Esperanza Aguirre, apoteosis de la mentira

Merecemos que se diga la verdad y las lágrimas falsas de Esperanza Aguirre deberían ser la gota que colma el vaso. No es ella el problema; es lo que representa

Foto: Fotografía de archivo de Francisco Granados (i), Ignacio González y Esperanza Aguirre. (EFE)
Fotografía de archivo de Francisco Granados (i), Ignacio González y Esperanza Aguirre. (EFE)

Merecemos que se diga la verdad. Casi doscientos procesos judiciales después por corrupción política, con una cadencia sostenida de casi un escándalo judicial al mes desde la década de los noventa, desde aquellos albores tan lejanos del ‘caso Juan Guerra’, ya no hay más salida que la verdad. Catarsis completa de la corrupción para que dejen de explicarnos, detención tras detención, trama tras trama, que se trata de casos aislados que solo afectan a los procesados que expulsan del partido con una diligencia que, al contrario de inocencia, lo único que demuestra es la culpabilidad de las estructuras. No la responsabilidad; digo la culpabilidad de quienes han alentado, fomentado y ocultado prácticas que tenían como único objetivo que un partido político se perpetuara en el poder y que una camarilla mantuviera intactos los privilegios de los que se beneficiaban.

La inmensa mayoría de los episodios de corrupción en España tienen un origen compartido: el sostenimiento del poder. Las vías para conseguirlo son dos, igualmente corruptas pero de un alcance social diferente, redes clientelares y redes de financiación ilegal. De lo que intentan convencernos tras cada escándalo judicial es de que nos fijemos solo en los platos de la balanza, siempre para perjudicar al adversario político, pero doscientos procesos judiciales después ha llegado la hora de que el ciudadano se fije en el fiel de la balanza que, a uno y a otro lado, lo que mide es una misma práctica corrupta, la codicia de los partidos que degenera en la obscenidad de sus dirigentes. Tenemos la obligación ciudadana de trascender de los detalles, por groseros que puedan resultar, y preguntarnos a qué fin último obedecían esas podredumbres. La codicia de los partidos políticos por perpetuarse en el poder, ese el fiel de la balanza, donde hay que fijar la mirada.

Esperanza Aguirre siempre nos señala los platos de la balanza. Esa ha sido siempre su escapatoria, su disculpa. Tres veces ha dimitido y en ninguna de ellas ha dicho la verdad. Era mentira cuando dijo que abandonaba la Comunidad de Madrid, al poco tiempo de ganar las elecciones, porque quería dedicarse a su familia y a la vida privada fuera de la política; era mentira cuando dimitió como presidenta del Partido Popular de Madrid por una supuesta responsabilidad 'in vigilando' tras la detención de Francisco Granados, que sigue en prisión desde hace más de dos años y medio como presunto cabecilla de la trama Púnica; y es mentira ahora, cuando ha dimitido como concejal y portavoz de los populares en el Ayuntamiento de Madrid, porque “no vigilé más” sobre los manejos de Ignacio González en la Comunidad de Madrid, cuando le dejó el sillón de presidente tras la primera de las mentiras. Miente con la misma facilidad con la que llora; miente con el mismo desahogo con el que se dio a la fuga, a punto de arrollar a un policía local, después de espetarles, chulesca: “¿Qué pasa, bronquita y denuncia? Vais a por mí porque soy famosa, tienes la placa, denuncia al vehículo”. Y se piró pegando un acelerón de su coche, embalada hacia su casa para fabricar la mentira de una conspiración.

Desde el ‘tamayazo’ que la hizo presidenta autonómica hasta ahora, en su tercera dimisión, ya reducida a concejal, todo ha sido impostura, una desmedida ambición de poder. Todo es mentira porque la única palabra que tiene en Esperanza Aguirre es aquella que solo pronuncia cuando no hay micrófonos ni cámaras delante. Ahí está, descarnada, su verdadera dimensión. Como aquella vez que la sorprendió un micrófono que creía apagado y, en la lucha por el poder de Caja Madrid, se congratulaba, susurrándole al oído a Ignacio González, de haberle birlado un puesto al sector de Ruiz Gallardón, entonces alcalde de Madrid, en el consejo de administración de la entidad: “Hemos tenido la inmensa suerte de poderle dar un puesto a IU quitándoselo al hijo puta”. En los corrillos, en los despachos, sin micrófonos delante, Esperanza Aguirre no llora porque ha sido implacable en el control de todo lo que le rodeaba, lo que inhabilita absolutamente para esgrimir cualquier excusa 'in vigilando' con la que pretende sacudirse la corrupción de su entorno.

Dos personas que, con toda probabilidad, no se habrán conocido en la vida ofrecen una opinión muy parecida de sus prácticas ocultas, uno es columnista de El Confidencial, José Antonio Zarzalejos, y el otro fue el concejal que denunció la Gürtel, José Luis Peñas. Zarzalejos ha contado varias veces las presiones que tuvo que soportar cuando era director del diario 'ABC' y no bailaba al son de los platillos que hacía sonar la presidenta. “Insaciable, vanidosa, ignorante y miserable, con una ambición poco controlada. No conozco a ningún personaje político con poder político y económico que tenga un comportamiento más alejado de algunas prácticas democráticas”, ha llegado a decir Zarzalejos.

José Luis Peñas fue al despacho de Esperanza Aguirre, en 2005, para denunciar las prácticas corruptas del PP madrileño y escuchó desde la puerta “a ese hijo de puta, no le voy a recibir”. ¡Otra vez el ‘hijoputa’ como argumento! Sin llegar al despliegue de calificativos de Zarzalejos, el ‘delator’ de le Gürtel sostiene que Esperanza Aguirre es “una perfecta trilera de la política, y lo veríamos si pudiéramos coger la hemeroteca y analizar todas las mentiras que ha ido diciendo dependiendo de lo que convenía en cada momento”.

Merecemos que se diga la verdad y las lágrimas falsas de Esperanza Aguirre deberían ser la gota que colma el vaso. No es ella el problema; es lo que representa. Es la mentira sostenida sobre el origen real de la corrupción política en España. Catarsis completa de corrupción empezando por las lágrimas de Esperanza Aguirre a la que, acaso, ya solo queda dedicarle unos versos de su tío, Jaime Gil de Biedma, para reconfortarnos con la idea de que la corrupción no es un mal endémico de España; que existe otra España, otros políticos y otros gobiernos. “Quiero creer que no hay tales demonios./ Son hombres los que pagan al gobierno,/ los empresarios de la falsa historia./ Son ellos quienes han vendido al hombre,/ los que le han vertido a la pobreza/ y secuestrado la salud de España”.

Matacán

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