Los días de la infamia independentista

Ojalá, sí, ojalá la historia sea implacable con vosotros y sea cierta, que cuente con fidelidad y con lealtad la verdad de estos días de infamia independentista

Foto: Manifestación contra los atentados yihadistas en Cataluña el pasado año. (EFE)
Manifestación contra los atentados yihadistas en Cataluña el pasado año. (EFE)

Que la historia sea implacable con vosotros, que sea cierta. Que cuando se mire hacia atrás, a la sangre derramada por Las Ramblas, os contemplen como sois, con el desprecio que merecieron vuestros actos. Que cuando en el túnel del tiempo de nuevo se oiga el eco del horror, los gritos de los heridos y el ulular desesperado de las ambulancias, aparezca nítida vuestra figura dibujada por el odio que fuisteis sembrando en Cataluña, en toda España, también en aquellos días de dolor, de miedo, de pena, de rabia. Que la historia sepa reflejaros en estos días, los días de la infamia del independentismo catalán, porque es ahora cuando se os ve mejor, desnudos, en días aniversario como ahora, de cada aniversario que se cumpla, porque es al mirar hacia atrás cuando la miseria que os acompaña, que camina con vosotros de la mano, se despoja de disfraces y enseña su única cara. La miseria imperdonable de encontrar en la desgracia de los demás una oportunidad política para progresar; la infamia de transformar el dolor y el miedo de un pueblo en una ocasión para reivindicar la nada que siempre habéis sido.

Es verdad que la estrategia siempre ha sido la misma, pero incluso del más frío y calculador de los estrategas se espera siempre el instante en el que por un sentimiento, por un solo sentimiento, es capaz de apartarlo todo, de aplazarlo todo, para atender exclusivamente la urgencia de la vida. Ante la muerte, ante la certeza de nuestra insignificancia, el ser humano siempre se aflige, porque no hay grandeza que el paso del tiempo no convierta en oropel pasajero, porque no existe lección mayor que la de vernos en un tránsito constante. Somos pasar y cualquiera, al ver los cuerpos mutilados, arrollados, de personas inocentes tendidos sobre las baldosas de Las Ramblas, queda compungido, por la estúpida ceguera destructiva del hombre desde que es hombre. Ante un atentado terrorista, solo existe una repulsa, la repulsa criminal contra quien nos quiere someter, todas las lágrimas son una, y en las manifestaciones la gente camina de frente, con la cabeza alta, sin mirar quién va a su lado porque, en ese momento, todos somos iguales y todos sabemos que no nos van a derrotar.

La miseria imperdonable de encontrar en la desgracia una oportunidad política para progresar; la infamia de transformar el dolor y el miedo

El error fue pensar que, tras el hachazo del atentado de Barcelona y de Cambrils, también los independentistas catalanes podrían caminar a nuestro lado, olvidar las diferencias, renunciar a las estrategias, abominar del oportunismo. Fue un error. No pasaron ni 48 horas cuando uno de los más veteranos de esa banda, Josep Lluis Carod Rovira, reivindicó lo ocurrido como una muestra cierta de la capacidad de Cataluña para adentrarse en la independencia. “En 37 años de existencia de la Generalitat, ayer [el día del atentado], el Estado español no ha existido, no ha estado”. Costaba dar crédito a aquellas palabras, pero no eran más que la punta de lanza de todo lo que vendría después. El independentismo catalán no sólo encontró en los atentados de Barcelona y de Cambrils una oportunidad para decirle al mundo que Cataluña ya estaba preparada para la independencia, porque así lo habían demostrados sus fuerzas de seguridad, los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana, sino que, de forma paralela, acusaba al Estado, acusaba a España, de haberlos dejado solos ante la tragedia.

Si algo demuestra el alto nivel de competencias y de efectivos que tienen los Mossos D’Esquadra, al igual que la Ertzaintza​​, es la generosidad del Estado español en el proceso de descentralización administrativa emprendido tras la muerte del dictador; no sólo no existe un precedente igual en toda Europa, sino que, por supuesto, jamás en la historia ni Cataluña ni el País Vasco han gozado de un mayor nivel de autogobierno. Convertir la descentralización administrativa y el elevado nivel de competencias de las autonomías en España en una prueba de la existencia de un estado catalán, y hacerlo aprovechando un salvaje atentado, es una acción insuperable de bajeza moral y política. Es la estrategia de siempre, tergiversación de la historia y de la realidad, pero esta vez escrita sobre la sangre.

Para ocultar los errores que pudo haber en la labor policial de los Mossos d’Esquadra en el seguimiento de la célula yihadista de Alcanar en los días previos al atentado, se ataca al Estado español y se culpa a España de falta de colaboración con Cataluña. La miseria que despuntó Carod Rovira, la continuó después quien entonces era presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, y la sostienen todavía hoy, en el primer aniversario de aquella atrocidad, los presos independentistas. “El 17 de Agosto se hizo evidente que Cataluña tenía una policía equiparable a los mejores cuerpos policiales del mundo. Quien mejor lo entendió fue la sociedad catalana (…) Los Mossos hicieron un gran trabajo pero queremos denunciar la falta de colaboración del Estado español y de algunos de sus organismos”.

Dicen las crónicas de prensa que llegan desde Cataluña, que el independentismo tiene preparado un “largo otoño de aniversarios” para intentar resucitar la hoja de ruta de la República y que esas jornadas reivindicativas comienzan con el 17 de agosto, el 17-A. “Luego vendrán el 11-S, el 20-S, el 1-O, el 3-O y el 27-O. Una sucesión de efemérides que han de servir para mantener a la masa social del soberanismo movilizada”, dicen las crónicas. El aniversario del atentado ya se ha convertido en una fecha de reivindicación de la independencia de Cataluña… Ojalá, sí, ojalá la historia sea implacable con vosotros y sea cierta, que cuente con fidelidad y con lealtad la verdad de estos días de infamia independentista.

Matacán
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