Buenafuente y los indignados

"El fondo de la cuestión —dicen los indignados como Buenafuente— es que no se supo encauzar el sentimiento de cientos de miles de catalanes que pedían un referéndum"

Foto: El popular 'showman' Andreu Buenafuente. (EFE)
El popular 'showman' Andreu Buenafuente. (EFE)

Suelen decir lo mismo y, aunque están repartidos por toda España, su discurso se oye sobre todo en Cataluña, por eso sirve como estandarte un famoso como Andreu Buenafuente, que es un catalán que trabaja y vive en Madrid. No suelen identificarse abiertamente con la causa independentista, pero tampoco la desprecian; de todos ellos, en estos años de espiral, se pueden encontrar declaraciones aparentemente favorables al independentismo, como un movimiento apasionante, atractivo, de la misma forma que, en otras ocasiones, han ensalzado la riqueza de España y la necesidad de seguir avanzando todos juntos, cada cual con su identidad regional (aunque, esa palabra, ‘regional’, no la utilizan nunca; en realidad, ya nadie la utiliza).

¿Se podrían encuadrar todos ellos en un espectro político de izquierdas? Con toda probabilidad, pero no es la ideología lo que los identifica en este caso; también se encuentran algunos que no lo son. La posición que los define es la comprensión del independentismo y la indignación con todo tipo de represión. Solo ven en el independentismo un movimiento ciudadano, pacífico, que hay que escuchar. No son activistas radicalizados, ni se colocan lazos amarillos, por eso merece prestar atención al fondo de su discurso. Porque, si ellos mismos se hicieran un test, acabarían comprobando que todo lo que dicen embarra siempre en la inconsistencia intelectual y democrática.

Por ejemplo, es común en ese grupo de indignados que encabecen todo razonamiento con una afirmación genérica: “Lo que ocurre en Cataluña es un fracaso de la política”. Al decirlo así, es evidente que no se puede contradecir, porque la política es la que ha conducido a los catalanes a embarcarse en el proceso independentista, pero no se refieren a eso. En realidad, lo que se pretende es equiparar la actuación de todos los partidos políticos, los que han gobernado en el Gobierno de España y los de la Generalitat de Cataluña. Pero eso es trampa; no es verdad.

En primer lugar, no es cierto que “la culpa de que haya en Cataluña casi dos millones de catalanes independentistas” sea de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut. La mera cronología lo desmiente: el Estatut se votó en 2006, con una participación muy baja (una abstención de casi el 51%), lo modificó el Tribunal Constitucional en 2010 y no es hasta mediados de 2012 cuando, a través de pueblos y comarcas, comienzan a aprobarse las primeras declaraciones a favor de la independencia. Ignorar que el detonante del movimiento independentista fueron la crisis económica y los recortes, cuyos años más severos fueron, precisamente, esos dos años, es adulterar gravemente la historia.

No se puede equiparar como ‘errores’ a quien se salta las leyes y a quien no ha dejado jamás de acatarlas y de hacerlas cumplir

No existen ‘indignaciones ciudadanas’ con efecto retardado: en medio de esos dos años, en 2011, hubo unas elecciones generales en las que Esquerra Republicana perdió votos, al contrario que el Partido Popular, que obtuvo su mejor resultado en Cataluña. La crisis económica y posteriormente la descomposición de CiU, el partido de Pujol, por la corrupción fueron los motores del independentismo y el ‘supuesto’ agravio del Estatut les sirvió de bandera, de envoltorio.

Como no se considera ese origen, lo que añaden los indignados a continuación es que el grave conflicto de Cataluña se debe a que “España no ha sabido ofrecer a Cataluña un proyecto en el que se encuentre cómoda”. Ya hemos visto que la ‘incomodidad’ es la excusa, no el motivo, pero trascendamos, incluso dándolo por bueno: ¿y cuál se supone que sería el sistema en el que Cataluña se encontraría ‘cómoda’ en España? Esta es la pregunta que nadie responde porque, de hacerlo, sí que nos lleva a algunas contradicciones y revelaciones más groseras, menos épicas.

Si en todo este tiempo ha habido un día oscuro, no es cuando se conoció la sentencia del TS, sino el día en que hechizaron la razón a miles de catalanes

Es difícil pensar que lo que se persiga, dentro de la España autonómica, sea un mayor nivel de autogobierno, porque el modelo autonómico español, en especial en el caso de Cataluña y del País Vasco, es equiparable al de países federales. ¿Se trata de dinero, una mejor financiación? ¿O se pretende que las demás comunidades autónomas desciendan en su nivel competencial para que Cataluña se sienta distinta? En ambos casos, debe explicarse, decirse abiertamente, porque lo que nadie puede pretender es avanzar a costa de los demás; si esa es ‘la comodidad’, se admitirá que los demás podamos pensar que se trata de una forma eufemística de llamar al privilegio y al egoísmo. Lo que no se puede hacer es no profundizar en las causas y ampararse siempre en “el fracaso de la política”.

“El fondo de la cuestión —dicen los indignados como Buenafuente— es que no se supo encauzar el sentimiento de cientos de miles de catalanes que pedían un referéndum. Y, a partir de ahí, todo el mundo comenzó a cometer errores: se saltaron leyes, se reprimió violentamente un referéndum simbólico, se instrumentalizó de forma partidista el Parlament de Cataluña, se encarceló preventivamente durante dos años, se inició un juicio… Todo se bloqueó y los jueces sustituyeron a los políticos. En consecuencia, hay un montón de gente preocupada y la mayoría de ellos no son independentistas. Hoy es un día oscuro para este país”.

También esto se desmonta: aun en el caso de que se piense, como me ocurre a mí, que el conflicto de Cataluña se tendría que haber atajado políticamente hace cinco o seis años, no se puede equiparar como ‘errores’ es a quien se salta las leyes y a quien no ha dejado jamás de acatarlas y de hacerlas cumplir. Tampoco el referéndum fue ‘simbólico’, y una vez más lo desmienten las fechas: se celebró el 1 de octubre de 2017 y el 27 de octubre se aprobó en el Parlamento de Cataluña una declaración de independencia que decía: “De acuerdo con el mandato recibido de la ciudadanía de Catalunya, constituimos la república catalana, como Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social”.

¿Qué hubiera ocurrido si no se suspende la autonomía de Cataluña y se inicia un proceso judicial contra los líderes de aquella declaración? ¿De verdad están convencidos los Buenafuente de que todo era simbólico? Tampoco ahí fracasó la política, fracasaron los políticos catalanes independentistas, que se creyeron que el voto en una democracia es una dispensa para no cumplir la ley. Y falló una buena parte de la sociedad catalana. Si en todo este tiempo ha habido un día oscuro para Cataluña, para España, no es el día en que se conoció la sentencia del Tribunal Supremo, como dicen, sino el día en que hechizaron la razón a tantos miles de catalanes a la vez.

Matacán
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