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¿Quién matará a los hijos de Bruto?

Se confunde regeneración con política de tierra calcinada como consecuencia de la existencia de líderes de escasa consistencia intelectual

Foto: Eduardo Madina y Pedro Sánchez. (E. C.)
Eduardo Madina y Pedro Sánchez. (E. C.)

Fue Maquiavelo quien advirtió en sus Discursos que "quien estableciera una república y no matase a los hijos de Bruto, duraría poco tiempo". El sabio florentino llegó a esta conclusión tras observar las lecciones de la historia antigua, que enseña que toda mutación de régimen político, de república a tiranía o de tiranía a república, necesita dar un ‘castigo memorable’ a los enemigos que ostentaban el poder durante el régimen anterior. De ahí su conocida conclusión: para asentar un nuevo sistema político, lo primero que hay que hacer es asesinar al precedente.

Este principio de actuación política es el que ha atravesado este país cada cierto periodo de tiempo. Se ha impuesto la política de tierra quemada y hasta el ‘adanismo’ más pedestre y trivial, lo cual ha generado una trágica circunstancia. La ausencia de un relato histórico común capaz de ser interpretado de forma más o menos homogénea por el conjunto de la ciudadanía. Algo que puede explicar el desdén por los asuntos de Estado, aquellos que van más allá de las escaramuzas políticas. Todo es efímero, incluso la historia más larga.

Hay quien ha achacado este desinterés por las ‘cosas grandes’, aquellas que duran varias generaciones, a ese pecado capital de los españoles que ya identificaron desde la Roma clásica muchos pensadores: el orgullo, que convierte a la acción política en un acto de resentimiento frente a todo lo anterior. José Cadalso –escritor y militar– llegó a decir alarmado: "La generación entera abomina de las generaciones que la han precedido. No lo entiendo".

Fruto de ello es un país en el que se hace borrón y cuenta nueva de lo anterior con una frivolidad pasmosa. Y el último ejemplo es el absurdo proceso electoral que ha elegido el Partido Socialista para elegir a su secretario general. Es tan irracional que primero se descarta a quienes no alcancen el 5% de los avales de los afiliados, cuando lo razonable sería que los candidatos anunciaran primero en público su ‘programa de gobierno’ con debate previo. Pero, en lugar de hacerlo así, lo que se hace es un sistema de captación de apoyos tutelado convenientemente por los barones regionales, que son quienes dictan a sus seguidores a quién hay que avalar y a quién no hay que hacerlo.

¿O es que alguien cree que el diputado Pedro Sánchez habría obtenido tantos avales si no es porque Susana Díaz u otros mandarines territoriales han dado el nihil obstat? Con razón Madina quiere saber quién está detrás de los avales.

Fecha de caducidad

El procedimiento, sin embargo, no es lo relevante. Al contrario. Los partidos que se fijan más en cómo elegir a sus líderes que en su mensaje acaban convirtiéndose en simples maquinarias electorales, normalmente poco engrasadas para ganar comicios. Y lo que es peor, con ideología a la que se le ha pasado la fecha de caducidad.

El problema de fondo, por el contrario, tiene que ver con la propia esencia del partido, que tras cada elección queda en manos de nuevos dirigentes que para hacer valer su autoridad lo primero que hacen es alejarse de la anterior dirección, muchas veces de forma artificial y forzada. Ese fue el ‘error Zapatero’ dentro del PSOE, que liquidó de forma prematura a muchos dirigentes y en su lugar colocó a líderes advenedizos y sin formación alguna, haciendo buena esa tendencia a empezar desde cero la acción política, algo consustancial a nuestra clase dirigente.

Se confunde, de esta manera, regeneración –sin duda necesaria– con política de tierra calcinada como consecuencia de la existencia de líderes de escasa consistencia intelectual. Cuando hoy el problema del PSOE no es otro que haber sido incapaz de ofrecer un modelo de partido asentando de forma homogénea en todo el territorio y con un mensaje único por ausencia de liderazgo, lo que ha acabado por horadar sus bases electorales. Como dijo María Zambrano al recoger el Cervantes, ha caído en el laberinto de la perplejidad y del asombro.

Todo es tan absurdo que el éxito de Sánchez –si finalmente vence a Madina– es que aparece ante los afiliados como un socialista que no tiene nada que ver con la dirección anterior. En este punto se centra su principal activo político. Habla correctamente y refleja una imagen moderna alejada de Rubalcaba, que ha demostrado ser mejor líder de la oposición que gobernante. Mientras que si gana Madina se habrá cuidado mucho de no decir nada de su implicación en la gestión del grupo parlamentario del actual PSOE, precisamente para que no se le tache de reminiscencia del pasado. Es como si el Partido Socialista careciera de historia. Y la tiene.

Uno y otro, en todo caso, estarán atados de pies y manos a causa de la demencial política de avales, que concede a los avalistas un poder de decisión casi ilimitado en caso de que su candidato llegue a la secretaria general. Esta política de alianzas sería lícita si el nuevo dirigente tuviera un verdadero liderazgo, pero al final –y el tiempo lo dirá– tendrá que deberse a sus respaldos territoriales, lo que lastrará su autonomía política.

Así es como se ha inoculado la bacteria que ha destruido el tejido socialista, que, en lugar de mantener su esencia federal –como lo era desde los tiempos del original Pablo Iglesias y no de sus imitadores–, ha terminado siendo una federación de partidos. O lo que es lo peor, el secretario general ha acabado por tener muy poco poder, lo que le ha obligado a coordinar su estrategia de forma paralizante con los barones regionales. Lejos, muy lejos, del partido presidencialista que destilaba el PSOE en los tiempos de Felipe González (y Alfonso Guerra).

"Cuando un 40% del partido se pone de acuerdo sobre un punto, el secretario general está muerto", sostenía amargamente hace unos días una dirigente socialista. Y ese es, en verdad, el problema. Es intranscendente que se llame Madina o Sánchez.

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