Banco Popular: las urracas se comen al espantapájaros

Ángel Ron nunca hizo caso a uno de los consejos que le hizo Luis Valls antes de morir: "Hay que ser previsibles". El Popular dejó de serlo y hoy está a punto de perder su independencia

Foto: Ángel Ron frente al logo del Popular en febrero de este año. (EFE)
Ángel Ron frente al logo del Popular en febrero de este año. (EFE)

El Banco Popular ha acaparado las portadas de los periódicos de los últimos días pero la crisis de la entidad viene de lejos. A la ampliación de capital que llevó a cabo en mayo de 2016 y el cambio de liderazgo que ha sufrido la entidad –de Ángel Ron a Emilio Saracho– se suma al mínimo histórico al que ha llegado el precio de sus acciones. Esta semana acumulaba una caída del 24,75%. No acaban aquí los problemas. La nueva operación corporativa que ha sugerido Saracho se enfrenta a una posible demanda de los minoristas y a precios de derribo. Estos son algunos de los factores que han puesto el foco de atención sobre este banco fundado en 1926 y cuya historia en plena Transición dice mucho del camino que está tomando la entidad.

Hay dos episodios singulares que reflejan la impronta que quiso dar Luis Valls Taberner al Banco Popular. Durante años, algo más que una entidad financiera. Ambos sucedieron al principio de la Transición. A comienzos de 1977, tres patronales competían por representar a los empresarios ante la inminente desaparición de los sindicatos verticales. Una de ellas, la que inspiraba el exalcalde el exalcalde Rodríguez Sahagún, era la que patrocinaba el banquero Jaime Botín (Bankinter), quien había pedido a cada uno de los siete grandes cuatro millones de pesetas para financiar algo que con el paso del tiempo sería la CEOE. En total, 28 millones.

Seis de los siete grandes bancos del país acudieron a la cuestación. Todos, menos el Popular de Luis Valls, que no estaba por la labor.

Luis Valls. (EFE)
Luis Valls. (EFE)

El segundo episodio sucedió unos meses después. Suárez había convocado ya las elecciones del 15 de junio, y el PCE -el principal partido de oposición al Franquismo- necesitaba dinero fresco para concurrir. Todos los banqueros le negaron la financiación a Santiago Carrillo. Todos, menos uno: el Popular de Luis Valls.

No es que el florentino banquero barcelonés se hubiera hecho comunista y odiara a los empresarios, sino que su obsesión, casi patológica, era guardar las distancias con el resto del sector. Valls tenía su propia agenda y en la primera página había anotado a plomo la palabra independencia. No había lugar para hacer negocios en común. El Popular había decido ir por libre.

El espantapájaros

La independencia era, pues, la clave. Y esa fue su orden cuando Valls, el ‘espantapájaros’, como algún día él mismo se definió ante su sucesor, Ángel Ron, decidió retirarse tras casi cuatro décadas mandando en el banco como sólo los príncipes de Maquiavelo saben hacerlo. El espantajo iba a seguir ahí el tiempo biológico que fuera necesario para preservar su obra.

Valls tenía su propia agenda y en la primera página había anotado a plomo la palabra independencia. No había lugar para hacer negocios en común

La misión del espantapájaros es, ya se sabe, ahuyentar a las urracas. En este caso, de una perita en dulce que siempre habían querido merendarse los depredadores del sector bancario, que se habían ido comiendo una a una con paciencia de orfebre todas las piezas del ajedrez bancario. Primero cayó el Hispano, luego el Central, luego Banesto

La última pieza -después del atracón de las cajas de ahorros- está ahora sobre la mesa -el Banco Popular- tras haber perdido en pocos años más del 90% de su capitalización bursátil.

En aquellos tiempos de la Transición, lo que martilleaba la cabeza del espantapájaros era conseguir que el Banco Popular -aunque fuera el más pequeño de los grandes- nunca fuera como el resto, lo que explica su renuncia histórica a entrar en todo tipo de fusiones. De ahí vienen sus duros enfrentamientos en los años 80 con el tándem Solchaga-Marino Rubio, ofuscados con la idea de que la banca española tendría que ganar tamaño, aun a costa de su solvencia.

Boada y los March

Valls llegó a aguantar la pinza que le hicieron el Hispano Americano y la Banca March (aliados del Gobierno) y hablaba ya en aquella época de rentabilidad y eficiencia, pero también de influencia y de otros intangibles que hoy se relacionan con el networking. De hecho, la historia del Banco Popular no se entiende sin otra de las obsesiones de Valls: influir sobre el poder político y mediático.

Un cajero del Popular. (Reuters)
Un cajero del Popular. (Reuters)

O lo que es lo mismo, estar muy cerca del poder, pero bailando, como antiguamente se hacía en los pueblos durante las canciones agarradas, con los codos por delante. Se cuenta que, en una ocasión, y tras ser entrevistado en el antiguo UHF de Televisión Española, el periodista le preguntó al banquero por el tiempo que llevaba sin nombrar a un ministro o a un alto cargo, y Valls le contesto: “Sí, al menos hace dos meses que no sugiero a nadie”.

Era verdad. La pura verdad. Pocos banqueros -probablemente ninguno- han influido tanto sobre el poder político desde que en 1957 Mariano Navarro Rubio fuera nombrado ministro de Hacienda por el dictador -posteriormente fue gobernador del Banco de España- y comenzó a tejer -junto a Luis Valls y Rafael Termes- una tupida red de tecnócratas para colarse bajo las entretelas del Franquismo, muchos de ellos miembros destacados del Opus Dei, como lo era el propio banquero (numerario).

Nada nuevo bajo el sol. El banco, de hecho, había sido amamantado por el poder político desde su parto. El rey Alfonso XIII no solo acudió a la inauguración de su primera sede, junto al Gobierno en pleno, sino que fue uno de sus máximos accionistas. Y fue el Popular quien financió el imperial Hotel Felipe II, en El Escorial, sobre terrenos cedidos por el monarca en el Monte Abantos. Siempre cerca del poder. Pero sin poltronas a la vista.

Valls y el Opus

Navarro Rubio había sido nombrado consejero delegado del Banco Popular tres años antes pero pronto saltó a la política como subsecretario, lo que dejó vía abierta a una batalla cruenta en el banco que se saldó con una solución de compromiso que pasaba por nombrar como presidente a Fernando Camacho Baños (de la Obra y antiguo Subsecretario de Hacienda) y a Luis Valls Taberner como vicepresidente ejecutivo. Tenía apenas 31 años.

Valls sacó del balance del Popular a sus bancos regionales, nacidos como plan B en caso de que se decidiera una nacionalización de la gran banca

Valls era pariente lejano -primo- de Félix Millet Maristany (sí, el padre del depredador del Liceo de Barcelona) y venía a representar savia nueva para un banco algo más que mediocre que en las tres décadas anteriores no había podido salir de su irrelevancia. Ni siquiera después de que el propio Millet -bien conectado con el Franquismo y con las oligarquías catalanas- intentara reflotar el banco gracias a sus conexiones con catalanismo moderado de raíz cristiana. Fundado en 1926 como Banco Popular de los Previsores del Porvenir, a mediados de los años 40 seguía siendo, en realidad, una sucursal financiera de una aseguradora acientífica que, en vez de utilizar el cálculo actuarial, funcionaba como una pirámide de Ponzi para captar clientes. Hasta que esa práctica (que existía también en otros países) fue prohibida.

Millet, Valls y la CEDA

Millet -un católico algo más que militante- había llegado al banco después del fracasado asalto a la Banca Arnús. El Banco Central de Ignacio Villalonga (entonces en la cúspide del poder financiero) había ganado la partida por lograr una posición hegemónica en la Cataluña de las rancias familias que cortaban el bacalao y que compraban a diario 'La Vanguardia Española'; por supuesto, amparadas por el Franquismo en sectores como el textil y el pequeño comercio, lo que obligó a Millet Maristany a tirar de su primo Luis, hijo, a su vez, de Ferrán Valls, un antiguo diputado de la Lliga Catalana, enrolada en la CEDA. Se trataba, en realidad, de una pelea entre bandos vencedores del Franquismo que tenía su epicentro en la Cataluña de mediados de los años 40.

La crisis, las nefastas decisiones, sucesivas ampliaciones y, sobre todo, el ladrillo han dejado sin porvenir al banco que presumía de garantizarlo

Probablemente, de aquella época le vino a Valls su miedo casi atávico a que Franco hiciera lo mismo que De Gaulle en Francia, nacionalizar la gran banca para configurar -incluso en los tardíos años 60- un Estado de perfil más autárquico. Algo que explica su determinación por influir sobre el poder político, lo que le llevó, por ejemplo, años más tarde, a colocar a Juan Manuel Fanjul Sedeño, monárquico del círculo del conde Barcelona y exconsejero-secretario del Popular, como primer Fiscal General del Reino en la democracia. O a Antonio Fontán como primer presidente del Senado y, sobre todo, el enlace político con el nuevo jefe del Estado. El editor Fontán, de hecho, con gran influencia sobre algunos periódicos de la época, fue quien entregó la carta en la que don Juan reconocía los derechos dinásticos a nombre del rey Juan Carlos.

La Falange y la banca

La nacionalización de la banca era una hipótesis, aunque fuera remota durante el primer Gobierno socialista, y esa posibilidad exigía ocupar puestos sensibles del Estado, incluso dejando tirado a un personaje tramposo y torticero como Ruiz-Mateos, prohombre de la obra. Sin olvidar el puesto clave que significaba haber colocado a Rafael Termes -con quien Valls llegó a tener serias discrepancias- al frente de la entonces poderosa patronal bancaria, lo que parecía confirmar la captura del poder político por parte de los banqueros, una realidad evidente desde la lejana Ley Cambó. La vieja matraca que esgrimían los falangistas de primera hora ante el dictador para frenar a los tecnócratas.

Ángel Ron, expresidente del Banco Popular. (EFE)
Ángel Ron, expresidente del Banco Popular. (EFE)

No todo fueron éxitos. El propio Valls, de hecho, se vio obligado a sacar del balance del Banco de Popular a sus bancos regionales (Castilla, Andalucía, Galicia, Vasconia y Crédito Balear), las célebres popularinsas, nacidos, precisamente, como una especie de plan B en caso de que se decidiera una nacionalización de la gran banca. Pagó por ello un alto precio -una especie de secuestro y rescate, llegó a decir- después de un pacto secreto entre Banif (filial del Banco Hispano Americano) y Carlos March, que había entrado por la puerta de atrás mediante un acuerdo con Claudio Boada para obligar a Valls a aceptar una fusión con cualquiera de los grandes que el barcelonés despreciaba.

Los March, según la prensa de la época, lograron una plusvalía de 4.000 millones y el Popular tuvo que consolidar a sus filiales en su balance. Pero, al menos, Valls Taberner había conseguido mantener su independencia. Su revancha, con el tiempo, fue lograr que durante tres años las revistas especializadas consideraran al Popular el mejor banco del mundo.

A partir de 2006, todo es historia. Pero de la mala. Incluso, de la peor. La crisis económica, las nefastas decisiones tomadas por el último consejo de administración (como comprar a pulmón el Banco Pastor), sucesivas ampliaciones que han matado más al enfermo y, sobre todo, el ladrillo, el maldito ladrillo, han dejado sin porvenir al banco que presumía a sus clientes de garantizarlo. Ángel Ron nunca hizo caso a uno de los consejos que le hizo Luis Valls antes de morir: "Hay que ser previsibles". El Banco Popular dejó de serlo y hoy está a punto de perder su independencia. El príncipe se estará revolviendo en su tumba.

*Con información basada en el libro 'Historia del Banco Popular: la lucha por la independencia'. Gabriel Tortella y otros. Edit. Marcial Pons.

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