La soledad del rey sol: Zapatero y el ‘síndrome de Ottinger’

En el lenguaje político se denomina ‘síndrome de Ottinger’ a un conjunto de síntomas que se manifiesta en un candidato cuando aparenta lo que no es

En el lenguaje político se denomina ‘síndrome de Ottinger’ a un conjunto de síntomas que se manifiesta en un candidato cuando aparenta lo que no es a fin de obtener el respaldo de los ciudadanos. La expresión fue acuñada hace tres décadas en EEUU, y hace mención a Richard Ottinger, un joven e inexperto político que fue candidato al Senado norteamericano en 1976, y a quienes sus asesores de marketing lo convirtieron fugazmente en un personaje con gran capacidad de gestión y sobrados conocimientos de los problemas reales de los ciudadanos.

Pese a su corta edad, Ottinger aparecía ante la opinión pública como un dirigente seguro de sí mismo. Y lo suficientemente agresivo como para convertir a sus adversarios políticos en sujetos débiles. Su perfil público era, por lo tanto, el de un ejecutivo acostumbrado a mandar como si el país fuera una gran empresa, y eso inspiraba confianza entre sus electores.

El efecto Ottinger no duró mucho. El joven político tuvo un día que participar en un debate televisivo con sus experimentados rivales, y éstos, conocedores de las debilidades de Ottinger, hurgaron en sus miserias intelectuales. Desnudaron al candidato y éste se desmoronó cuando le plantearon cuestiones concretas sobre problemas reales de los ciudadanos. Desde entonces, se denomina ‘síndrome de Ottinger’ a quien pretende ser lo que no es.

En la vida política española hay frecuentes casos de dirigentes que aparentan lo que no son gracias al marketing electoral. Ha llegado, incluso, a acuñarse una expresión. ‘Se le ha puesto cara de ministro’, se dice de un político bisoño que a primera vista da la impresión de que tiene el Estado en la cabeza. Esa imagen de político ‘sabelotodo’ y omnipresente que está por encima de todos los problemas es la que ha querido transmitir Nicolás Sarkozy en Francia desde su llegada al Elíseo. Mientras que en España el presidente Zapatero ha abrazado un perfil similar. Estamos ante una variante del ‘síndrome de Ottinger’. La diferencia es que en este caso se trata de políticos profesionales obsesionados por transmitir que ellos controlan la situación en unos momentos especialmente delicados, como los actuales.

Opinión pública y crisis económica

En los últimos meses, Zapatero se presenta como el jefe de Gobierno que da la cara ante la opinión pública y que se pone al frente de la manifestación contra la crisis económica. Pero aparece también como el presidente que está en todas partes. Por supuesto que ningún ministro le hace sombra.

La primera reunión con los banqueros en la Moncloa, en la que Zapatero aparecía sin su vicepresidente económico, es la imagen-fuerza con la que se pretende demostrar que el líder es capaz de resolver los problemas de los ciudadanos. Y hasta de teorizar sobre los asuntos más complejos sin necesidad de echar manos de sus colaboradores. Para sus acólitos, su sola presencia le da una pátina de credibilidad al Gobierno, hasta el punto de que se convierte en un acto de fe.

No se trata de una estrategia improvisada. Tras las últimas elecciones, Zapatero diseñó un consejo de ministros a su medida. Nadie le hace sombra. Ni siquiera la vicepresidenta De la Vega, más preocupada por su imagen pública que por intervenir de forma decisiva en la acción política, salvo la coordinación de las relaciones con la Iglesia o los contactos con las televisiones privadas. La tardía reacción del Ejecutivo en el ‘affaire Bermejo’ ilustra la ausencia de control interno en la acción de Gobierno.

Ni que decir tiene que Pedro Solbes -pese a tratarse de un ministro con categoría de vicepresidente- cumple un papel irrelevante en la coordinación del gabinete económico, y ahí están las ocurrencias de Sebastián, que hacen sonrojar hasta al propio Solbes. Mientras que Rubalcaba, que podría jugar un rol más relevante, se esfuma por la platea no vaya a ser que choque con la vicepresidenta.

Zapatero, de esta forma, aparece como un presidente sin contrapoderes dentro del Consejo de Ministros, lo que refuerza su imagen de líder indiscutido e indiscutible. Él -y nada más que él- es el Consejo de Ministros, un órgano que, al menos constitucionalmente, tiene carácter colegiado, pero que en la práctica se comporta como si se tratara de un órgano unipersonal.

Este modelo de dirección es idéntico al que Zapatero aplica dentro del Partido Socialista. El presidente del Gobierno ha impuesto una línea de conducta que merma la capacidad crítica de los dirigentes del PSOE. Básicamente por una razón. El bajo perfil de su ejecutiva -con dirigentes bisoños y de escasa cualificación- hace imposible debates de calado y enjundia, a lo que sin duda contribuye el hecho de que el sistema electoral español desaconseja cualquier enfrentamiento con la dirección del partido por razones obvias. El presidente, por lo tanto, tampoco tiene contrapoderes en su propia formación.

Un pulso al presidente

El tercer escenario en el que se podría articular un sistema de equilibrios se sitúa en la carrera de San Jerónimo, pero a la luz de los hechos tampoco parece que  dentro del Grupo Socialista existan voces capaces de sostener un pulso al presidente del Gobierno. José Antonio Alonso, el jefe del grupo, además de ser íntimo amigo de Zapatero, funciona  más como un jefe de personal que como líder de la bancada socialista, convirtiendo en papel mojado la célebre separación de poderes. Dicho en otros términos, los diputados socialistas (como anteriormente ocurrió con los conservadores) no tienen ninguna autonomía respecto del poder ejecutivo, lo cual es una degradación evidente de la democracia. No se trata, por supuesto, de un problema vinculado a que la política española sea cada vez más presidencialista. El presidente estadounidense tiene amplios poderes (más que en España) pero tiene que lidiar con los congresistas y senadores de su propio partido.

Así se ha llegado a la situación actual, caracterizada por la existencia de una figura omnipresente que tapona cualquier pronunciamiento público de los dirigentes socialistas. Ya sea en el Consejo de Ministros, en el Parlamento o en la ejecutiva del PSOE. El hipotético cambio de Gobierno, por lo tanto, se plantea en términos subjetivos (depende sólo de la voluntad exclusiva del jefe del Ejecutivo), sin atender a criterios de representatividad dentro del Partido Socialista. O a criterios de meritocracia dentro de la vida política con la inclusión de independientes o compañeros de viaje con personalidad y conocimientos suficientes para imponer su criterio.

Tanto poder en manos de Zapatero ha acabado por convertir al presidente del Gobierno en un personaje solitario. Encerrado en su propio laberinto. Eso sí, rodeado de aduladores que sólo dicen lo que el presidente quiere escuchar. No se trata, desde luego, de un fenómeno nuevo. Ni siquiera original. La historia ha demostrado hasta la saciedad situaciones parecidas. En particular en las dictaduras, donde el jefe supremo acostumbra a rodearse de mediocres que simplemente son una prolongación de su poder. Afortunadamente, no es ese el caso que nos ocupa. España es una democracia, aunque sea manifiestamente mejorable, como las fincas del duque.

En democracia, sin embargo, este comportamiento es menos habitual. Y cuando se manifiesta se produce un empobrecimiento del debate político, lo que sin duda afecta al nivel de bienestar de los ciudadanos. Las sociedades más ricas y eficientes son aquellas que se construyen sobre la base del contraste de pareceres y de la reflexión, ya que permite identificar mejor los problemas, y, por lo tanto,  las soluciones. El tacticismo electoral es a menudo el peor enemigo de la estrategia política, y eso explica que partidos con amplia base social tiendan a perder su hegemonía por errores de bulto al haber construido su discurso en torno al jefe.

Eso es lo que le sucedió a Aznar en la segunda legislatura, en la que emulando al guatemalteco Miguel Ángel Asturias jugó a convertirse en un remedo de ‘El Señor Presidente’. Ni que decir tiene que el PP lleva desde entonces en la oposición. Por algo será.
Mientras Tanto
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