No más bronca sobre el cadáver de Laura

No la ha matado el ‘heteropatriarcado’ ni la hubiera salvado la prisión permanente, nos merecemos un debate más serio y menos incendiario. Merecemos que se la trate con respeto

Foto: Efectivos de la Guardia Civil inspeccionan el paraje donde se ha encontrado el cadáver de Laura Luelmo. (EFE)
Efectivos de la Guardia Civil inspeccionan el paraje donde se ha encontrado el cadáver de Laura Luelmo. (EFE)

El estado de la política española, la altura de los discursos y de los dirigentes, se exhibe impúdica incluso en días como estos, en los que la sociedad entera está conmocionada por la muerte de una joven de 26 años, Laura Luelmo, asesinada por un salvaje que acababa de salir en prisión. La bronca política es un gas inflamable que tiene los efectos de un globo aerostático, porque los eleva por encima de la realidad y, casi al instante, ya comienzan a contemplar la vida desde la altura, sin posibilidad alguna de que los análisis pongan los pies en el suelo. Dicen querer evitar más muertes como la de Laura, pero solo recrean en el atril la bronca política que ya se arrastraba, y que continuará mañana.

La bronca, que es el luto de los frívolos y de los mediocres, de los que van a lo suyo, de los que nada le importa. A Laura Luelmo no la ha matado el 'heteropatriarcado' ni la hubiera salvado la prisión permanente, nos merecemos un debate más serio y menos incendiario; nos merecemos que la muerte de esa joven, de la que solo conservamos ya la sonrisa eterna de su juventud, sea tratada con el mínimo respeto que reclama su familia. El respeto a la familia es la primera señal de Justicia; no lo olvidemos y que no lo olviden sobre todo los desalmados que montan sus circos mediáticos en cada tragedia. La Justicia comienza justo ahí, con el respeto.

Es probable que nunca podamos evitar el asesinato de una joven como Laura porque la mayor injusticia de este mundo es que sabemos, desde el inicio de los tiempos, que la maldad, la vileza y la crueldad conviven junto a la bondad, a la inocencia y a la solidaridad. Que nadie le diga a sus familiares, que nadie le diga a la sociedad, que el asesinato se puede evitar si se aumentan las penas, o si se modifica el Código Penal, o si se aumentan en el sistema público de Educación las asignaturas sobre igualdad o violencia de género, porque nada de eso impide que sigan existiendo asesinos y violadores entre nosotros. Los hermanos Montoya, dos gemelos asesinos, no son ni siquiera un fracaso de la sociedad, son un fracaso de la humanidad porque siempre existirán, porque siempre han existido alimañas como ellos. Por lo tanto, esto es lo primero en lo que tendríamos que detenernos: ninguna reforma legislativa, sobre ninguna materia, va a evitar que sigan existiendo asesinos en la sociedad. Decir o insinuar lo contrario es una muestra indecente de demagogia.

A partir de ahí, la certeza de que siempre van a existir asesinos entre nosotros lo único que no implica, que no ha implicado jamás, es que la sociedad deba aceptarlo, atemorizada, como algo inevitable, contra lo que no se puede luchar. De hecho, junto a la impotencia por la maldad intrínseca del ser humano, lo que nos enseña cada asesinato es a saber combatirlos mejor, de manera más eficaz. Tras el asesinato de Laura Luelmo, hay dos cuestiones fundamentales sobre las que debemos reflexionar: el protocolo policial tras una desaparición y la posibilidad real de reinsertar a determinados delincuentes. En el primer caso, el mero análisis cronológico de la desaparición de Laura ofrece lagunas desconcertantes, casi angustiosas: una joven que desaparece un miércoles cuando, sobre las cinco de la tarde, sale a correr; justo cuando deja de ser visto su vecino, un asesino recién salido de la cárcel. En un pueblo como El Campillo, de solo dos mil habitantes, y ante un historial delictivo como el del asesino confeso, resulta difícil pensar que la persecución y detención de ese desalmado no se hubiera practicado desde el primer instante que se denunció la desaparición para, como ha ocurrido después, tomarle declaración. Si el informe preliminar del Instituto de Medicina Legal de Huelva ha dicho que el fallecimiento se produjo entre el 14 y el 15 de diciembre, es decir, entre dos y tres días después de su desaparición, es fácil imaginar la desesperación de los familiares y de los propios investigadores cuando analizan ahora la tragedia.

Desde el primer instante, se sabe que la joven le confesó a su novio que se sentía "vigilada" por el vecino, el mismo que acabaría asesinándola

Más difícil se hace repasar lo ocurrido cuando, desde el primer instante, se sabe que la joven le confesó a su novio que se sentía "vigilada" por el vecino, el mismo que acabaría asesinándola. Laura habló con su novio a las cinco de la tarde del miércoles 12 de diciembre, que es el mismo día y la misma hora en la que los padres de su asesino declararon que habían dejado de ver a su hijo. Algo ha fallado en el protocolo policial y, quizá, si la Guardia Civil o la Policía pudiera contar con mayores medios técnicos y materiales, en vez de la precariedad que siempre padecen, la investigación se hubiera acelerado. ¿Cuántas veces, por ejemplo, ha quedado al descubierto la asombrosa falta de coordinación que existe entre jueces, fiscales, policías, guardias civiles e instituciones penitenciarias? Si a la base de datos y al sistema informático policial y judicial se le hubiera dedicado el mismo empeño y la misma inversión que a la base de datos de Hacienda y de los contribuyentes, seguro que no existían tantas lagunas en las investigaciones criminales.

Además de eso, parece evidente que ante el perfil de delincuentes reincidentes como el asesino confeso de Laura Luelmo, seguro que se puede avanzar y modificar en la legislación para que, en el caso de que salgan a la calle tras cumplir una condena, puedan estar sometidos a ese seguimiento. Se trata, en esencia, del mismo debate de fondo que debería realizarse sobre la prisión permanente o la cadena perpetua y del que la clase política española siempre rehúye. El principio constitucional de la cárcel es la reinserción de los delincuentes, pero ¿qué ocurre cuando se sabe, científicamente, que, en determinados casos, un asesino múltiple, un pederasta o un violador no son personas reinsertables en la sociedad? El objetivo final de la prisión permanente, en una sociedad avanzada como la española, no puede obedecer a instintos primarios, como la pena de muerte, pero sí debe abrirse, sin complejos, a situaciones insostenibles en una sociedad, como la tener que convivir con delincuentes reincidentes.

Matacán

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