A propósito de Rato y las 'black'

Reparemos satisfechos como ciudadanos en que, cinco años después, se ha hecho justicia por aquel bochorno negro

Foto: La detención de Rodrigo Rato en abril de 2015. (Pablo López Learte)
La detención de Rodrigo Rato en abril de 2015. (Pablo López Learte)

Ha entrado Rodrigo Rato en la cárcel de Soto del Real, que es la cárcel del Monopoly en España, y la derecha social y política de España se ha enfadado porque parece que solo ha acabado en chirona el exvicepresidente del PP y no los demás usuarios de las tarjetas 'black' que son, muchos de ellos, de izquierdas, tanto de sindicatos como de partidos políticos.

Es verdad que Rato, por así decirlo, era el director del colegio, con lo que puede parecer normal que se le otorgue mayor relevancia, pero no se puede negar la evidencia de que también han ingresado en prisión muchos antiguos representantes de izquierda, de UGT, de Comisiones Obreras, del PSOE o de Izquierda Unida; en total, incluido Rato, son 64 los exdirectivos y exconsejeros de Bankia y Caja Madrid que han sido condenados por el uso fraudulento de las ‘black'. En todo esto, la derecha española, o mejor, los dirigente del Partido Popular, muestran un cierto fariseísmo cuando se lamentan de que el foco de las detenciones por este escándalo se ponga en él porque olvidan que el acoso y derribo de Rodrigo Rato se produjo con ellos en el Gobierno y que fueron muchas las zancadillas y las puñaladas en las que se podía adivinar la mano de enemigos internos que, como es sabido, son los peores en política.

Es probable, incluso, que cuando haya pasado el tiempo, Rodrigo Rato pueda pensar que el peor momento vivido, el de mayor indignidad, no fue cuando cruzó, con una bolsa de deportes en la mano, la explanada de entrada de la cárcel, sino aquel otro día en el que los agentes de la Agencia Tributaria, con sus compañeros de partido en el Gobierno, le pusieron la mano en el cogote para introducirlo en un coche como detenido. Se dijo entonces, abril de 2015, que aquella fotografía era “una de las imágenes más demoledoras” de la democracia y no se exageraba: por muchos motivos, aquella imagen pisoteaba de forma grosera todos los derechos de presunción de inocencia y de respeto que merece una persona que ha sido detenida, sobre todo en un caso como éste. Artículo 520.1 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal: “La detención y la prisión provisional deberán practicarse en la forma que menos perjudique al detenido o preso en su persona, reputación y patrimonio”.

Cuando detuvieron aquel día a Rato ya estaba muy claro que, en vez de cumplir la ley, se optó por el espectáculo, por el circo, pero es que con el paso de los años la evolución de ese caso no ha hecho más que dejar un reguero de sospechas sobre un montaje incriminatorio. Las gruesas acusaciones de entonces de fraude fiscal y blanqueo de capitales se han ido desvaneciendo porque, según uno de los jueces que ha instruido la causa, no eran más que “sospechas sin fundamento”, y porque, según declaró el propio Rato en su última comparecencia judicial, “los datos veraces siempre estuvieron a disposición de la Agencia Tributaria, que prefirió ignorarlos para poder detenerme”. Si este caso del fraude y el blanqueo de capitales acaba en nada, el carpetazo judicial no puede corresponderse con otro similar sobre las responsabilidades de cada cual, sociales, políticas y periodísticas, cuando se analice lo ocurrido aquellos días, a partir de la foto de la humillación a Rodrigo Rato.

¿Quiere decir todo esto que Rodrigo Rato es una pobre persona, víctima de alguna conspiración política? Ni Rato es una ‘pobre persona’ –eso, desde luego, porque para empezar tiene un patrimonio de vértigo- ni está en la cárcel por nada que no haya quedado acreditado. Lo que quiere decir todo esto es que una democracia no se puede permitir el ‘todo vale’ ni siquiera con los presuntos delincuentes; lo que quiere decir es que debemos alejarnos siempre de cualquier tentación de linchamientos inquisitoriales; lo que quiere decir es que tanto daño nos hace la corrupción política como la corrupción social.

Frente a la foto infame de Rato agarrado por el cogote para introducirlo en un coche, la foto ejemplarizante del mismo hombre, con su bolsa negra en la mano, camino del corredor de los presos comunes en una cárcel de Madrid. El hombre que tanto poder acumuló en España y en el mundo ingresa en prisión, cabizbajo, con una sola declaración: “Acepto mis obligaciones con la sociedad, asumo los errores que haya podido cometer, y pido perdón a la sociedad y las personas que se hayan podido sentir decepcionadas o afectadas”. En España, con todos los evidentes defectos que debemos achacarle al funcionamiento de las instituciones del Estado, no existen privilegios ni atajos que impidan la actuación implacable de la Justicia ante aquellos que incumplen la ley.

El exvicepresidente del Gobierno Rodrigo Rato a su llegada a Soto del Real. (EFE)
El exvicepresidente del Gobierno Rodrigo Rato a su llegada a Soto del Real. (EFE)

Rato, con esa declaración a la entrada de la cárcel, ha dejado para la posteridad una imagen que le honra. Y decirlo así no es exculparlo, es reconocerlo. Su entrada en prisión, junto a los demás que usaron y abusaron de las tarjetas 'black', es el digno final democrático que le correspondía al bochorno al que fue sometida la sociedad española. En plena crisis económica, cuando peor lo estaba pasando la sociedad española, por la angustia del paro, de las bajadas de sueldo, de los recortes sociales, se descubre –fue en diciembre de 2013- la existencia de una clase dirigente privilegiada que, además de sueldos públicos millonarios, derrochaba cientos de miles de euros de dinero negro en lujos, banalidades y excesos.

El escándalo de las tarjetas 'black’, aquella cruel obscenidad, supuso en España un punto de inflexión en la tolerancia de la sociedad con la clase política prexistente; se derrumbó a partir de entonces el bipartidismo y comenzó una nueva era. Por eso, ahora, a propósito de la entrada de Rodrigo Rato en la cárcel, reparemos satisfechos como ciudadanos en que, cinco años después, se ha hecho justicia por aquel bochorno negro.

Matacán
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