El enigma islamista de Blas Infante, mártir andaluz

“La perversión de los hechos está llevando incluso a difundir que Blas Infante adoptaría un supuesto nombre en árabe. La ignorancia es atrevida y pone alfombras al descrédito”

Foto: La presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, en el acto de conmemoración del 132 aniversario del nacimiento de Blas Infante. (EFE)
La presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, en el acto de conmemoración del 132 aniversario del nacimiento de Blas Infante. (EFE)

“Los andaluces han nombrado padre de la patria andaluza a un musulmán: Blas Infante, valiente pájaro”, lo dijo el filósofo Gustavo Bueno, ya fallecido, en plena campaña de aprobación del último Estatuto andaluz, hace ya más de diez años, y consiguió lo que sin duda pretendía, que una monumental bronca política estallara al instante. Le pidieron, le exigieron, que rectificara, que pidiera perdón a los andaluces, pero Gustavo Bueno, que era un calambre, se negó en redondo y sólo accedió a aclarar que lo de “pájaro” lo decía en tono coloquial, sin ninguna pretensión ofensiva.

Para todo lo demás, el filósofo asturiano se remitía a un hecho histórico que nadie discute, aunque las interpretaciones sean en ocasiones visceralmente enfrentadas. El hecho histórico es siguiente: En su búsqueda de las raíces del andalucismo, en septiembre de 1924, Blas Infante viaja a Marruecos, con objeto de visitar la tumba de Al Mutamid, el rey poeta, el último de la taifa de Sevilla, desterrado por los bereberes a morir al norte de África, antes de la Reconquista. Blas Infante localiza la tumba, entonces en estado ruinoso, en la ciudad de Agmat , junto a Marrakech, y le rinde todo tipo de honores. Es a partir de ese detalle cuando se disparan las versiones: ¿se trataba de honores o, realmente, Blas Infante se convirtió al islam?

Lo que sostenía Gustavo Bueno, y otros muchos, es que Blas Infante se convirtió al islamismo y que existen testigos de aquello. “Blas Infante peregrinó a la tumba de Motamid, conoció a Omar Dukali, descendiente del último Rey de Sevilla y fue testigo de su Shahada, ceremonia pública de su reconocimiento como musulmán, el 15 de septiembre de 1924, ante dos testigos que le regalaron una chilaba y una daga bereber, que conservó durante toda su vida”. La misma tesis, por cierto, que, en la actualidad, defienden en sus foros y páginas web las principales asociaciones islamistas de España.

Lo que ocurre es que Gustavo Bueno no se quedaba ahí sino que, además, se permitió imaginar cuál era el sentimiento oculto de Blas Infante: “No estamos ante un caso inaudito, el de la redefinición de una sociedad política desde coordenadas teocráticas. Sabino Arana proyectó a Euskadi como una República, bajo la advocación del Sagrado Corazón de Jesús. Blas Infante también habría concebido un Estado libre andaluz, Al Andalus, bajo la advocación de Mahoma”.

¿Era independentista, federalista, nacionalista o nada de eso le importaba porque lo que quería era convertir a Andalucía en una república islámica?

Lo curioso de esta interpretación, la ensoñación de proyectar el futuro de la Andalucía actual como Al Andalus, es que aún hoy hay quien la defiende, entre ellos los escasos independentistas andaluces, además de las mencionadas asociaciones islamistas, por intereses obvios. El filósofo asturiano quizá lo hacía para advertir de los riesgos de la historia inventada del nacionalismo extremo en España, pero esos otros, los de ahora, quizá ni siquiera saben de lo que hablan. De hecho, la tesis más aceptada en la actualidad es que Blas Infante se limitó a rendir honores al rey poeta de acuerdo al ‘protocolo’ religioso que existía.

“El viaje lo transfigura en peregrinación. Supera el interés cultural sin olvidarlo. Deja toda frivolidad turística. Va con todo el respeto a rendir su homenaje al Rey cumpliendo el ritual dispuesto en el Islam”, le dijo el historiador Enrique Iniesta, principal investigador de la vida y obra de Blas Infante, al periodista Juan José Tellez en una serie de artículos en los que detalla aquel periplo del ‘padre de la patria andaluza’. De la misma opinión es el historiador Manuel Ruiz Romero: “La perversión de los hechos está llevando incluso a difundir que Blas Infante adoptaría un supuesto nombre en árabe. La ignorancia es atrevida y pone alfombras al descrédito”. Con más contundencia aún lo ha negado en distintas entrevistas una de las hijas de Blas Infante, María de los Ángeles Infante: “Eso es mentira. ¡Una mentira como un templo! Yo puedo dar pruebas. ¡La gente habla sin saber! Hizo un viaje para visitar la tumba de Al Mutamid y un descendiente de Boabdil le hizo un regalo y se fotografiaron juntos. Blas Infante solo admiraba la cultura del Islam en Andalucía”.

También el exministro del Partido Popular Manuel Pimentel, que nunca ha disimulado su andalucismo, recreó la figura de Blas Infante en un discurso y se detuvo en este episodio como la mejor expresión de los agravios históricos sufridos por Andalucía: “Incluso intentaron bautizarnos como Castilla la Novísima. Aunque ese secuestro del nombre no funcionó, si lograron extrañarnos de nuestra propia historia. Con la caída de Al Ándalus se quiebra el espejo de nuestra identidad. Queríamos vernos en el pasado y no nos encontrábamos. Ya no existíamos. Esos que habitaron Andalucía desde los albores de la humanidad no éramos nosotros, eran otros. Nosotros llegamos tras la Reconquista. El expolio más cruel se había operado (…) Debemos repetirlo con fuerza, incluirlo en nuestros libros de texto, asimilarlo vitalmente. Al Ándalus no es la historia de los árabes, es parte muy importante de la historia de los españoles en general, y de los andaluces en particular. Al Ándalus no lo hicieron los moros, lo hicimos nosotros, es reflejo de nuestro propio genio. Hasta que no lo hagamos nuestro, no podremos reconciliarnos con nuestra propia historia. Blas Infante lo tuvo claro”.

¿Quién era Blas Infante? ¿Era independentista, federalista, nacionalista o, acaso, nada de eso le importaba porque lo que quería era convertir a Andalucía en una república islámica? ¿Cuál de esas versiones es la acertada? Siempre se puede encontrar a alguien capaz de documentar cada una de esas interpretaciones, por disparatada o alejada que parezca y pueda ser. Por eso siempre he pensado que, al final de todo, el pensamiento de Blas Infante es menos importante que el símbolo que ha creado la historia de su figura; para la inmensa mayoría de los andaluces, Blas Infante murió por defender una idea, la dignidad y el progreso de Andalucía, de los andaluces. Por eso, su nacionalismo no era excluyente sino integrador y universal, cultural e identitario: “Yo no me propongo fundamentar una nación, sino un ‘ser’ (…) Mi nacionalismo, antes que andaluz, es humano”.

El pensamiento de Infante es menos importante que el símbolo que ha creado la historia de su figura

Lo mejor de la vida de Blas Infante fue su entrega a Andalucía, su rabia ante la hambruna de las mujeres que recorrían vestidas de negro las calles empedradas de los pueblos blancos, camino de la fuente; su rabia ante los ojos tristes de los jornaleros, sentados en corro en la plaza del pueblo esperando que los señalara el dedo del cacique; su desesperación ante el destino animal de los niños yunteros.

Ante la injusticia de una región condenada a contemplar el esplendor de su pasado sólo en las piedras de sus torres, de sus palacios, de sus ruinas, de su historia, Blas Infante quiso rescatar el orgullo de ser andaluces, la necesidad de abrir un camino distinto. La posibilidad de cambiar la historia. El símbolo se completó después con su muerte, su asesinato, en un descampado por los soldados franquistas, fascistas de ojos incendiados por el odio, por el fanatismo, por el cainismo, por el absurdo. Cada madrugada del 10 al 11 de agosto se oye el eco de los disparos, en una carretera a las afueras de Sevilla, y se ve caer a Blas Infante fusilado.

Matacán

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