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Una comparación odiosa

¿Qué hubiera pasado en EEUU si las autoridades hubieran actuado de la misma forma que en Europa desde que estalló la crisis de la hipotecas subprime?

Foto: Una comparación odiosa

La pregunta se la hacía con cierta melancolía –y algo de amargura– hace unos días un prestigioso economista: ¿qué habría pasado en EEUU si las autoridades económicas hubieran actuado de la misma forma que en Europa desde que estalló la crisis de la hipotecas subprime? O expresado a la inversa. ¿Dónde se situaría ahora la economía europea de haberse hecho lo mismo que en EEUU para huir de la recesión?

El interrogante puede parecer ocioso. Incluso absurdo, pero no lo es. Lo que está claro es que la economía estadounidense no habría crecido en los últimos cuatro años por encima del 2%; la producción industrial no estaría en máximos desde el anterior ciclo; el desempleo tampoco se situaría  en un ‘raquítico’ 6,7% de la población activa (EEUU ya ha logrado recuperar el empleo destruido durante la Gran Recesión), y la inflación –la pesadilla de los banqueros del BCE cuando sube mucho o baja demasiado– no se situaría en el 2%, precisamente la tasa por la que suspira Europa para alejar los fantasmas de la deflación. Ni, por supuesto, el Dow Jones estaría en máximos históricos. Lo cual es compatible con el hecho de que el Tesoro norteamericano pague rentabilidades extremadamente bajas pese al imponente déficit presupuestario y el elevado endeudamiento.

Es obvio que sería absurda una comparación mecánica de las economías de uno y otro lado del Atlántico. Básicamente, porque ambas regiones no sólo tienen estructuras económicas, sociales y políticas muy diferentes, sino porque, además, la fractura territorial es indiscutible en el caso de Europa, donde la competitividad, la productividad y hasta la calidad de las instituciones y los sistemas políticos son en muchos casos hasta antagónicos. Sin mencionar el hecho incuestionable de que las pruebas de esfuerzo a la banca se hicieron primero en EEUU y luego en Europa, y eso permitió abrir antes el grifo del crédito.

Es relevante la ausencia de un debate serio en Europa sobre por qué una región ha salido antes de la crisis que otra. La respuesta es obvia. Alemania y los países del centro de Europa –los acreedores– han impuesto su modelo de política económica. Y el resto –los deudores– han tenido que obedecer bajo la presión de los mercados financieros en forma de prima de riesgoSin embargo, al margen de esta evidencia, lo que es relevante es comprobar el resultado que han dado hasta ahora las diferentes políticas económicas practicadas. En un caso, poniendo el acento en estimular el crecimiento de la demanda interna con políticas fiscales más expansivas  y sin devaluaciones salariales -caso de EEUU- y en otro, impulsando políticas de austeridad –un extraño placer por la tortura presupuestaria de raíz medieval– que, paradójicamente, han elevado el endeudamiento de los países con más problemas (los del sur de Europa más Irlanda) por encima del 100% del PIB. España está a punto de alcanzar ese nivel.

La comparación no pasaría de ser una disquisición teórica si no fuera porque detrás de los números hay circunstancias aterradoras. El PIB de la zona euro fue negativo en 2012 y 2013 (un 0,6% y un 0,4%, respectivamente); la producción industrial se mantiene anclada en los niveles de 2010; el desempleo sigue rozando un máximo histórico del 12% y la inflación se ha desplomado hasta el 0,5%. Eso sí, la Eurozona puede presumir de contar con un majestuoso superávit de la balanza de pagos por cuenta corriente equivalente a ¡66.000 millones de euros! Algo que sin duda explica la fortaleza del euro pese a la política monetaria del BCE, dispuesto ahora –con varios años de retraso– a tirar la casa por la ventana bajando los tipos de interés hasta casi cero y financiando otra ronda de préstamos por más de 400.000 millones de euros a cuatro años. Con razón John Connally, el secretario del Tesoro de Kennedy, pronunció su célebre frase: ‘El dólar es nuestra moneda, pero es vuestro problema’.

Acreedores y deudores

Más allá de las cifras, lo que es relevante, sin embargo, es la ausencia de un debate serio en Europa sobre por qué una región ha salido antes de la crisis que otra. La respuesta es obvia. Alemania y los países del centro de Europa –los acreedores– han impuesto su modelo de política económica. Y el resto –los deudores– han tenido que obedecer bajo la presión de los mercados financieros en forma de prima de riesgo.

Esta asimetría tiene una explicación económica, pero carece de cualquier racionalidad en términos políticos. Máxime cuando la propia Unión Europea se constituyó desde el primer día como un proyecto político, no una mera unión aduanera. Y por eso sorprende que los países más perjudicados con la estrategia diseñada desde Berlín no hayan sido capaces de tener voz propia en este proceso. En su lugar, lo que se ha hecho es intentar reescribir la historia asegurando que ésta era la única vía para salir del agujero. Falso.

Los economistas Mian y Sufi incluso están convencidos de que la Gran Recesión podría haber sido suavizada si el Gobierno federal –no digamos en el caso de Europa– hubiera actuado todavía de manera más agresiva para ayudar a los propietarios de viviendas mediante la reducción de las deudas hipotecarias. Incluso trasladando parte del riesgo a los prestamistas que de forma irresponsable dieron los créditosEl caso de España es evidente. Rajoy ha hecho lo que le ha dicho Alemania, y aunque es cierto que esa estrategia de política económica incorpora altas dosis de racionalidad, parece evidente que las circunstancias de cada país son distintas, y por eso llama la atención que el Gobierno siga siendo más papista que el papa y en lugar de impulsar políticas de demanda –dentro del margen con el que cuenta– insista en políticas exclusivamente de oferta, como las aprobadas en el último Consejo de Ministros, para salir de la crisis.

Como si España no tuviera un problema de sobrecapacidad instalada. Sobra de casi todo. Nada menos que una cuarta parte de la capacidad productiva está ociosa. Como si el problema de las familias y las empresas fueran las comisiones por el uso de la tarjeta de crédito, un coste marginal inapreciable desde el punto de vista económico.

No es difícil adivinar dónde estaría la economía de EEUU si se hubiera practicado una devaluación salarial tan severa como la realizada en algunos países europeos. En algunos casos con magros resultados. Desgraciadamente, el desplome de la inflación en Europa se ha comido buena parte de la competitividad ganada con enormes sacrificios salariales y masivos despidos.

Ortodoxia masoquista

Tanta ortodoxia masoquista, sin embargo, oculta otras realidades. Atif Mian y Amir Sufi, representantes de una nueva generación de economistas que escudriña miríadas de datos antes de sacar conclusiones, revelan en House of Debt –aún sin traducción en España– cómo la Gran Recesión y la Gran Depresión, así como el malestar económico actual en Europa, tienen su origen en un gran endeudamiento de los hogares seguido de una significativa caída en el gasto de las familias, cuya propensión al consumo se reduce de forma drástica a la par que su riqueza inmobiliaria. Y es por eso que lo que se propone todo lo contrario. Estimular el consumo para impulsar la actividad. Y los salarios, por coherencia, cumplen en este sentido un papel esencial, mucho más que ridículas políticas de oferta, intranscendentes para generar actividad y movidas sólo por razones ideológicas.

Mian y Sufi incluso están convencidos de que la Gran Recesión podría haber sido suavizada si el Gobierno federal –no digamos en el caso de Europa– hubiera actuado todavía de manera más agresiva para ayudar a los propietarios de viviendas mediante la reducción de las deudas hipotecarias. Incluso trasladando parte del riesgo a los prestamistas que de forma irresponsable dieron los créditos. Todo con un objetivo: estimular la economía, una idea que no pasa exclusivamente por políticas fiscales más laxas.

Su conclusión es una lección de economía. La falta de demanda de crédito juega un papel mucho más importante que la oferta restringida a la hora de estimular el crecimiento. Ninguna empresa –y menos una pyme– pide un préstamo a su banco cuando tiene la certeza de que su negocio no crecerá por falta de renta disponible de sus clientes. Incluso, si alguien está en condiciones de pedir un préstamo, lo hará para refinanciar un crédito anterior aprovechando la existencia de tipos de interés más bajos, como sucedió en Japón durante la década perdida. En el caso español, el desapalancamiento se está haciendo a costa de reducir el empleo y los salarios en las empresas, como pone de relieve la Central de Balances. Por decirlo de una manera directa, lo que faltan son consumidores, no crédito.

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