Cambio climático, verdades y monsergas

¿Por qué no puede preocupar más el calentamiento global de la gente, este estado de cabreo, que el calentamiento del planeta? Decirlo no debería convertir a nadie en un ser despreciable

Foto: La Puerta de Alcalá, en Madrid, iluminada de verde con motivo de la celebración de la cumbre del clima. (EFE)
La Puerta de Alcalá, en Madrid, iluminada de verde con motivo de la celebración de la cumbre del clima. (EFE)

Todo lo que me gusta es ilegal, es inmoral o engorda. Cuando lo cantaban los Pata Negra, lo que menos pudimos sospechar es que llegaría un momento en la vida en que todo eso podría ocurrirnos sin tomar drogas, sin seducir a la mujer del vecino y sin zamparse dos cuartos de libra con queso o un chuletón, con huevos fritos y chistorra. Ahora, la vida más insulsa y gris, la más convencional y menos atrevida, puede caer en todo eso sin hacer nada de eso; ilegal por fumarte un cigarro, inmoral por ponerle pegas al animalismo y engordando por no seguir la dieta vegana de un monje tibetano. De alcohol, ni hablemos.

Las limitaciones son tantas que lo único que está de oferta es la rebeldía, de tan fácil que se pone. Rebeldía social para la que no hace falta ni siquiera convertirse en un transgresor, basta con no seguir ciegamente los dictados de la nueva moral que se está imponiendo, que nos están imponiendo. Ya decía Fernando Pessoa que él había nacido “en un tiempo en el que la mayoría de los jóvenes había perdido la creencia en Dios, por la misma razón por la que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué. Y entonces, como el espíritu humano tiende naturalmente a criticar porque siente, y no porque piensa, la mayoría de los jóvenes ha escogido a la Humanidad como sucedáneo de Dios”.

Pues en esas estamos, lo cual no tiene por qué ser malo, siempre que no se repitan los esquemas y se trate a los objetores o a los descreídos como herejes que hay que quemar en una pira pública, que ahora se instala cada día en las redes sociales. Como ocurriría hoy mismo si, por ejemplo, en plena cumbre mundial del cambio climático, como la que se está celebrando en Madrid, alguien se muestra siquiera ‘indiferente’ porque no se levanta angustiado por ese problema. Ojo: indiferente no porque niegue o rebata el cambio climático; indiferente porque piense, por ejemplo, que existen problemas más urgentes y apremiantes que merecerían cumbres mundiales que no se celebran.

No sé; por ejemplo, el hecho de que en Chile se haya tenido que suspender esta cumbre y trasladarla a Madrid debería hacer reflexionar a los líderes mundiales sobre el auge de los movimientos antisistema y la fragilidad de las democracias actuales, cada vez más expuestas a que factores externos puedan generar un caos irreversible. O la creciente desigualdad social, producida por la progresiva desaparición de las clases medias que conocíamos y la quiebra de los modelos productivos. ¿Por qué iba a suponer un desdoro del cambio climático afirmar que, puestos a pensar en problemas de la humanidad, el cambio climático es de los que consideramos menos urgentes? ¿Por qué no puede preocupar más el calentamiento global de la gente, este estado de cabreo, que el calentamiento global del planeta? Decirlo no debería convertir a nadie en un ser humano despreciable sino, en todo caso, en alguien que piensa distinto.

La diferencia de apreciación procede siempre de lo que se afirmaba antes, de la progresiva conversión del ecologismo en una nueva religión; se pasa del respeto y la conservación del medio ambiente a la militancia activa en una causa, el cambio climático, con sus fases propias de proselitismo y condena. Como en las religiones, también existe un pecado original, el ser humano: el mero hecho de ser hombres y mujeres que habitamos este planeta nos convierte en pecadores del cambio climático, en responsables de todos los desastres, en asesinos de bosques y especies animales… Hasta aparecen jóvenes profetas, como Greta Thunberg, que son calcos de otros muchos que han prometido la salvación de la Tierra a lo largo del tiempo. Esa misma joven, con el gesto irritado y el dedo acusador llamándonos a todos pecadores, tiene muchas réplicas en la historia.

Quiere decirse, en definitiva, que no debemos caer en la trampa principal de este debate, que no consiste en otra cosa que en tener que elegir entre la preocupación por el cambio climático como si fuésemos Astérix (¡el cielo se nos cae encima!) o convertirnos en un frívolo despreocupado, tipo Donald Trump (“El concepto de calentamiento global fue creado por los chinos”). Pues ni una cosa ni otra. Porque en el discurso del cambio climático, que ya es un caudal infinito e incesante, imposible de abarcar, se mezclan por igual verdades y monsergas.

Negar, por ejemplo, que existe un cambio climático es tan absurdo como contradictorio, por la misma razón que quienes lo esgrimen lo primero que dicen es que el clima de la Tierra es, en sí mismo, mudable, variable. El calentamiento de la Tierra existe porque se ha demostrado así y el debate no está tanto en la influencia que puede tener el ser humano, que también es innegable, sino en saber con exactitud qué porcentaje de responsabilidad tiene la actividad humana y cuánto influye la evolución normal del planeta.

Cambio climático, verdades y monsergas

Dicho de otra forma, no creo que exista ninguna teoría que afirme que si el hombre desapareciera de repente de la faz de la Tierra, no existirían cambios climáticos. En las investigaciones periódicas que se publican sobre el clima, podemos encontrar estudios tan aparentemente desconcertantes como los referentes a la terrible desforestación del Amazonas (Brasil) junto a otros en las que se afirma —es un estudio de la NASA— que la Tierra es hoy más verde que hace 20 años, por los programas de plantación de árboles en China y la agricultura intensiva en esos dos países, que son los más poblados. Y es el ser humano el que está detrás de esos dos fenómenos.

En el discurso oficial del cambio climático, como estamos viendo estos días en Madrid, se presenta tanta cita repetida, desechable, como admoniciones de esta nueva moral, tan prohibitiva. El ser humano no va a renunciar al modelo de vida que provoca, según los científicos, una influencia negativa en el calentamiento global de la Tierra; vivimos en el mejor mundo de los posibles en el que el acceso, por ejemplo, a la calefacción o al aire acondicionado solo se plantea como derecho adquirido. Como la posibilidad de que la mayoría de la población pueda viajar en avión a otro país del mundo, algo impensable hace solo unas décadas. En 1950, la Tierra la habitaban 2.600 millones de seres humanos y en la actualidad ya sumamos cerca de 8.000 millones de personas. Ese crecimiento exponencial seguirá en la nueva década que vamos a estrenar. ¿Qué hacemos con eso? De momento, lo dicho. Respirar tranquilos y diferenciar las urgencias, incluidas las de la naturaleza, de las nuevas religiones.

Matacán
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