Una fiesta del burkini para completar el caos
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Javier Caraballo

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Una fiesta del burkini para completar el caos

Toca preguntarnos dónde empieza la tolerancia y cuándo se confunde con la permisividad. O qué es respeto y qué es dejación y hasta dónde puede llegar la ley en una sociedad democrática

Foto: Mujer con burkini en Túnez. (EFE)
Mujer con burkini en Túnez. (EFE)

A la piscina llegaron contentas porque ese día se celebraba la ‘fiesta del burkini’. ¿Una fiesta del burkini en España? Nada tenían que ver ellas con todo lo que estaba pasando a su alrededor, pero la cuestión es que todo se precipitó. Quiso la casualidad que la celebración, la reivindicación del burkini en el parque acuático de Ceuta, el pasado 17 de agosto, coincidiera con la llegada terrorífica de las primeras imágenes de Afganistán de espectros azules o negros, agolpados en alguna calle polvorienta, el burka con el que los talibanes le recuerdan a la mujer que su libertad le pertenece al mulá. Tampoco podrían haber imaginado que la fiesta, en el parque acuático de Ceuta, coincidiría con una nueva polémica sobre los menores que Marruecos utilizó en su ‘invasión’ de la ciudad autónoma, el pasado mes de mayo.

Nada de eso estaba en sus cabezas cuando convocaron la fiesta del burkini, pero esa celebración, en pleno mes de agosto, podemos contemplarla como el elemento que faltaba para componer el caos inmenso en el que vivimos, entre la demagogia de quienes agitan el miedo a diario por una “invasión” de los musulmanes en Europa, las exigencias de respeto de los musulmanes que viven entre nosotros desde hace décadas, el terror y la angustia que se atraviesa en la garganta con cada información sobre la barbarie fundamentalista. Así que, nada de esto pretendían, pero esa fiesta del burkini en Ceuta puede servirnos ahora para descender hasta algunas dudas elementales de estos días. Como preguntarnos dónde empieza la tolerancia y cuándo se confunde con la permisividad. O qué es respeto y qué es dejación y hasta dónde puede llegar la ley en una sociedad democrática occidental en la que conviven todo tipo de religiones y culturas. Quizá no debamos pretender respuestas ni conclusiones categóricas, pero haremos bien si solo echamos el debate a rodar en nuestra mente. Sin prejuicios, pero con convicciones firmes sobre la igualdad, la libertad y la tolerancia.

Foto: Amanda Figueras, con su 'burkini' en una playa de Egipto.

El detonante de la fiesta del burkini en el parque marítimo de Ceuta, un extraordinario complejo municipal de 56.000 metros cuadrados con piscinas y lagos de agua salada, fue un mensaje en redes sociales del portavoz de VOX en la ciudad autónoma, Carlos Verdejo, tras la queja de una joven musulmana por los problemas que encontraba cuando iba a bañarse. “Si Marta tiene derecho a ir medio desnuda en el parque, Yasmin también tiene derecho a ir tapada si quiere, con el burkini que quiera”, afirmó la musulmana, según recogió el periódico ‘El Faro de Ceuta’. El representante de VOX contestó: “Ninguna mujer va ‘medio desnuda’ al parque o a la playa. Va con la ropa de baño característica de una civilización libre y avanzada. Atrás quedaron los años en que se sugería a una mujer que ‘enseñaba’ demasiado. No podemos retroceder”. A partir de ese mensaje fue cuando la comunidad musulmana decidió organizar la fiesta del burkini, con un argumento similar al de la denuncia inicial. “El mensaje es la tolerancia. Igual que respetamos que se nos respete, que cada cual vaya como quiera, sea en bikini, sea en burkini, sea en toples, como cada una quiera”, dijeron las promotoras de la iniciativa. A lo que el portavoz de VOX, que promete prohibir los burkinis cuando gobiernen, contestó, elevando el tono por el coincidente asalto al poder de los talibanes en Afganistán, que estamos ante “una muestra más de la exaltación del integrismo en Ceuta con la permisividad del Partido Popular”.

Alejémonos de la confrontación tosca a la que conduce Vox —en todo el mundo, y particularmente en Europa, la extrema derecha agita la inmigración, como una amenaza inminente o una agresión consentida— para centrarnos en la mayor duda que presenta una controversia como esta. Si contemplamos el burkini solo como una prenda de baño, nadie podrá reprochar nada a quien, como esas mujeres de Ceuta, reclaman su derecho a ponerse lo que, libremente, elijan. De la misma forma que ellas respetan que su vecina de sombrilla tome el sol como le venga en gana. Pero no parece que un burkini sea lo mismo que elegir entre un pantalón y una falda o entre una camiseta o un jersey.

El problema reside precisamente en lo que simboliza un burkini, como adaptación cultural y religiosa del burka, del que no existe ninguna duda sobre lo que supone. Es decir, al hablar de esto no podemos olvidar, a mi juicio, que, en los muchos países musulmanes en los que se impone el burka, esa prenda de vestir se acompaña, además, de un marco jurídico y legal de vejación, discriminación y humillación de la mujer. En España, con la legislación expansiva de protección y defensa de la mujer, ninguna muestra de opresión de un hombre, simbólica o real, se pasaría por alto, aún con el consentimiento de la que consideramos víctima. Salvo en lo relativo a la mujer musulmana que vive en España y decide vestirse de acuerdo con sus creencias religiosas, como esas mujeres de Ceuta que solo reclaman para ellas el respeto y la tolerancia que practican ellas con los demás.

A veces se equipara frívolamente el uso del burka con la libertad de las monjas católicas

A veces, sobre todo en la izquierda radical, se equipara frívolamente el uso del burka con la libertad de las monjas católicas para pasear por la calle con sus hábitos, pero ignoran la imposibilidad absoluta de comparar las sociedades occidentales y las musulmanas. Pisotean el elemento central de todo debate sobre multiculturalismo, la evidencia de que la libertad plena, la democracia, nunca será posible en una sociedad musulmana teocrática, en las que el líder político es a la vez el líder religioso. Entre las imbecilidades occidentales señaladas de la invasión de Afganistán, se encuentra este debate no resuelto sobre la posibilidad de exportar la democracia a los países musulmanes.

De la misma forma, tampoco tenemos resuelto plenamente el debate inverso, la integración de los musulmanes en las sociedades democráticas. El regreso de los talibanes, igual que ocurrió con la regresión y el caos en el que se sumió la Primavera Árabe, nos conduce otra vez a este laberinto del que no salimos. La incertidumbre que se crea cuando vemos a unas mujeres celebrando, alegres, la fiesta del burkini en España, como un síntoma de libertad y tolerancia, al mismo tiempo que nos estremecen las imágenes de los espectros azules y negros de mujeres encarceladas en su propio cuerpo. ¿Un burkini en una democracia es una muestra de integración de quienes profesan el islam o es una apología de la opresión que sufren otras mujeres musulmanas? Ya se decía al principio que quizá no debemos pretender respuestas ni conclusiones categóricas en este caos.

A la piscina llegaron contentas porque ese día se celebraba la ‘fiesta del burkini’. ¿Una fiesta del burkini en España? Nada tenían que ver ellas con todo lo que estaba pasando a su alrededor, pero la cuestión es que todo se precipitó. Quiso la casualidad que la celebración, la reivindicación del burkini en el parque acuático de Ceuta, el pasado 17 de agosto, coincidiera con la llegada terrorífica de las primeras imágenes de Afganistán de espectros azules o negros, agolpados en alguna calle polvorienta, el burka con el que los talibanes le recuerdan a la mujer que su libertad le pertenece al mulá. Tampoco podrían haber imaginado que la fiesta, en el parque acuático de Ceuta, coincidiría con una nueva polémica sobre los menores que Marruecos utilizó en su ‘invasión’ de la ciudad autónoma, el pasado mes de mayo.

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