Independencia andaluza, la ilusión de cuatro gatos

Los nacionalistas andaluces podrían exhibir raíces más profundas incluso que las de sus iguales en Cataluña o en el País Vasco. Pero solo unos pocos exigen la soberanía cada 4 de diciembre

Foto: Manifestación encabezada por Isidoro Moreno (segundo por la izquierda), ex secretario general del Partido de los Trabajadores de Andalucía.
Manifestación encabezada por Isidoro Moreno (segundo por la izquierda), ex secretario general del Partido de los Trabajadores de Andalucía.

Los independentistas andaluces existen y hasta tienen su día de ‘celebración nacional’ al margen de las fiestas oficiales, como ocurre en Cataluña con la Diada o el Aberri Eguna del País Vasco. Ese día es el 4 de diciembre y este año, como en ocasiones anteriores, han vuelto a echarse a las calles para exigir independencia. Nunca pasan en cada una de sus convocatorias de la congregación de algunos cientos de personas, cuatro gatos, podría decirse; nada que ver con la efeméride que se conmemora ese día, las manifestaciones masivas que tuvieron lugar el 4 de diciembre de 1977 para exigir una autonomía plena para Andalucía.

Y es que el independentismo jamás ha arraigado en la sociedad andaluza y la mejor prueba de ello es que incluso el nacionalismo moderado del Partido Andalucista de Rojas Marcos ha acabado por extinguirse. Pero, ¿por qué ocurre eso? Es interesante hacerse la pregunta porque, puestos a elaborar un ideario soberanista, los independentistas o los nacionalistas andaluces podrían exhibir raíces más profundas incluso que las de sus iguales en Cataluña o en el País Vasco. De ahí la paradoja que se puede plantear cuando se analiza el desarrollo del soberanismo en distintas regiones, porque se observa que la clave del independentismo en España tiene más que ver con la ‘fabricación’ de independentistas durante la democracia que con una reivindicación histórica mayoritaria en esos territorios. El independentismo se siembra, se cultiva, se fomenta; el independentismo no nace, se hace.

La mejor prueba del nulo arraigo del independentismo en Andalucía es la extinción del Partido Andalucista, de corte nacionalista moderado

En el caso andaluz, si alguna vez se hubiera alimentado la especie del independentismo en la escuelas, como los vídeos de adoctrinamiento en Cataluña en los colegios que, de cuando en cuando, arrasan en las redes sociales, se le podría haber enseñado a los andaluces desde niños que el primer intento documentado de independencia en Andalucía es tan antiguo como la independencia de Portugal. Ocurrió en 1641 cuando Gaspar Alonso Pérez de Guzmán, IX duque de Medina Sidonia, organizó y tramó una especie de ‘golpe de Estado’, aprovechando la debilidad del reinado de Felipe IV, para segregar Andalucía del resto de España, tal y como acababa de ocurrir con Portugal, y hacerse así con el control absoluto del comercio con América.

Obsérvese, y conviene subrayarlo como acotación, por evidente que sea, que la mayoría de los movimientos independentistas tienen un trasfondo de interés económico, de avaricia o de egoísmo insolidario: lo que pretendía el duque era controlar el comercio con América para enriquecimiento de la casa nobiliaria a la que pertenecía y de los influyentes mercaderes de Sevilla, Jerez y Sanlúcar de Barrameda. La conjura contaba, incluso, con el apoyo de algunas potencias europeas, deseosas de propiciar un golpe letal a los Austrias, y, de hecho, los ‘independentistas’ estaban a la espera de la llegada de una flota francoholandesa cuando Felipe IV recibió el soplo de lo que se estaba tramando en Andalucía y abortó la conspiración.

Independencia andaluza, la ilusión de cuatro gatos

Dos siglos más tarde, se aprueba en Antequera un proyecto de Constitución que instituye en su Título Primero que “Andalucía es soberana y autónoma; se organiza en una democracia republicana representativa, y no recibe su poder de ninguna autoridad exterior al de las autonomías cantonales”. También aquel intento fue reprimido y quedó en nada porque, como dejó escrito el general Pavía, de no haberse erradicado con contundencia, el país entero podía desmoronarse: “La anarquía y el cantonalismo en Andalucía tenía que decidir la suerte de España. Si aquel era vencedor, todo el país se haría cantonal; pero si era vencido, el cantonalismo desaparecería y la faz de España cambiaría, porque la disciplina resucitaría, el principio de autoridad adquiriría vigor y prestigio, y el Gobierno cobraría fuerza moral y material”.

Todavía en la actualidad, los independentistas andaluces, organizados en torno a colectivos como Asamblea de Andalucía, ven en aquel intento el modelo a seguir: “Los Federales andaluces nos marcan el camino a seguir y el modelo político de la futura Andalucía Independiente. Una democracia directa, basada en la organización cantonal de las comarcas andaluzas y federadas entre sí a través de una Asamblea Nacional donde los representantes cantonales implementan las políticas de solidaridad y defensa mutua entre los cantones, en la búsqueda de la liberación nacional y la emancipación social”.

Cartel para la marcha del 4 de diciembre.
Cartel para la marcha del 4 de diciembre.

Luego vino, ya en el siglo pasado, la Segunda República, el Estatuto de Autonomía que se envía al Congreso, el golpe de Estado de Franco y el asesinato del líder andalucista Blas Infante, fusilado por las tropas fascistas. De toda esa trayectoria, de lo único que pueden conocer algo los escolares andaluces es de la vida y muerte de Blas Infante, símbolo icónico de la autonomía conquistada con la democracia en su condición de ‘padre de la patria andaluza’, como lo recoge el Estatuto de Autonomía vigente. Es evidente, como se decía antes, que si el sistema educativo andaluz se hubiera dedicado en los últimos 35 años a formar escolares en la cultura del independentismo, la realidad hoy no sería la de esos ‘cuatro gatos’ independentistas, sino la de varias generaciones de profesionales, plenamente insertados en la sociedad, que no le darían otra explicación a los graves problemas andaluces que la dependencia con España. Es decir, el discurso que mantienen los ‘cuatro gatos’ independentistas, pero multiplicado por casi dos millones, en concreto por los 1.793.032 de andaluces que tienen en la actualidad entre 18 y 34 años, es decir andaluces mayores de edad que han nacido, crecido y llegado a la edad adulta con la misma autonomía y el mismo partido político en el Gobierno, el PSOE de Andalucía.

En las manifestaciones soberanistas de este mes de diciembre, lsidoro Moreno, catedrático emérito de Antropología Social de la Universidad de Sevilla y quizá el portavoz más reconocido del soberanismo andaluz, volvió a reivindicar un nuevo marco estatutario para esta región porque, a su juicio, en lugar de una autonomía, “lo que edificó fue un régimen político unipartidista y clientelar, propenso a prácticas corruptas, sobre el modelo del PRI mexicano, que ha extendido sus tentáculos no solo en el ámbito de las instituciones políticas sino en todos los de la sociedad civil”.

Y aún añade que el resultado es que “Andalucía está hoy, a nivel comparativo, en el mismo sitio que estaba antes de instaurarse esta: encabezando todos los índices de desempleo, pobreza, emigración, baja inversión por habitante en educación, sanidad y vivienda… Nuestro territorio está más esquilmado y militarizado y nuestro patrimonio, natural y cultural, más mercantilizado y amenazado que entonces”. El problema es que su conclusión es que todo eso se soluciona con soberanía y el reconocimiento de Andalucía como nación. Y no parece que los andaluces, después de casi cuatro décadas de autonomía, hayan llegado a la misma conclusión. Más bien que lo que ha quedado demostrado es que una mayor autonomía no implica necesariamente un mayor desarrollo. Por eso, también por ese motivo, la independencia de Andalucía se reduce hoy a la ilusión de cuatro gatos.

Matacán

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