunda dinastía más antigua del mundo; la más antigua de Europa. En los ochenta, el entonces Rey de España, don Juan Carlos, escribió un artículo de prensa, de los pocos que se le recuerdan, en el que situaba la dimensión histórica de su Casa: “Por un dichoso azar de la Historia, la dinastía española, de la que soy actualmente cabeza y representante supremo, es la misma desde hace 13 siglos y 40 generaciones”. Tres décadas más tarde, llega este juicio inédito, insólito, y la foto de la previa contiene el sumario de las culpas reales en un carrito robado del Mercadona.

Lo único que no se aprecia es si tiene el euro dentro de la ranura, pero ahí está la cadenita colgando, como un preso que se ha fugado y quiere rehacer su vida

La Casa Real más antigua se tambalea, como yogures sueltos en el carrito de la compra. Hasta el más descreído de las señales del destino ha de postrarse ante esa fotografía y proclamar que solo una nación como España, por sus profundas raíces, es capaz de resistir estas revelaciones. El carrito de la compra con los sumarios del caso Nóos, símbolo de lo efímero de las cosas; el carrito robado del supermercado en el despacho del fiscal como demostración de lo artificial, de lo vulnerable, que puede llegar a ser la mayor solemnidad.

Luego está la interpretación más evidente o la más interesada. El caso Nóos en el carrito de la compra metáfora de la vulgarización, el mercantilismo de un proceso judicial que, desde el principio, muchos han querido convertir en un juicio a la Corona de España. El empujón que hace falta para derribar a la monarquía. Allí estaban desde muchas horas antes de que comenzara la vista oral, desde la madrugada, un grupo de espectadores, entre curiosos y republicanos exaltados, con sus pancartas, como si a la infanta Cristina le aguardara el patíbulo al bajarse del coche oficial, una pira de madera seca y un verdugo con capucha negra. La Infanta como mercancía en el carrito de la compra que el fiscal tiene en su despacho, justo al lado de la bandera con el escudo constitucional.

Llega el juicio del año, juicio de siglos, el primer juicio que sienta en el banquillo a un miembro de la Casa Real española, y en la víspera un fotógrafo de 'El Mundo' que merece el Pulitzer retrata al fiscal anticorrupción que nos enseña las tripas de todo, un carrito del Mercadona como depositario de la verdad judicial. Alguien de la Audiencia, harto de cargar con sumarios para arriba y para abajo, alguien de la Audiencia, cansado de buscar huecos en las estanterías que no existen, se ha ido a un Mercadona y ha birlado un carrito para el jefe. Lo único que no se aprecia es si todavía tiene el euro dentro de la ranura, pero ahí está la cadenita colgando, como un preso de película que se ha fugado y quiere rehacer su vida. Pero se ha hecho inmortal. Esta estampa solo es posible en España. Definitivamente.

Matacán

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