Eso de burlarse de Rivera

El refranero español lo que aconseja es difamar, que algo queda, y eso es lo que ha ocurrido con Rivera

Foto: El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en el debate de investidura. (EFE)
El líder de Ciudadanos, Albert Rivera, en el debate de investidura. (EFE)

La izquierda siempre ha sabido estigmatizar con una enorme eficacia. Marcar con un hierro candente, dice el diccionario, y viene a ser eso lo que se persigue a efectos sociales. En el PSOE, por ejemplo, lo bordan algunos. En Andalucía, como ha habido tanto tiempo de hegemonía socialista, el PSOE tuvo tiempo de adquirir vicios de régimen totalitario y desplegar el sectarismo con maestría. Algunos, y algunas, todavía conservan intacto ese don perverso y, aunque ahora han tenido que desalojar las alfombras de la Junta de Andalucía que llevaban 40 años pisando, les surge, como un instinto natural.

Ocurrió el otro día, durante la sesión de investidura de Pedro Sánchez; le tocó el turno de intervención al candidato de Ciudadanos, Albert Rivera, y comenzaron a llegar mensajes de redes sociales con la burda gracia de la raya de cocaína. Uno tras otro, les hacía mucha gracia.

Hubo una exconsejera socialista que puso hasta cinco mensajes seguidos, por si no se había entendido el primero, en los que repetía lo mismo “Rivera está pasado de raya”. Todo eso, con muchos emoticonos y con muchas exclamaciones al final, como si se le hubiera pegado el dedo al iPhone. Luego, otros añadían detalles, que si está muy delgado, que si se le ve excesivamente maquillado, muy acelerado, y otra vez, pasado de raya, ja, ja, ja…

Hasta volvieron a acordarse de que ‘colocó’ al novio de la prima de Malú en la candidatura a las elecciones municipales en Pozuelo de Alcorcón. Desde que se publicó aquel titular como un escándalo destapado por equipos de investigación ('Rivera enchufa al novio de la prima de Malú como cabeza de lista'), el periodismo mundial no se ha logrado sobreponer. Y que eso lo utilicen quienes han colocado a miles durante años… En fin.

Todo comenzó con las palabras de Juan Carlos Monedero en 2015, cuando dijo que Rivera se tocaba mucho la nariz y lo veía "sobreexcitado"

Que no es normal la aversión con la que se ha desatado en las filas socialistas la campaña de burla contra el presidente de Ciudadanos. Porque existen motivos sobrados para diferir o censurar el giro ideológico de Ciudadanos, pero eso no tiene nada que ver con la campaña que desde el PSOE se está fomentando para desacreditar a Rivera clavándole en la testuz el estigma de cocainómano, con la cobardía añadida de que nadie se atreve a decirlo abiertamente porque tendría que explicarlo ante un tribunal de Justicia. Está muy bien que exista una movilización nacional contra el concejal del PP de un pueblo de Cuenca por la grosería casposa sobre los pelos del sobaco de Irene Montero, pero ¿es razonable que, al mismo tiempo, les parezca divertido que llamen cocainómano al líder de Ciudadanos?

Todo comenzó, como quizá se recuerde, en 2015 cuando Juan Carlos Monedero, también por hacerse el gracioso, dijo en una entrevista que Rivera se tocaba mucho la nariz cuando hablaba, y que lo veía “como sobreexcitado, le noté así, como eso que a veces te pasa, que has hecho algo y estás como muy excitado”. Aquella broma acabó en los tribunales con una disculpa por escrito de Monedero en la que hacía constar que carecía de “fundamento alguno para señalar un supuesto consumo de drogas por parte de Albert Rivera”, lamentaba "la interpretación realizada por los medios" y le mostraba, finalmente, "su solidaridad con el daño que haya podido producirle a Albert Rivera porque la política tiene siempre que discurrir por los cauces del respeto mutuo".

Albert Rivera, de pie, en la votación de investidura de Pedro Sánchez. (EFE)
Albert Rivera, de pie, en la votación de investidura de Pedro Sánchez. (EFE)

El refranero español lo que aconseja es difamar, que algo queda, y eso es lo que ha ocurrido con Rivera. Lo saben bien los del PSOE que han mantenido ardiendo la hoguera de desprestigio, aventada especialmente en días como estos en los que el líder de Ciudadanos los desconcierta con su nuevo discurso de derecha cerrada y sin matices.

Se ha escrito aquí otras veces que en el PSOE, por eso que se llama ‘cultura de partido’, no se suele dar puntada sin hilo y en estas campañas orquestadas sin que nadie las dirija, en las que todos replican lo mismo, en las que se pone en funcionamiento una maquinaria implacable, también tiene que existir una ambición de fondo. O una obsesión. No sería extraño que se haya visto en la deriva hacia la derecha de Ciudadanos la posibilidad de recuperar la sangría de votos de centro y centro izquierda que en su día se fueron al partido de Albert Rivera.

Es posible que nadie resista una campaña de difamación sobre algunos aspectos de su vida privada cuando extraen o se distorsionan

Y tienen razón en eso, porque es verdad que este partido ya no es reconocible si se le compara con sus orígenes, como han dicho ya algunos de sus propios fundadores. Pero la parte de la política que se asemeja a la competición debe acatar también unas reglas de juego. Es posible que nadie resista una campaña de difamación sobre algunos aspectos de su vida privada cuando se extraen, se distorsionan y se difunden; mucho más cuando se trata de vagas insinuaciones que simplemente se lanzan al aire, como cubos de estiércol. Yo no sé lo que hace Albert Rivera para divertirse, ni me importa.

Tampoco comparto la ambigüedad no explicada con la que ha abandonado el centro político, que tanta falta hacía en España, para competir con el Partido Popular por el liderazgo de la derecha. Ni lo conozco ni sé de su vida; solo sus formas de líder político. Pero estoy dispuesto a defenderlo si el interés de su vida privada es el de ridiculizarlo, estigmatizarlo, para que se hunda políticamente. Eso de meterse con Rivera, cuando se produce, de esa forma, a lo único que tiene que llevarnos es a pensar que un día nos puede ocurrir a nosotros.

Matacán
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