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Rodolfo Ares, el artificiero mayor
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Javier Caraballo

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Rodolfo Ares, el artificiero mayor

Segundo perfil de una serie dedicada a los directores de campaña de los cuatro grandes partidos. En esta ocasión, Rodolfo Ares del PSOE.

Foto: (Ilustración: Raúl Arias)
(Ilustración: Raúl Arias)

Rodolfo Ares pertenece a la estirpe de vascos que responden a la máxima de que los bilbaínos nacen donde les da la gana, culmen universal de la chulería. El nacimiento circunstancial de Ares fue en Galicia, en una pequeña aldea de Orense, y la historia de sus padres es la historia de tantos cientos de miles de hombres y mujeres que en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado emigraron en masa desde la penuria de sus vidas en los núcleos rurales de la España pobre hasta el reclamo de una vida mejor en los entornos industriales del País Vasco y de Cataluña. Los padres de Ares llegaron a Bilbao y se asentaron en Otxarkoaga, uno de los enclaves que se llenaron de chabolas de los emigrantes y que se convirtieron luego, cuando el desarrollismo cambió las chabolas por bloques de pisos, en barrios populosos de gente humilde y trabajadora.

Un barrio obrero, el entorno perfecto, por lo tanto, para que Rodolfo Ares naciera a su otra vida, a la socialista, y para que se consagrara, como lo consideran hoy, como un referente histórico del Partido Socialista de Euskadi, el PSE, y “uno de los imprescindibles de este país”, como ha dicho de él Patxi López. La cosa es que Rodolfo Ares, por la intensidad de su vida en el partido, podría pasar por uno más de la generación de la ‘foto de la tortilla’, si no fuera porque es de una década posterior (Ares nació en 1954) y porque, como todo el mundo sabe en el PSOE, la tortilla se la comieron los socialistas andaluces tras el Congreso de Suresnes y a los socialistas vascos, la otra federación potente de los orígenes, no le dejaron ni las migajas. Nada de ello impide que Ares, que se afilió al partido en el 77, recién muerto el dictador, esté considerado hoy como un veterano respetado de la organización. Eso, junto a su imagen apacible, como de político budista, maestro venerable, es lo que lleva a Rodolfo Ares hasta el estrecho círculo de confianza de Pedro Sánchez y a su papel activo en esta campaña electoral en la que los socialistas, más que nunca, necesitan recuperar su esencia.

Bueno, en realidad, el trabajo de Ares comienza antes incluso, desde el mismo instante del alumbramiento de Pedro Sánchez como secretario general. Aunque en el PSOE nadie discuta que el actual secretario general fue aupado, decisivamente, por la presidenta andaluza, Susana Díaz, hasta el liderazgo del PSOE, no es menos cierto que también encontró el apoyo de destacados dirigentes del socialismo vasco, como es el caso de Patxi López y del propio Rodolfo Ares, acaso porque todos ellos lo que querían, sobre todo, era anular a Eduardo Madina. La diferencia fundamental entre unos y otros estriba en que, mientras que Susana Díaz no ha hecho más que ponerle zancadillas a Pedro Sánchez desde el mismo momento en el que se sentó en el sillón de Ferraz, los socialistas vascos han hecho piña. Lo de Patxi López es muy evidente, como presidente efímero del Congreso, pero lo de Ares no es menos importante. Después de dos décadas manejando las estructuras, todas, de la federación socialista vasca, lo ha dejado todo para ponerse al lado de Sánchez y prestarle toda su experiencia.

En los momentos de convulsión interna que vive el PSOE, parece como si hubieran llamado desesperadamente a Ares en su condición de artificiero mayor del Partido Socialista, para que vaya desactivando bombas en el campo de minas que le han dispuesto a Pedro Sánchez en su propio partido y que tiene que atravesar a diario. Algunas veces, como se está viendo en esta campaña electoral, lo de ir por delante explorando el terreno es literal, porque Rodolfo Ares, como ocurrió por ejemplo en la visita a Móstoles, hace de avanzadilla, preparándole el terreno al candidato y predisponiendo al personal para el encuentro. Lo resumió bien Patxi López, a principios de año, cuando Pedro Sánchez lo incorporó al ‘comité negociador’ de la legislatura frustrada, junto a otros clásicos como José Enrique Serrano o Jordi Sevilla. “Rodolfo es dialogante, un negociador incansable, que ha estado detrás de casi cualquier acuerdo que ha habido en este país. Es de esos políticos que merece la pena conocer. No ha sido un político en la sombra, ha sido un político en la luz, que ha hecho muchas cosas por Euskadi”. Tanto en el presente como en el futuro inmediato, lo que va a necesitar el PSOE es dirigentes con su capacidad de diálogo para frenar el ímpetu que ya se adivina en algunas federaciones para removerlo todo desde la misma noche electoral del 26 de junio. En esas, Ares puede ser el contrapeso fundamental que necesite Pedro Sánchez para afrontar lo que haya de venir.

Ares tendrá grabadas las peores escenas de horror por la barbarie terrorista junto al orgullo inmenso de haber derrotado a la banda

Junto al clásico del nacimiento de los vascos, los chistes también se recrean en la diferencia entre Dios y un bilbaíno, que no es otra que la de que “Dios está en todas partes y el bilbaíno ya ha estado”. Y también en eso da la medida Ares, que lo que menos ha sido en la vida es maestro industrial, su profesión. Suelen destacar las crónicas que es un político que ha recorrido todos los escalafones del Partido Socialista y que ha estado en todas las administraciones del País Vasco. Solo ese recorrido, en Euskadi y en el tiempo de ETA, da para una experiencia de vida 'cum laude'. Ares tendrá grabadas las peores escenas de horror por la barbarie terrorista junto al orgullo inmenso de haber derrotado a la banda cuando anunció la tregua definitiva. Tantas veces ha estado en la diana, antes y después de ser consejero de Interior del Gobierno vasco, que, en una ocasión, en un registro de etarras encontraron un sobre con un juego de llaves y un nombre escrito en un papel: “Rodolfo Ares”. Eran todas las llaves de la vivienda de Ares. Algún chivato, algún traidor, algún colaborador de los terroristas, lo había dejado todo dispuesto para que le pegaran dos tiros. Nada más satisfactorio que haber podido proclamar después: “Hemos derrotado a ETA. Algún día se lo contaré a mis nietos”.

Rodolfo Ares pertenece a la estirpe de vascos que responden a la máxima de que los bilbaínos nacen donde les da la gana, culmen universal de la chulería. El nacimiento circunstancial de Ares fue en Galicia, en una pequeña aldea de Orense, y la historia de sus padres es la historia de tantos cientos de miles de hombres y mujeres que en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado emigraron en masa desde la penuria de sus vidas en los núcleos rurales de la España pobre hasta el reclamo de una vida mejor en los entornos industriales del País Vasco y de Cataluña. Los padres de Ares llegaron a Bilbao y se asentaron en Otxarkoaga, uno de los enclaves que se llenaron de chabolas de los emigrantes y que se convirtieron luego, cuando el desarrollismo cambió las chabolas por bloques de pisos, en barrios populosos de gente humilde y trabajadora.

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