¿Jubilarse a los 67 años? No es eso, no es eso

De manera un tanto injusta, suele atribuirse al canciller Bismarck la puesta en marcha del primer sistema de pensiones en el mundo. Pero en realidad el

De manera un tanto injusta, suele atribuirse al canciller Bismarck la puesta en marcha del primer sistema de pensiones en el mundo. Pero en realidad el invento fue obra de un personaje fascinante llamado Jean-Baptiste Colbert, ministro de Finanzas de Luis XIV. 

 

Colbert fue el primer gobernante moderno que obligó a los funcionarios de la monarquía borbónica anterior a la Revolución francesa a llevar al día un libro de entradas, otro de salidas, y un tercero de fondos públicos. Los funcionarios estaban obligados a hacer todas las anotaciones contables sobre ingresos y gastos. El remanente se emplearía en estimular la actividad económica, y así es como nació el término colbertismo, símbolo del fomento de la riqueza mediante la intervención de los poderes públicos.

 

Gracias a este primer control del erario público, se pudo poner en marcha en las postrimerías del siglo XVII un rudimentario sistema de protección social. Los primeros beneficiarios fueron los marinos mercantes de las indias orientales y occidentales, a quienes se garantizaba unos ingresos en el momento de su retiro. Desde entonces, y tras las reformas del ‘canciller de hierro’,  sin duda las más relevantes, el sistema de pensiones (con mayor o menor generosidad) se ha ido consolidando en el mundo desarrollado, fundamentalmente a partir de 1945. Estamos, por lo tanto, ante un sistema de largo recorrido que ha atravesado revoluciones, golpes de Estado, guerras, periodos de depresión económica y, por supuesto, etapas de exuberancia. Y que sobrevivirá, incluso, al desastre económico que para este país supone la pérdida de cerca de dos millones de puestos de trabajo en apenas ocho trimestres.

"La edad de jubilación no es la única variable relevante a la hora de garantizar la sostenibilidad de las pensiones sino el número de años cotizados, y hoy las vidas laborales son más largas que en el pasado"

 

Sobrevivirá incluso a la falsa idea de que el problema de las pensiones a largo plazo se resolverá si se amplía la edad de jubilación de 65 a 67 años, de forma obligatoria y no con carácter voluntario, como establece la legislación actual.

 

Se trata de un idea equivocada que comparten muchos analistas. Eso es cierto. Pero que parte de una premisa argumentalmente débil. Es verdad que la esperanza de vida de los españoles ha crecido de forma colosal en los últimos años y que seguirá haciéndolo en los próximos. Pero no es menos cierto que precisamente porque los españoles viven más, han podido trabajar también durante bastantes más años, lo que explica la existencia de larguísimas carreras laborales en muchas ocasiones superiores a los 45 años, pese a que el sistema sólo tiene en cuenta 35 cotizados.

 

Productividad del trabajo

 

Pero no sólo eso. Cualquier análisis riguroso debería tener en cuenta que la financiación de la Seguridad Social no sólo depende del número de años en situación de alta laboral, sino sobre todo de los recursos económicos aportados por los trabajadores afiliados al sistema (las llamadas bases de cotización), y nadie dudará que la productividad de un empleado de hoy (y por lo tanto su salario) es sustancialmente más elevada que la de un trabajador de hace treinta o cuarenta años, básicamente por los avances tecnológicos. Los incrementos de productividad, por lo tanto, van a favor de obra, que diría el castizo.

 

Conviene recordar algunos datos que suelen oscurecerse en el debate político. Probablemente por la existencia de intereses de parte. Veamos,  En la década que transcurre entre 1911 y 1920, en los albores del actual sistema de la Seguridad Social, la edad media en que se empezaba a trabajar se situaba en una cifra que hoy parecerá increíble: 14,3 años, pero así era la vida en aquellos tiempos duros.

 

El progreso social y educativo permitió que tres décadas más tarde la edad de entrada al mercado de trabajo se retrasara de forma notable. En 1950, la edad media se situó en 16 años; y veinte más tarde, en 1970, ya se había alcanzado la mayoría de edad actual (por aquel tiempo la legal se situaba en 21 años). En 1970, la edad media al comenzar a trabajar se situaba en 18,2 años.

 

 ¿Y cuál es la edad actual? Datos calculados a partir de la información que suministra el INE indican que se sitúa en el entorno de los 20 años. No hay que olvidar que casi la tercera parte de los jóvenes acaban su vida escolar a los 16 años debido a las altas tasas de fracaso escolar. Quiere decir esto que en noventa años la entrada en el mercado de trabajo se ha incrementado en poco más de seis años (cualitativamente muy importantes).

 

¿Y cuánto ha crecido la esperanza de vida y por lo tanto la vida laboral de un trabajador? Pues desde luego mucho más. En los años 20, la esperanza de vida se situaba en 41,73 años; en 1950, llegaba ya a los 62,10 años, y en 1970, a los 72,36. En la actualidad, y según las últimas cifras de Estadística, la esperanza de vida se sitúa en 80,94 años.

 

Esperanza de vida

 

¿Qué quiere decir esto? Puede que a medida que ha ido avanzado la esperanza de vida ha crecido en paralelo el número de años trabajados, y hoy -y siempre hablando de medias- lo más probable es que se alcance la edad de jubilación después de haber cotizado durante 45 años o incluso más. Es decir, bastante más que en las décadas anteriores. 

 

La edad de jubilación, por lo tanto, no es la única variable relevante a la hora de garantizar la sostenibilidad del sistema de pensiones sino el número de años cotizados y la capacidad de crear riqueza aumentando la productividad del factor trabajo. Y por eso sorprende que ambas variables -y sólo las exclusivamente demográficas- no se tenga en cuenta en el debate que propone el Gobierno. Lo determinante no es si alguien se jubila a los 65 o a los 70 años, sino cuántos años ha cotizado a la Seguridad Social y si sus bases de cotización guardan una correspondencia razonable entre lo cotizado y lo percibido, la llamada contributividad del sistema. O dicho en otros términos, en qué medida cada trabajador ha ‘capitalizado’ su pensión mes a mes, aunque estemos hablando de un sistema de reparto. Parece evidente que puede ocurrir que un trabajador se jubile a los 67 años después de haber cotizado durante menos tiempo que otro que lo haya hecho a los 65 años. No parece que ese criterio sea muy justo.

 

¿Quiere decir esto que hay que cruzarse de brazos ante el envejecimiento de la población? En absoluto. Lo razonable es incentivar el retraso en la edad  de jubilación, pero de forma voluntaria. Algo que, por cierto, propone el Pacto de Toledo y que apenas se ha cumplido, precisamente por falta de estímulos. Los últimos datos de la Seguridad Social muestran que tan sólo 129.909 trabajadores con más de 65 años continúan afiliados como ocupados, apenas 21.000 más que hace una década, lo que da idea del fracaso de la iniciativa por falta de suficientes incentivos.

 

Cuentas nocionles

 

Ahora que tanto se mira a Europa, no estaría de más que se explorara la posibilidad de aplicar en España las llamadas cuentas nocionales, un palabro que esconde una idea muy inteligente. Las cuentas nocionales recogen las aportaciones individuales de cada cotizante y los rendimientos ficticos que dichas aportaciones generan a lo largo de la vida laboral. En el momento en que el trabajador cumple la edad legal de jubliación, recibe una prestación que se derva del propio fondo nocional acumulado y de la mortalidad específica de su generación. Se trata, por lo tanto, de un sistema de reparto y no de capitalización. La ventaja es que cada trabajador sabe con un elevado grado de certeza cuánto cobrará en el momento de jubilarse. Y, por lo tanto, puede tomar una decisión sobre el momento de jubilarse.

 

No es este,desde luego, el único argumento  contra el retraso en la edad de jubilación. A menudo se cita el ejemplo alemán, pero se olvida que la estructura productiva española es completamente diferente a la germana y a la de otros países que se han planteado una reforma de las pensiones en la dirección que propone el Gobierno. No es que todos los alemanes sean ingenieros o arquitectos, pero es indudable -y así lo dicen las estadísticas-  que la especialización productiva de España pasa por dos sectores fundamentales hoy seriamente tocados: la hostelería y la construcción, poco compatibles con la prolongación de la vida laboral. Una medida en ese sentido sólo aumentaría el fraude mediante bajas médicas.

 

Pero es que, además, una prolongación de la vida laboral tapona el acceso al trabajo de los jóvenes, algo de crucial importancia en un país en el que el empleo es un bien escaso incluso en periodos de bonanza. Ni siquiera después de crecer 13 años ininterrumpidos por encima del 8%, España pudo bajar del 8% de paro, lo cual pone de relieve el problema central de las pensiones en un sistema de reparto: la falta de ocupación. Este es el meollo del asunto y no la edad de jubilación (al menos en estos momentos). Las pensiones sólo podrán pagarse si se crean puestos de trabajo, aunque la vida laboral se alargue hasta los 75 años.

Mientras Tanto

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