Matacán
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Bochorno de un policía español en la frontera
"Nosotros tuvimos que conformarnos primero con una carpita blanca que nos prestaron los portugueses, porque nos dejaron en la carretera, de pie, al lado de los coches, al descubierto"
En la frontera sur de España con Portugal, en Ayamonte, un policía español gira la cabeza, mira a sus compañeros de la Guardia Nacional portuguesa y se abochorna: “Parecemos un país tercermundista a su lado”. Luego vuelve la mirada a las instalaciones provisionales que el Gobierno español ha dispuesto para ellos en este tiempo de fronteras recobradas por la pandemia del coronavirus. Una casetilla de madera similar a la que se puede ver en la entrada de algunos 'campings', solo que esta vez anuncia la entrada en España.
“¿Usted cree que esto es digno? ¿Qué imagen damos?”. Allí, en la frontera ayamontina de España con Portugal, está a la comisaría conjunta de los dos países, construida tras la entrada de ambos en la Unión Europea, pero en este tiempo de excepcionalidad y cierre de fronteras, cada país controla la entrada y salida de vehículos de su territorio. Es en ese cruce de controles improvisados donde se produce el agravio: “He oído decir al ministro Marlaska que está dotando a la Policía de todos los medios, pero eso no es verdad. Esto es de vergüenza. La única explicación que podemos darnos es que Portugal, que es un país con menos riqueza que el nuestro, quiere y cuida más a sus policías”, dice Juan Carlos, el agente de Policía que mira con bochorno al otro lado de la frontera.
¿Por qué en Portugal se está combatiendo la pandemia con más efectividad que en España? La pregunta lleva ya varios días dando vueltas por las redacciones de los medios de comunicación, españoles y extranjeros, ante el desconcertante desnivel de contagios que existe entre dos países vecinos que comparten 1.200 kilómetros de frontera, una de las más antiguas de Europa. Se trata, además, de dos países que han afrontado la pandemia con un presidente socialista al frente del Gobierno, Pedro Sánchez y António Costa, pero ahí se acaban las similitudes. Todo lo demás va en contra de España, porque el país con una mejor sanidad pública y con mayor potencia económica es el que peor ha reaccionado.
El Gobierno de Costa decretó el cierre de colegios cuando solo había 50 contagiados en todo el país y ninguna persona fallecida, nada que ver con lo sucedido en España, que detectó el primer contagio el 31 de enero y no declaró el estado de alarma hasta el 14 de marzo. Portugal sí fue uno de los últimos países de la Unión Europea a los que llegó el coronavirus y el que antes actuó contra la pandemia, que es lo que, falsamente, dice el presidente Pedro Sánchez de España. De hecho, siempre menciona a Italia o a Francia en la comparación, nunca a Portugal.
La cuarta economía de la Unión Europea, España, reacciona ante una emergencia sanitaria con peores medios, menos recursos públicos, con menos efectividad en la gestión, que su país vecino, que ocupa el puesto número 12 de ese 'ranking' de economías europeas, y que ha atravesado un gravísimo periodo de precariedad tras la intervención europea por la crisis financiera de 2008. ¿Cómo es posible?
En el puesto fronterizo de Ayamonte, un policía que siente bochorno al mirar al otro lado se viene haciendo esa misma pregunta desde que se cerraron las fronteras entre los dos países por el estado de alarma. “Los módulos de Portugal son nuevos, en perfectas condiciones, y desde el primer día cuentan con luz eléctrica y espacio suficiente. Nosotros tuvimos que conformarnos primero con una carpita blanca que nos prestaron los portugueses, precisamente; nos la dieron en el Ayuntamiento de Castro Marim, porque nos dejaron en la carretera, de pie, al lado de los coches, al descubierto. Y claro, llovía a manta. Imagínese lo que suponía, en esas condiciones, en medio de una tormenta, parar un vehículo y revisar la documentación… Total, que los portugueses nos prestaron la carpita blanca y dos sillas que no utilizaban. Como empezamos a protestar, nos trajeron este modulo de madera, pero también se moja si llueve, por eso le ponemos plásticos”, explica Juan Carlos, que es miembro de la Confederación Española de Policía.
Antes de que ningún responsable público alertase en España de la gravedad potencial del nuevo coronavirus, el 24 de enero pasado, en la Policía, el responsable de riesgos laborales, José Antonio Nieto, dirigió un escrito a sus superiores solicitándoles medios para prevenir los contagios. “Se debe proveer a los agentes de guantes de nitrilo y mascarillas FFP2, se deben evitar aglomeraciones y el contacto cerca de cualquier persona que presente síntomas de enfermedades respiratorias, como tos y estornudos”.
La consecuencia de aquellas exigencias desatendidas, cuando estalló la polémica, fue el cese del responsable de la alerta, como es sabido. En la sexta semana de confinamiento, los policías españoles muestran las mascarillas que les siguen enviando para su uso y, ellos mismos se sorprenden, nada que ver con los modelos aconsejados por los especialistas: “En esta, han ahorrado hasta en gomillas, y si la tocas, te parece una servilleta de papel o un filtro de las cafeteras”.
¿Por qué en otros países con menos recursos económicos y sanitarios se ha podido contener la pandemia mejor que en España? Al lado mismo del Guadiana, la frontera natural de los dos países, un policía abochornado se ha hecho esa pregunta al contemplar los medios con que cuenta para su trabajo y la imagen que ofrece España como país. Es un detalle insignificante, sí, minúsculo, pero si la misma cuestión se pudiera trasladar a todos aquellos que están luchando desde el primer día contra el coronavirus en España, tratando, cuidando, atendiendo a enfermos o ciudadanos contagiados, médicos, guardias civiles, enfermeros, encontraríamos respuestas muy similares. Y ya no sería un detalle, sino un 'collage' representativo de una improvisación chapucera y una gestión convertida en despropósito.
En la frontera sur de España con Portugal, en Ayamonte, un policía español gira la cabeza, mira a sus compañeros de la Guardia Nacional portuguesa y se abochorna: “Parecemos un país tercermundista a su lado”. Luego vuelve la mirada a las instalaciones provisionales que el Gobierno español ha dispuesto para ellos en este tiempo de fronteras recobradas por la pandemia del coronavirus. Una casetilla de madera similar a la que se puede ver en la entrada de algunos 'campings', solo que esta vez anuncia la entrada en España.