MIENTRAS TANTO

Pedro J. Ramírez, ¿suicidio o asesinato?

La frase que más escuché de labios de Pedro J. fue un viejo aserto periodístico: ‘Tus exclusivas de hoy servirán para envolver los bocadillos de mañana’

Foto: El exdirector de 'El Mundo', Pedro J. Ramírez (E. Villarino).
El exdirector de 'El Mundo', Pedro J. Ramírez (E. Villarino).

La frase que más veces escuché salir de los labios de Pedro J. Ramírez durante los 13 años que trabajé en El Mundo fue un viejo aserto periodístico. Y dice más o menos así: "Tus exclusivas de hoy servirán para envolver los bocadillos de mañana". Detrás de esta célebre afirmación se encuentra una cierta forma de entender el periodismo, probablemente consustancial a su razón de ser. Lo que hoy consideramos un hecho extraordinariamente relevante se baña, en realidad, en las aguas de la futilidad. No hay nada que dure menos que una exclusiva.

Esto lo comprendió mejor que nadie Pedro J. Ramírez, y eso explica su éxito. El exdirector de El Mundo ha convertido la información en un espectáculo convencido de que las exclusivas de hoy -y también las falsas noticias- apenas duran 24 horas. Por eso, cada mañana, necesitaba un cadáver que llevarse a la mesa. "Otra familia arruinada", se decía con sorna en la redacción. Ahí radica su extraordinario recorrido como director de periódicos. La capacidad para entender que las noticias forman ya parte de la industria del entretenimiento.

No es, desde luego, sólo su culpa. Los propios periodistas, convertidos en muchos casos en saltimbanquis del poder (ya decía Rodríguez Ibarra que cuando un señorito invitaba a un pobre a un sarao era para dar palmas), tienen mucho que ver con ello. Se confunde a menudo dirigir un periódico con vender periódicos, que no es exactamente lo mismo, aunque suene igual.

No quiere decir esto, por supuesto, que estemos ante un personaje banal o insustancial. Al contrario. La profundidad de su pensamiento se ha podido leer de forma profusa a través de sus sermones dominicales en el sentido evangélico del término. Y su capacidad dialéctica es, igualmente, memorable. Nunca he visto una puerta más abierta que la suya como director de un gran medio. Y nunca he visto a nadie disfrutar tanto con ese intangible tan delicado que es la información pese a que por su manos han circulado auténticos secretos de Estado. Y ya se sabe, como se decía en las viejas redacciones, que todo lo que no es información es propaganda.

España, que es un país sectario desde hace siglos, ha reproducido hasta el vómito el clientelismo en las redacciones. Los periódicos siguen siendo de un partido o de otro. El vicio es tan fuerte que incluso muchos de los últimos proyectos nacidos en internet no buscan la información, sino cubrir un determinado espacio político, lo cual es la muerte del periodismoObscenas relaciones

Esta sorprendente capacidad para reinventarse cada día -gracias a su arrojo informativo para sacar verdaderas exclusivas pese a estar sometido a todo tipo de presiones- es lo que explica su supervivencia como director de periódicos. Sin duda, beneficiado por esas obscenas relaciones que han tejido desde la Transición el poder político y el mundo de la prensa.

España, que es un país sectario desde hace siglos, ha reproducido hasta el vómito el clientelismo en las redacciones. Los periódicos siguen siendo de un partido o de otro. El vicio es tan fuerte que incluso muchos de los últimos proyectos nacidos en internet no buscan la información desnuda libre de ataduras, sino cubrir un determinado espacio político, lo cual es la muerte del periodismo. El fenómeno es tan salvaje que incluso, cuando las empresas crecen demasiado (como le ocurrió al Grupo Prisa respecto del PSOE de González y Rubalcaba), son los propios diarios quienes dirigen la orientación de una determinada fuerza política.

En otras ocasiones, y por falta de calidad informativa o por pura vanidad, lo que se pretende es identificar a la propia marca periodística con el poder emergente, y eso explica la deplorable foto de Carabaña (Madrid), en la que un exultante Pedro J. salía al balcón a saludar del brazo de Aznar, Ana Botella y Rodrigo Rato. La foto, en todo caso, no es más obscena que esas repugnantes celebraciones de La Razón o ABC en las que se presume sin rubor de cuántos ministros hay por metro cuadrado. Es como si un juez celebrara su cumpleaños invitando a los narcotraficantes que días más tarde deberá juzgar.

Cada profesión debe cumplir su papel, y con razón los ciudadanos han dejado de comprar periódicos, porque conocen el contubernio que existe entre el poder y los media. Hay incluso capos de la prensa que reciben desvergonzadamente a ‘sus clientes’ cada mañana en hoteles de lujo para dar cuenta de sus fechorías. Son los mauricios nuestros de cada día.

En unas ocasiones se trata de comprar voluntades a través de concesiones administrativas que luego, de forma absolutamente arbitraria e ilegal, se subarriendan; y en otras, pudriendo la profesión con pactos contra natura. Cientos de iniciativas parlamentarias han sido en realidad consensuadas entre periodistas y políticos, lo cual refleja la independencia de unos y otros.

La causa de esta merdé probablemente tenga que ver con una relación heredada de la Transición, cuando la clase política y la periodística se necesitaban para sacar al país adelante.

No se trata, desde luego, de un fenómeno sólo español. Cuando falleció Katharine Graham, la legendaria editora del Washington Post, el encargado de glosar su figura fue Henry Kissinger, como se sabe, el cerebro de la política exterior de Nixon, caído por la incuestionable audacia del Post.

Dentelladas del poder

El resultado, en todo caso, es una crisis de la prensa sin precedentes que no sólo tiene que ver con la innovación tecnológica (la aparición de internet) o con la crisis económica (desplome de la publicidad), sino también con la forma de hacer periodismo. El creciente descrédito de los políticos, como no podía ser de otra manera, ha acabado por arrastrar también a muchos periódicos. Sin duda porque el lector sabe que ambos son la misma cosa, hijos de la misma madera. Y ya se sabe que perro no come perro. Ese el gran error (o acierto) de Pedro J. Ramírez. Cuando ha comenzado a salirse del sistema le han llegado las dentelladas de los poderosos. Al final se quedó sin aliados.  

En otras ocasiones, lo que se pretende es identificar a la propia marca periodística con el poder emergente, y eso explica la deplorable foto de Carabaña (Madrid), en la que un exultante Pedro J. salía al balcón a saludar del brazo de Aznar, Ana Botella y Rodrigo Rato. La foto, en todo caso, no es más obscena que esas repugnantes celebraciones de 'La Razón' o 'ABC'Desde luego que él ha puesto su granito de arena. La desgraciada situación económica del grupo es lo mismo que tener al enemigo en casa. Un periódico no puede ser independiente y verdaderamente libre si no tiene su situación económica saneada, y ese es, en realidad, el problema de la gran prensa en España, que está en manos de los bancos y de las grandes corporaciones. Hoy los directores de periódicos son funcionarios de grupos multimedia y en su lugar mandan los directores financieros.

Ese es, por ejemplo, el modelo del Corriere della Sera, cuyo accionariado está preñado de la gran industria italiana. Y ese modelo es el que de alguna manera se ha querido importar para España, en particular en el caso del diario El País, convertido en el profeta de la recuperación económica. En el periódico del poder establecido.

Con razón hay una vieja máxima en el periodismo que dice que es más difícil cerrar un periódico que abrirlo, simplemente porque hace tiempo que han dejado de ser un producto informativo y se han convertido en una herramienta del poder. Hay incluso periódicos que en 15 años de vida no han dado nunca beneficios, y ahí andan, dando lecciones de ética. Sin duda porque el mapa de la información tiene cada vez más que ver con el diseño político de África. Cuando en el siglo pasado los países imperialistas se repartían el pastel tirando líneas arbitrarias. ‘Este trozo para mí, este para ti’. Grupos multimedia que hoy presumen de lozanía, nacieron precisamente así. En los despachos de la calle Génova. O en Ferraz, como se prefiera.

El problema es que caído Pedro J. -al menos por el momento- existe un riesgo cierto de que la prensa (siempre nos quedará internet) camine por las aguas procelosas del fulanismo gubernamental. De ese capitalismo de amiguetes -el capitalismo castizo- del que se habla tanto ahora y que es la mayor aportación que ha hecho este país al pensamiento económico. Pedro J. Ramírez sabe mucho de ello. Primero, cuando quiso convertirse en el aliado estratégico del primer Gobierno Aznar (la guerra del fútbol), y, posteriormente, cuando coqueteó con un patético Zapatero simplemente para que los lectores supieran que él era la concubina del poder. Por supuesto, tan infiel como son todas las concubinas en aras de lograr un buen scoop.

Al final, ha ocurrido lo obvio. Rajoy es consciente de que no necesita al exdirector de El Mundo para sobrevivir porque ya tiene a su tropa de corifeos, mientras que el PSOE de Rubalcaba no es precisamente el de Zapatero (Roma no paga traidores). El resultado, como no podía ser de otra manera, es que entre todos lo han asesinado. Desgraciadamente, la prensa -la mala prensa- no puede vivir si no está cobijada en los aledaños del poder. Y para rematar este crimen, es el propio Pedro J. Ramírez quien se ha suicidado (aunque desde luego no es único responsable) con operaciones disparatadas como la compra del grupo Recoletos a su amigo Castellanos a un precio descabellado. O disparando contra la ideología de sus propios lectores. Suicidio y asesinato (por contradictorio que parezca) es el veredicto final.

Habrá quien piense que en realidad todas estas cuitas responden a un cierto canibalismo consustancial a este oficio de tinieblas que es el periodismo. Pero en realidad se trata de un asunto crucial desde el punto de vista democrático. La globalización concentra cada vez el poder en menos manos, y si la prensa cae bajo la órbita de quienes manejan los hilos de la economía y los resortes del poder, el país será más pobre. Y no sólo en el sentido económico del término. Sin periodistas como Pedro J. el futuro es más sombrío y anodino. Lo que ocurre en Cataluña, donde una prensa apesebrada le ríe las gracias al poder a cambio de licencias y subvenciones, es un buen ejemplo.

Sólo las naciones ignorantes desprecian el valor de la información, que no es únicamente un factor esencial para que avance la productividad o la calidad del sistema democrático, sino que cumple un papel determinante en la legitimación social de las decisiones políticas. Si los gobiernos no son censurados por la prensa, el país se muere por falta de contrapoderes. Es el abecé de la democracia y la razón de una sociedad libre. No se puede estar en la vanguardia desde la retaguardia.

Josep Medill, director fundador del Tribune de Chicago, describió una vez la fórmula para dirigir un buen diario: “Pues bien, dad noticias”. Esperemos que no se pierda la costumbre. Desde luego, en El Confidencial lo intentamos.

Mientras Tanto
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