Por qué no legalizamos la marihuana
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Javier Caraballo

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Por qué no legalizamos la marihuana

Lo que nos enseña la experiencia americana es que la legalización del cannabis conduce directamente a la competencia entre empresas, como dictan las leyes del mercado

placeholder Foto: Muchos jóvenes consumen a diario marihuana española. (EFE)
Muchos jóvenes consumen a diario marihuana española. (EFE)

La controversia sobre la legalización del cannabis ha cambiado de acera, ahora lo que se aprecia es su potencial económico. No se discuten sus efectos como droga, claro, pero ya empieza a ocurrir en todo el mundo lo mismo que con el alcohol, que se tolera su uso recreativo y se permite la producción, la venta y el consumo. En el caso de la marihuana, además, se incluyen algunos beneficios medicinales, contrastados y certificados científicamente, en enfermedades neurológicas o como alivio de dolores crónicos. ¿Por qué en España, que cuenta con una región como Andalucía, con una potente imagen de marca y enormes posibilidades de cultivar una marihuana de gran calidad, no se plantea ni el debate? ¿Acaso hemos calculado siquiera cuántos ingresos nos generaría? ¿Y cuántos puestos de trabajo? Se piense lo que se piense, lo peor desde luego es mantenernos en esta situación actual de hipocresía absoluta, como en otros debates similares. El consumo de cannabis en España, al igual que en Europa, no es legal, pero tampoco se condena cuando se trata de cantidades pequeñas para consumo propio. Obviamente, los cuerpos policiales persiguen el cultivo, y con frecuencia tenemos noticias de grandes incautaciones e intervenciones en plantaciones clandestinas, pero nada de ello frena la expansión. En Europa, cada vez se consume más hachís español y cada vez hay más usuarios, como pone de relieve el último Informe Europeo sobre Drogas en el que se analiza un año tan peculiar como el de 2020, el año de la pandemia mundial.

En Estados Unidos, donde ya hay dieciséis Estados que han despenalizado el consumo de marihuana, el paso definitivo para la legalización absoluta lo dio en diciembre pasado la Cámara de Representantes que aprobó la despenalización por una amplia mayoría, de 228 frente 164 votos. Se han publicado algunos estudios, como el del Centro de Investigación Pew, que reveló en 2019 que el 91% de los estadounidenses estaban a favor de la despenalización del cannabis para su uso médico o recreativo. El propio The New York Times publicó a principios de mes un reportaje sobre la progresiva aceptación social del cannabis en el que se llegaba a afirmar que “para muchos estadounidenses, abastecerse de marihuana durante la pandemia fue tan esencial como abastecerse de papel higiénico”. Pero, como se decía antes, el aspecto más novedoso en el debate actual en Estados Unidos sobre el consumo de marihuana está en los beneficios económicos. Las previsiones que se están haciendo, a partir de la consolidación de las empresas que se dedican al cultivo y venta de marihuana, es que en cinco años el mercado de hachís en Estados Unidos moverá 30.000 millones de dólares, con la consiguiente repercusión fiscal para las arcas de los diferentes estados.

Foto: Foto de archivo de una plantación de marihuana. (EFE)

De forma paralela, lo que nos enseña la experiencia americana es que la legalización del cannabis conduce directamente a la competencia entre empresas, como dictan las leyes del mercado, y a la investigación sobre las plantas para conseguir un producto más completo, potenciando los aspectos beneficiosos del consumo de marihuana. Nicholas MacLean, director ejecutivo de Aether Gardens, una de las principales empresas de cannabis, sostiene en el mencionado reportaje del The New York Times: “Los residentes locales son muy exigentes: quieren algo que no vayan a encontrar en el mercado negro. Sobre todo, cuando estás confinado en casa, le prestas más atención a cosas como los terpenos y los perfiles de cannabinoides, además de los niveles de THC, la estructura de los cogollos y el aroma, que es el tipo de información que obtienes cuando compras en el mercado legal. Y el año pasado, eso jugó a nuestro favor como cultivadores de flores de alta calidad”.

La legalización del cannabis comienza a percibirse, por tanto, como una forma de lucha efectiva contra la adulteración de esa droga en el mercado negro con otras sustancias, que es algo que también empieza a preocupar en la Unión Europea. “Los cannabinoides sintéticos, y los riesgos de salud que conllevan, solo complican más este panorama, tal como han puesto de relieve las muertes registradas en 2020 relacionadas con el consumo de estas sustancias y el hecho de que hayamos tenido que emitir recientemente alertas de salud pública que advirtieran de la presencia de productos adulterados con cannabinoides sintéticos de elevada potencia dentro del mercado del cannabis natural”, sostiene Alexis Goosdeel, director del Observatorio Europeo de las Drogas y la Toxicomanía en el ultimo informe elaborado. Y añade algo más, dirigido a la conciencia de la clase política: “Considero que facilitar a los responsables políticos la información necesaria en este ámbito, actualizada y con una sólida base científica, será de gran importancia para la labor del Observatorio en los próximos años”.

Foto: EC

Veintidós millones de personas, entre los 14 y los 64 años, consumieron el año pasado cannabis en Europa que, en su inmensa mayoría, procedía de España, sobre todo de Andalucía. Según una información de Diario de Sevilla, la marihuana que se cultiva en esta provincia, que es una de las principales productoras del hachís clandestino, se vende en Alemania por 6.500 euros el kilo y por 9.000 euros el kilo en Suecia. Se comprenderá, por tanto, cómo es posible que, aunque las incautaciones son constantes, permanentes, cada vez hay más plantaciones ilegales, en garajes, en pisos, en naves industriales o en el campo, camuflada entre otros cultivos. En una provincia como Granada, la producción ilegal de marihuana no sólo es exponencial, sino que cuenta ya con un prestigio propio en toda Europa por su calidad. Y ahora volvamos a la pregunta inicial: ¿Por qué en España ni siquiera se plantea el debate?

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