La nueva inquisición del PSOE

¿Y quién decide qué tipo de “situaciones” son merecedoras de una llamada al orden?

Foto: En el centro de la imagen, Pedro Sánchez, durante la reunión del Consejo Asesor para las Políticas de Igualdad del PSOE de la semana pasada. (EFE)
En el centro de la imagen, Pedro Sánchez, durante la reunión del Consejo Asesor para las Políticas de Igualdad del PSOE de la semana pasada. (EFE)

La nueva inquisición de nuestros días es la mas difícil de combatir, porque nace de principios intachables y bienintencionados, ahí radica el problema. Si las prohibiciones, el control o la censura se realizan en nombre del puritanismo religioso, por ejemplo, es fácil que cualquiera se apunte a combatirlo porque no hay dudas en la condena del fin que se persigue, pero si esas mismas limitaciones en la libertad individual se ejecutan en nombre de la igualdad o la transparencia, la cosa se complica extraordinariamente porque denunciarlas supone, implícitamente, estar en contra de los grandes ideales de progreso. Esa es la trampa diabólica en la que se sustenta la nueva inquisición y, por eso, es más difícil de combatir, porque ni siquiera encontraremos a quien esté dispuesto a denunciarla, ya que no solo se expone a recibir una condena pública, sino que de forma inmediata pasa a ser considerado un sospechoso faccioso que se opone al progreso.

Es lo que ocurre, por ejemplo, en todo lo concerniente a la libertad sexual y a la mujer. En nombre de un objetivo compartido y necesario, como es combatir el machismo y el acoso sexual, se construye un esquema mental de presunción de culpabilidad asfixiante y terrorífico: ser señalado equivale a la condena y al escarnio público. Lo describía muy bien hace unas semanas Antonio Muñoz Molina, uno de los pocos intelectuales españoles que se atreven a decirlo sin que, en absoluto, les afecte su condición de gente de izquierda. “Hay sospechosos a los que no se les concede la presunción de inocencia. La culpa automática del acusado infecta de inmediato a su obra. Lo que ha hecho o no ha hecho, la sombra que cae sobre él, extiende un maleficio tóxico que debe ser suprimido. No basta la afrenta pública”. La última incorporación a esa dinámica es que la mera duda sobre los hechos se convierte en una nueva afrenta a la supuesta víctima o al ideal en nombre del cual se realiza la cacería.

La igualdad se confundió con el igualitarismo, y ha tenido como consecuencia la degradación del mérito, de la misma forma que la transparencia se ha confundido en la política española con la desnudez, y tiene como consecuencia la invasión grosera en la intimidad de cada persona. Bajo la excusa falaz de luchar contra la corrupción política —otra vez un motivo intachable en el origen—, se imponen una normas de transparencia que lo que consiguen es cerrar más el estrecho círculo de la clase política y alejarla de la sociedad. La nueva inquisición del PSOE está en el reglamento que acaban de aprobar y se condensa en un artículo, el 114. (En la transcripción literal del artículo se ha respetado la odiosa corrección de género que convierte cualquier texto en ilegible).

Dice así: “La Comisión Federal de Ética y Garantías podrá requerir de cualquier afiliado/a que tenga un papel políticamente relevante en el Partido o en la sociedad, aun cuando no desempeñe un cargo público o representativo, la presentación de declaraciones sobre su situación patrimonial y actividades económicas, cuando se den situaciones que lo hagan necesario para garantizar ante la sociedad la honorabilidad de sus afiliados/as. El/la militante o afiliado/a directo/a estará obligado a aportar la documentación que le requiera la Comisión”.

Obsérvese que con el uso de conceptos absolutamente genéricos, se autoriza a la dirección del partido a llamar a un militante y exigirle que presente toda su situación patrimonial y sus actividades económicas. ¿Quién determina qué es “un papel políticamente relevante”? ¿Y quién decide qué tipo de “situaciones” son merecedoras de una llamada al orden? Lo que está claro, porque se especifica más adelante, es que si el militante se niega, aunque sea porque lo considera una vulneración de su intimidad, protegida en el artículo 18 de la Constitución, puede ser expulsado del partido y la mera expulsión ya será motivo de sospecha. "Algo querrá ocultar", se pensará al instante, en cuanto se haga pública la solicitud de la dirección del partido, que automáticamente se convierte en sospecha, y la negación del militante afectado, que eleva lo sucedido a condena. De nuevo la trampa diabólica de antes, con la mera decisión de señalar a una persona con el dedo, aunque cuando no tenga ningún cargo político ni orgánico, se le convierte en un apestado.

La igualdad se confundió con el igualitarismo de la misma forma que la transparencia se ha confundido en la política española con la desnudez

“Este artículo tiene nombres y apellidos”, sostiene convencido un destacado dirigente socialista de otras épocas, versado como todos en purgas y sectarismo interno. Según su versión, que no parece muy desatinada, se trata de eso: se ha introducido el más sutil y bienintencionado mecanismo de purga interna. Pensemos en una antigua ministra, ya sin vinculación con la política ni con presencia activa en el partido, que todavía sigue militando en el partido pero que se muestra muy crítica con la dirección de turno; o en un antiguo dirigente regional, de los antiguos barones socialistas, que hace años que se dedica a la actividad privada y, de cuando en cuando, irrumpe en los diarios con alguna declaración que desagrada a la dirección federal. Qué fácil será apartarlos, a partir de ahora, y, de paso, coserlos para siempre a una sombra de sospecha. En sentido contrario, si no quieren tener problemas, ya saben lo que tienen que hacer…

La nueva inquisición se impone, además, en el grueso de un reglamento, inmenso y hasta impropio para una organización política (¡558 artículos!), que dice pretender abrir el partido a la sociedad y a los militantes, “un PSOE cercano a sus militantes, es un PSOE cercano a sus votantes", como reza el eslogan oficial. Es evidente que la apariencia de apertura a la sociedad es ficticia porque, con regulaciones restrictivas e invasoras como las de la falsa transparencia, lo único que se consigue es espantar a cualquier ciudadano de izquierda, alejarlo por completo de la tentación de militar en un partido que, en cuanto lo desee, puede convertirlo en un peligroso sospechoso. ¿Quién, que no se dedique por completo a la política y no tenga más profesión que esa, va a querer involucrarse activamente en la política con estas condiciones arrolladoras de toda individualidad, de toda intimidad? Absténganse intelectuales y profesionales liberales, manténganse debidamente callados los antiguos dirigentes del Partido Socialista, que esta nueva inquisición ya tiene ganada la batalla de lo políticamente correcto.

Matacán

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