Roca Junyent y la deslealtad catalana

Miquel Roca Junyent, esas son las iniciales del mayor pufo, la mayor decepción, que nadie pueda llevarse con el conflicto de Cataluña

Foto: El abogado Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución. (Reuters)
El abogado Miquel Roca, uno de los padres de la Constitución. (Reuters)

Para todo lo que está ocurriendo en Cataluña, yo tengo un nombre: Miquel Roca Junyent. Cada pregunta sin respuesta que hacemos sobre el silencio exasperante de tantos catalanes ante el atropello independentista tiene las iniciales de ese nombre. Igual que cada duda que nadie contesta sobre la apatía desesperante, la equidistancia calculada, de tantos intelectuales, periodistas, artistas, políticos o catedráticos, que van caminando por el alambre de una ambigüedad imposible. Miquel Roca Junyent, esas son las iniciales del mayor pufo, la mayor decepción, que nadie pueda llevarse con el conflicto de Cataluña y que haya estado esperando el resurgir, el grito, la protesta de esa ‘mayoría silenciosa’ que en realidad debe ser muda y ciega y sorda.

El despropósito mayor no es el de aquellos radicales, ya sean cientos o miles, que han decidido crear una legalidad catalana, ignorar la Constitución española que votó mayoritariamente el pueblo catalán, y declarar la independencia; la deslealtad que puede señalarse en los independentistas catalanes es, por muchos motivos, menos trascendente que la deslealtad de la gente como Roca Junyent. En esta hora decisiva de la historia reciente de España, callan o sortean la realidad con un discurso intencionado de idas y venidas; cada reproche al independentismo va seguido de una justificación.

Solo por respeto a su pasado como padre de la Constitución, debería sonrojarse al ver el espectáculo de cinismo en el que anda embarcado

"Se dice que hay un debate entre legalidad y legitimidad. En el fondo, en la forma y los conte­nidos, lo que hay es un problema político que solo la política podrá resolver”, dijo hace poco Roca cuando el Parlament aprobó sus leyes de desconexión y proclamó que ya no atendía, ni reconocía, el sistema legal de España. Esa es la insoportable vaguedad de Miquel Roca Junyent que, solo por respeto a su pasado como padre de la Constitución, debería sonrojarse al ver el espectáculo de cinismo en el que anda embarcado. Y como jurista de prestigio que se le reconoce, ya no es cinismo sino frivolidad y manipulación ante lo más sagrado que debe defender un jurista demócrata en un Estado de derecho: el imperio absoluto de la ley.

Sucede, además, que en el grave conflicto político que se vive en Cataluña hay dos reivindicaciones permanentes sobre las que Miquel Roca tiene un protagonismo fundamental en el pasado para que las cosas sean como son en la actualidad: el modelo de financiación de Cataluña y el derecho de autodeterminación de todas las regiones. Ninguno de esos debates es de estos días, sino que pertenecen al tiempo en el que España salía de la dictadura y los españoles, en una movilización de civismo y de consenso desconocida en la historia, fueron capaces de ponerse de acuerdo para sacar adelante la Constitución.

¿Por qué Cataluña no goza de un sistema de financiación igual que el del País Vasco y Navarra? Otro diputado nacionalista de aquellos tiempos, el vasco Iñaki Anasagasti, lo ha recordado en alguna ocasión en su blog: “Siempre he dicho que Miquel Roca es un magnífico parlamentario, pero un pésimo político. No nos echó ninguna mano cuando hubo que negociar la Constitución ni a la hora de tener grupo parlamentario propio en 1977. Se nos excluyó de la ponencia constitucional y él desechó la figura del concierto [económico] porque 'no hay nada más odioso que la recaudación'. Arzalluz y su equipo dieron la batalla y se logró la devolución del concierto para Gipuzkoa y Bizkaia en 1980. Catalunya está como está por culpa de una mala negociación en 1978. Los socialistas de Raventós no hicieron nada y Roca menos (…) Roca es un tipo con pocos principios y que siempre juega a dos barajas”. La frase displicente, de señorito acaudalado, de “no hay nada más odioso que la recaudación”, ya dice bastante del personaje, pero en realidad también escondía una mentira: el único problema es que el cálculo que hacían entonces los nacionalistas catalanes era que con la financiación general, con la caja general, Cataluña podía conseguir más fondos que con una hacienda propia. Los problemas han llegado cuando la crisis económica arrasó con todo, llegaron los recortes, y la Generalitat, tras tres décadas de una pésima gestión de su autogobierno, acabó rozando la quiebra. Esa fue la clave del auge independentista, la ensoñación de que con un Estado propio Cataluña no tendría los problemas económicos de la actualidad. Lo que antes convenía, deja de interesar y la respuesta es darle una patada al tiesto y romper con todo. Lo de la ‘comodidad’, el ‘encaje’ de Cataluña en el Estado español o el ‘agravio’ del pueblo por la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el último Estatut no son más que excusas eufemísticas que intentan camuflar la verdadera raíz, acaso por esa displicencia original de que “no hay nada más odioso que hablar de recaudación”.

Los problemas han llegado cuando la crisis económica arrasó con todo y la Generalitat, tras décadas de una pésima gestión, rozó la quiebra

También el derecho a la autodeterminación se discutió en la Transición, en el debate constitucional, y también entonces los nacionalistas catalanes tuvieron una posición determinada que puede repasarse en los libros de actas del Congreso de los Diputados. Miquel Roca no era un diputado más, era uno de los padres de la Constitución porque, como recordaba Anasagasti, el nacionalismo catalán sí se incluyó en la redacción del texto, en detrimento de otros nacionalistas y para plasmar con su presencia el espíritu general de acuerdo y de consenso que todos invocaban.

El 22 de julio de 1978, el pleno del Congreso rechazó una enmienda defendida por Francisco Letamendía, de Euskadiko Ezkerra, en favor de la inclusión en la Constitución del “derecho a la autodeterminación de los pueblos del Estado español”. La enmienda solo recibió cinco votos a favor y el rechazo abrumador de 268 diputados. Los diputados del PNV también votaron en contra, no así los de la minoría catalana, que se abstuvo, incluido Roca, otra vez con ese juego a dos barajas, aunque expresó de una forma muy significativa en el discurso su determinación por defender la unidad de todos los españoles.

Trías insistió en que, a pesar de la abstención, no querían más que lo que la Constitución ofrece, así como que no son independentistas, sino solidarios

Es interesante la crónica parlamentaria de aquel día y, sobre todo, el compromiso final, contemplado desde estos días: “Ramón Trías, en nombre de la minoría catalana, intentó mitigar el efecto de la abstención de la mayoría de los diputados y declaró que la autodeterminación decidida por la minoría catalana no es otra que la aceptación de la Constitución y de la autonomía en ella regulada. Insistió en que, a pesar de la abstención citada, no querían más que lo que la Constitución ofrece, así como que no son independentistas, sino solidarios de España. ‘Se puede contar con nosotros’, afirmó”.

Cuarenta años después, a Roca, por su vaguedad, y a todos los nacionalistas catalanes que se han transformado en independentistas, y a todos los que callan o disculpan, se les podría recordar el valor que tiene un compromiso así en sus labios. No vale nada. Porque no es la primera vez que pasa en la historia de España. No saben qué significa ni la ley ni la lealtad.

Matacán
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