Pablo Casado contra Pablo Casado

La mera secuencia cronológica de lo ocurrido desde abril nos demuestra que el prestigio de Pablo Casado está comprometido por su propia palabra

Foto: El presidente del PP y diputado por Ávila, Pablo Casado. (EFE)
El presidente del PP y diputado por Ávila, Pablo Casado. (EFE)

Pablo Casado está en el preciso lugar de la tormenta en el que se ha colocado él mismo. Ni existe una conspiración contra él —qué estupidez— ni la investigación judicial que ha llegado hasta el Tribunal Supremo es su principal problema, en contra de lo que pueda pensarse. El problema mayor de Pablo Casado hoy es Pablo Casado, que hace cuatro meses comprometió su palabra con unas afirmaciones que ahora, por lo que van diciendo en su partido, ya no puede sostener. El Tribunal Supremo decidirá en su día si lo ocurrido en la Universidad Rey Juan Carlos es delictivo o no, pero a Pablo Casado, en su futuro como presidente del Partido Popular, ya no le afecta ni siquiera que la sentencia pueda serle favorable, y que lo absuelva, o que salga condenado. La urgencia es otra y es previa. La mera secuencia cronológica de lo ocurrido desde abril nos demuestra que el prestigio de Pablo Casado está comprometido por su propia palabra. Si en abril pasado mintió, no hace falta esperar a la sentencia del Supremo, porque el caso del máster será solo el origen de un escándalo mayor, que es el que puede acabar tumbándolo del cargo al que acaba de llegar.

Todo se genera a partir de una afirmación tajante de Pablo Casado, el 10 de abril, cuando se conoce que, al igual que Cristina Cifuentes, el entonces vicesecretario de Comunicación también cursó un polémico master en esa universidad pública. Al contrario de lo que había hecho Cristina Cifuentes, que todavía se mantenía en la presidencia de la Comunidad de Madrid, Pablo Casado convocó a todos los medios de comunicación y ofreció una veintena de entrevistas de radio y de televisión para demostrar que su caso no era el mismo que el de su compañera de partido. “Yo lo guardo todo. Tengo toda la documentación y puedo enseñarlo todo: trabajos, matrículas, notas y lo que quieras. Tengo hasta el folleto [en el que se anunciaba el master], tengo la intranet [de la universidad], tengo las notas, tengo las certificaciones… No tengo nada que ocultar”.

Pablo Casado y la expresidenta de la Comunidad de Madrid Cristina Cifuentes. (EFE)
Pablo Casado y la expresidenta de la Comunidad de Madrid Cristina Cifuentes. (EFE)

Para demostrarlo, incluso desplegó sobre la mesa en la que ofreció una rueda de prensa los cuatro trabajos que le valieron el aprobado con sobresaliente en el máster. No repartió copias, pero los enseñó. De todas formas, la clave de esa rueda de prensa, la que compromete de verdad el futuro político de Pablo Casado, está en lo que afirmó en el minuto 9:13. “Yo soy bastante de guardar las cosas, [y los trabajos] estaban en un ordenador portátil que tenía entonces y ya no utilizo”. ¿Quién puede creerse ahora que Pablo Casado se haya deshecho de ese ordenador a pesar de que era su principal arma de defensa ante las acusaciones? Nadie, claro; nadie puede creerlo. Por eso Pablo Casado está en el lugar de la tormenta en que él mismo se ha colocado.

El nuevo equipo dirigente del Partido Popular ha llegado al mando con el ímpetu arrollador que le ha proporcionado la meritoria e inesperada victoria conseguida en el proceso de primarias. Eso se entiende. Pero ninguno de ellos debería confundir el ímpetu con la prepotencia. Quiere decirse que lo mínimo que se les puede exigir es que traten con respeto a los ciudadanos, sean o no sean votantes del Partido Popular, porque parece que algunos acaban de llegar al poder de un partido político y ya miran por encima del hombro al personal. Como ese secretario general, Teodoro García, recién nacido en la cosa política española, que, entre chulesco y despectivo, ha dicho eso de que “el PP va a estar en cuestiones importantes, no en si Pablo Casado hizo en 1º de EGB un ‘Pinta y colorea' y lo entregó después del recreo”. O esa vicesecretaria de Comunicación del PP, Marta González, cuando intenta convertir todo esto en una cuestión de cotidianidad, un comportamiento similar al de cualquier otro español: "¿Cuánto tiempo dura un ordenador en casa de una persona? ¿Con cuántos años solemos cambiar y deshacernos del anterior?”.

Cuando Pablo Casado realizó en abril su ronda de entrevistas para asegurar que conservaba toda la documentación que acreditaba que él sí había hecho el máster, siempre acababa con una invocación a la necesidad de esclarecer toda la polémica para no dañar a la universidad y, sobre todo, a los alumnos. Lo decía parándose en cada sílaba para recalcarlo: “Es fun-da-men-tal que el prestigio de la universidad no se vea menoscabado, sobre todo por los alumnos que nos están escuchando y que han hecho un esfuerzo para pagarse su máster y su licenciatura, ellos y sus padres”. Pues bien, lo más bochornoso del auto de remisión al Supremo de la causa contra Enrique Álvarez Conde, catedrático y director del máster de Casado, es la fundada sospecha de la jueza que ha instruido la causa hasta ahora de que en la Universidad Rey Juan Carlos había dos tipos de alumnos, “el grupo de los alumnos ordinarios” y el “grupo de los alumnos escogidos”.

Según la magistrada, a los ‘ordinarios’ no se les convalidaban asignaturas, iban a clase y luego se les puntuaba de forma muy diversa, como suele ocurrir, unos con aprobado y otros con sobresaliente. En cambio, a los ‘alumnos escogidos’ sí se les convalidaban la inmensa mayoría de las asignaturas, no tenían que ir a clase, algunos ni siquiera entregaban trabajos y, encima, obtenían siempre una puntuación de sobresaliente. “La documentación aportada por los alumnos del grupo ordinario es abrumadora: trabajos, a veces en sus sucesivas versiones de elaboración,y lo que es más importante: correos electrónicos remitiendo los trabajos a los profesores. Los alumnos del grupo de escogidos que han declarado como investigados no conservan ninguno de los trabajos presentados para ser calificados. Tampoco conservaban otro tipo de documentación que evidencie que esos trabajos se remitieron a los profesores”. ¿Cabe mayor desvergüenza? Corrupción moral y profesional. Como diría Casado, fun-da-men-tal.

Matacán

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