Matar fachas no está bonito

En España, pedir la cabeza de los Borbones, la muerte de los fachas o la quema de las iglesias ha dejado de ser noticia; al menos, noticia relevante

Foto: Pintadas en la sede de Vox.
Pintadas en la sede de Vox.

Las pintadas son la lengua de un tiempo que habla en las paredes, y en esta época que nos ha tocado vivir solo se oyen gritos de odio y de venganza trasnochada. No se sabe muy bien de dónde sale tanta ira, porque no se corresponde con esta etapa de libertad y de progreso que atraviesa España, aun sumando todas las dificultades, todas las incertidumbres que están a la vista. Será que aquí tenemos la rabia contenida, acumulada; igual hasta ha impregnado las paredes por tantos siglos de intolerancia.

Ahora que se acercan las elecciones y, sobre todo, ahora que ha surgido con fuerza un partido de extrema derecha, están apareciendo pintadas por muchos rincones de España. Esta misma semana, quizás el mismo día, han pintado en los muros de la Catedral de Santiago "Guillotina Borbón", "Yo no salí de tu costilla, tú saliste de mi coño" y "Gritaremos hasta quedarnos sin Vox", y en las paredes encaladas de un bar de Sevilla en el que se iba a celebrar un acto de Vox, “Fuera fachas”, “Caña a los fascistas” y “Muerte a Vox”. La duda, a ver, es si deberíamos tomarnos con más seriedad estos sucesos o si, por el contrario, hacemos como hasta ahora, pasarlos por alto sin darles más importancia. Habrá incluso quien piense que, "total, si es contra Vox; que les den"…

Precisamente, el ejercicio inverso que tendríamos que hacer todos cuando aparecen este tipo de pintadas es si la gravedad que le concedemos sería la misma si, en vez de a los Borbones, la Iglesia o Vox, estuvieran dirigidas a otros colectivos. Vamos a prescindir de los evidentes, incluyendo a los autores de las pintadas; pensemos, por ejemplo, cuál sería mi propia reacción si uno de estos días aparecen pintadas por toda España con un trazo grueso “¡Fuera periodistas!”. O “Muerte a El Confidencial”. La diferencia de trato y de opinión sería tan abrumadora que, por no abundar en otras consideraciones, lo que nos revelaría es una realidad altamente preocupante: en España, pedir la cabeza de los Borbones, la muerte de los fachas o la quema de las iglesias ha dejado de ser noticia; al menos, noticia relevante.

Un signo claro de esa preocupante normalidad lo podemos encontrar agravado en la reacción del propio alcalde de Santiago de Compostela, Martiño Noriega, nacionalista gallego, hijo político de Xosé Manuel Beiras. Cuando aparecieron las pintadas en la Catedral de Santiago de Compostela, a Noriega le dio por regañar a los autores porque “ningunha xusta reivindicación pode servir de coartada para atentar contra o patrimonio de todas e todos”. ¿Perdón? ¿Cómo que ‘justas reivindicaciones’? ¿Debe considerarse que es justa la petición de guillotina para un Borbón? ¿Son más importantes las piedras que las personas, los monumentos que las instituciones, aunque se apele a la historia y resulta que fue un rey de León, Alfonso VI, el que ordenó construir esa catedral en el 1075?

Un supuesto ideal de lucha por la igualdad y por los derechos de todos justifica las voces de odio contra aquellos que se consideran de extrema derecha

La misma irrelevancia se concede subliminalmente a las pintadas agresivas contra Vox, en las que un supuesto ideal de lucha por las libertades, por la igualdad y por los derechos de todos justifica las voces de odio contra aquellos que se consideran de extrema derecha. Otra vez habrá que recurrir a la evidencia de que en un sistema democrático la intolerancia más dañina es la que persigue el extermino del adversario, porque las ideas se combaten pero se respeta a quien las profesa, por muy distintas y opuestas que sean a las nuestras. Los planteamientos políticos de Vox nos pueden parecen disparatados, pero mientras respete la Constitución y el ordenamiento jurídico que nos hemos dado, su legitimidad para estar en política no es menor que la de otros extremos ideológicos que defienden postulados antagónicos e igual de desquiciados.

En España, en la democracia española, se puede estar contra el Estado de las autonomías o contra las leyes de violencia de género, pero mientras una inmensa mayoría de los españoles piense lo contrario, no va a peligrar ni una cosa ni la otra. La fuerza para combatir a Vox, como a cualquier otro partido político, está en la palabra, no en el insulto, en el argumento, no en la amenaza; entre otras cosas, porque esos movimientos extremos se retroalimentan siempre de ese acoso al que se les somete. Cada pintada contra Vox es un puñado de votos más, eso es lo único que no tienen en cuenta los valientes activistas de las pintadas nocturnas.

La fuerza para combatir a Vox, como a cualquier otro partido político, está en la palabra, no en el insulto, en el argumento, no en la amenaza

La historia de España está plagada de tantos absurdos irracionales como para pensar que ya estamos exentos de escaladas violentas que, cuando se producen, nadie acierta a explicar cómo comenzaron. El precedente de la Guerra Civil española, que tan presente sigue en la actividad política, ha conseguido trasladar a muchos sectores el ambiente de intransigencia que nos llevó al desastre entonces. Todos sabemos que las circunstancias políticas, económicas y sociales son radicalmente distintas, que nada tiene que ver esta España con la de 1936, pero lo que no ha cambiado es la posibilidad de que un rayo acabe desatando una tormenta.

Tendríamos que repetirnos todos los días lo que nos dejó advertido un soldado de la República, Julián Marías, sobre la “ingente frivolidad” que se apoderó de la sociedad española cuando comenzó a desconsiderar las consecuencias que tenían “la negatividad sistemática, la hostilidad al adversario, la falta de visión histórica y política, el falseamiento de la verdad…”. Porque España tiene pasado y no tiene memoria es por lo que a esa mentalidad pueril y agresiva, elemental y violenta, de las pintadas habría que inculcarle con lenguaje parvulario que eso de matar fachas no está bonito.

Matacán
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