Ciudadanos, con cara de UPYD

Y de repente, a Ciudadanos se le ha puesto la cara de Unión Progreso y Democracia, tan sorprendente es la política española que es capaz de dar estas contorsiones inesperadas

Foto: La portavoz de Cs en el Congreso, Inés Arrimadas, en un acto en Barcelona. (EFE)
La portavoz de Cs en el Congreso, Inés Arrimadas, en un acto en Barcelona. (EFE)
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Y de repente, a Ciudadanos se le ha puesto la cara de Unión Progreso y Democracia, tan sorprendente es la política española que es capaz de dar estos giros bruscos, contorsiones inesperadas. Se le ha puesto exactamente la cara que tenía UPYD en el verano de 2014, el momento en el que tuvo que tomar una decisión que marcaría su futuro, seguir existiendo como corriente política en el seno de otro partido político, Ciudadanos, o desaparecer del mapa político español.

En política, cada vez que se plantea una tesitura así, rara vez impera el razonamiento frío, el análisis político y estratégico sosegado, porque se imponen siempre las vísceras y el aquelarre; la vanidad y la defensa de la última colina, que es el pequeño sillón de mando en el que acaban electrocutados. ¿Aceptar el sorpaso e integrarse en el rival político o seguir combatiendo hasta el final, aunque eso suponga una lenta agonía? Unión Progreso y Democracia optó por lo segundo, no quiso plegarse ante Ciudadanos aceptando la integración de algunos de sus miembros en las listas electorales que les ofrecían, y el partido magenta, como lo llamaban, saltó por los aires. Ahora que, por esas contorsiones de la historia, es Ciudadanos el que se ve ante una tesitura similar, integrarse progresivamente en el PP o arriesgarse a desaparecer, quizá les convendría repasar este breve periodo de historia política en España (2014-2019) que se ha tragado sin piedad a tantos políticos encumbrados.

Aunque la fundación de UPYD y de Ciudadanos se produce casi en paralelo, en torno a 2005, es Unión Progreso y Democracia el que impactó antes en la política española: en apenas tres años, pasó de 300.000 votos a más de un millón en las elecciones de noviembre de 2011, un grupo parlamentario propio en el Congreso y cuarta fuerza política parlamentaria. Duró poco: en el verano de 2014, ya había voces internas en UPYD que alertaban del ascenso de Ciudadanos y propugnaban por un acuerdo para evitar el declive magenta, que ya se comenzaba a intuir.

El partido de Albert Rivera avanzaba como un ciclón y comenzó a absorber todas las expectativas electorales del centro político español. Un eurodiputado de UPYD, Francisco Sosa Wagner, fue el primero que puso el dedo en la llaga: “Yo no sé si una alianza electoral con Ciudadanos puede enmendar mucho el rumbo general de la política española, tan pervertida como se halla esta ajada señora, pero al menos hay que intentarlo si queremos conjurar el peligro del populismo que representa Podemos, un partido (o lo que sea) que está desplazando en las encuestas al PSOE, según dicen las predicciones de estos escrutadores del vuelo de las aves que son los modernos encuestólogos”. Como suele suceder, nada de lo que advirtió se quiso considerar: tan pronto como propuso una alianza electoral, Sosa Wagner se convirtió en un traidor, un desleal: el enemigo a batir. Curiosamente, UPYD sigue existiendo en la actualidad gracias a que, el año pasado, aceptó lo que negó hace cinco años y significó su autodestrucción. Pero bueno…

Mesa de negociación entre PP y Cs. (EFE)
Mesa de negociación entre PP y Cs. (EFE)

Reparemos en lo que dijo Sosa Wagner de UPYD, con algunas siglas cambiadas para adaptar la tesitura de entonces a la realidad política española de 2020: “Yo no sé si una alianza electoral de Ciudadanos con el Partido Popular puede enmendar mucho el rumbo general de la política española, pero al menos hay que intentarlo si queremos conjurar el peligro del populismo que representa Vox”. La alianza electoral que, en su día, propuso Ciudadanos a Unión Progreso y Democracia, y que rechazaron, suponía la integración de sus miembros en las listas del partido naranja, renunciando a sus siglas en los carteles electorales.

Un acuerdo así conlleva la integración en otro partido político y mantenerse, 'de facto', como una especie de corriente política, aunque siempre hay que contar con que muchos militantes o dirigentes pedirán directamente la afiliación en el partido dominante. ¿Qué se gana? Internamente, se salvan los muebles y se evitan el deterioro, las humillaciones, los navajazos y las deserciones, y, externamente, que debe ser lo fundamental, se contribuye a crear una opción política más fuerte. ¿Acaso no saldría fortalecido el centro derecha si se unen Ciudadanos y Partido Popular, ya sea con unas siglas nuevas o bajo las existentes del PP, que es la opción política predominante? ¿Y no necesitan ambos fortalecerse ante la amenaza de que el populismo de extrema derecha de Vox pueda ganarles terreno? ¿No le conviene a la democracia española un centro derecha fuerte, alejado de posiciones radicales?

Una sucesión de errores garrafales (el abandono de Inés Arrimadas de la política catalana, el brusco giro a la derecha y el despilfarro de los 57 diputados de 2019) han tumbado a su líder Albert Rivera, nocaut, y han liquidado las expectativas electorales de Ciudadanos. Es muy probable que, en lo sucesivo, lo que pueda esperarse es un lento declive, mientras que el Partido Popular recupera paulatinamente ese espacio del centro derecha. Entonces, al igual que le ha sucedido a UPYD, el partido naranja se verá obligado a aceptar, diezmadas, las ofertas de integración que ahora pueda rechazar.

Las elecciones del País Vasco y de Galicia solo suponen una prueba, un tanteo. Antes de final de año, lo razonable sería que la alianza de PP y Ciudadanos condujera a una unidad de acción en el Congreso de los Diputados, con Pablo Casado e Inés Arrimadas al frente, como supo ver con anticipación mi compañero Alberto Pérez Giménez. Para quien tenga dudas o vértigo, que mire hacia atrás. El problema, como decía Sosa Wagner, es que hay políticos que parece que le cogen gusto a seguir cometiendo errores, como le sucedió, y le sucede todavía hoy, a Rosa Díez: “Podríamos llamarla al modo homérico ‘la que amontona errores’, y los va hilvanando como un orfebre”. Que se cuide bien Inés Arrimadas, no sea que uno de estos días se levante y se asuste al ver que se le ha puesto cara de Rosa Díez.

Matacán
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