La cicuta que en realidad ha matado a Blesa

Blesa nunca fue un banquero. Ni un empresario. El capitalismo clientelar en realidad ha matado a Blesa. Gente sin preparación que se aprovecha de la red de amiguismo

Foto: Un coche funerario traslada el cadáver de Blesa a Córdoba. (EFE)
Un coche funerario traslada el cadáver de Blesa a Córdoba. (EFE)

Blesa nunca fue el marqués de Comillas. Aquel prodigioso empresario que fundó la Compañía Trasatlántica Española, el Banco Hispano Colonial o la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Tampoco pudo ser como los Roca Soler, capaces de transformar el antiguo taller levantado por su bisabuelo, Ignasi Soler, en 1830, en una gran fábrica de productos sanitarios que hoy se asoma a medio mundo. Ni, por supuesto, imitó a los Raventós, a los Grifols, a los Churruca, a los Roviralta, a los Arteche, a los Oriol, a los Aznar, a los Careaga, a los Urquijo o a los De la Sota. Ni, por supuesto, tuvo que ver nada con los Ybarra-Zubiría, el clan familiar hegemónico en la Vizcaya del primer tercio del siglo XX gracias al control que ejercían sobre el comercio de mineral y hierro, la siderurgia y la construcción naval.

Tampoco Blesa imitó a Casimiro Mahou, que quiso vender cerveza en un país volcado al vino, o a los hermanos Figueroa Torres, que invirtieron en la minería de Marruecos, pero también en la explotación forestal, en bodegas, en ferrocarriles, y en un vasto etcétera a partir de las extensas propiedades agrarias y mineras heredadas de su padre, el marqués de Villamejor.

Carlos HernanzCarlos Hernanz

Ni tampoco fue como la familia Lozano, fundadores de Azucarera del Ebro, uno de los oligopolios que durante años controlaron los precios del sector. Y aunque fuera andaluz de Linares, Blesa nunca fue como los Ybarra González, ni como los Osborne, ni como los Barrié de la Maza o los Herrero, barandas de la economía gallega y asturiana durante años gracias a ese maridaje casi perfecto entre banca e industria, verdaderamente hegemónico durante un siglo en el que el clientelismo político era santo y seña. Una especie de capitalismo familiar fuertemente endogámico que ha envuelto históricamente a la economía española y frenado su desarrollo.

Capitalismo clientelar

Blesa, por el contrario, era hijo del capitalismo clientelar, del capitalismo de amiguetes nacido en torno al poder político tras la adhesión de España a la CEE, y que significó un paso atrás del Estado en sectores estratégicos como la banca, la producción de energía eléctrica, el petróleo, las autopistas o las telecomunicaciones, sectores que se entregaron de forma irreflexiva a nuevos gestores –una especie de desamortización encubierta pero tan ineficiente como la de Mendizábal– cuyo único mérito era haber estado cerca del poder.

Ahí estaban los compañeros de pupitre, los camaradas del partido y los abrazafarolas, cuya ciega y desmedida ambición pasaba únicamente por formar parte de la nueva aristocracia económica que se ha conformado en España en las tres últimas décadas. Y que, con el paso del tiempo, han hecho buena aquella vieja estrategia del canciller Bismarck para Alemania: precios altos y nula competencia en el mercado interior para favorecer el tamaño y la dimensión internacional de las empresas germanas. Así es como se ha creado la ‘armada española’.

Pero Blesa, en realidad, no era más que un simple peón al servicio del poder, que siempre ha necesitado gestores cercanos y sumisos

En la segunda mitad de los años 80, incluso, se llegó a crear una asociación de empresarios ¡¡de empresas públicas!!, dirigida por el socialista Antonio López, por entonces presidente de Amper, una especie de patrimonialización de la cosa pública verdaderamente insólita. Y que en los 90 alcanzó su máximo esplendor cuando el empuje privatizador de los gobiernos de Aznar creó una nueva élite empresarial al abrigo de los antiguos monopolios (Alierta, Pizarro, Martín Villa, Villalonga…). Todos ellos empresarios sin empresa.

En realidad, nada nuevo. Alfonso XIII, durante sus años de reinado, entregó 214 privilegios de marqués, 167 de conde, 30 de vizconde y 28 baronías. En total, 439 títulos nobiliarios que en la España finisecular se repartieron –el dinero antes que la gloria– en forma de presidencias de consejo de administración. Y Blesa, como otros tantos, era uno de ellos. Uno de los elegidos.

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Operarios trasladan el féretro con el cuerpo sin vida del expresidente de Caja Madrid Miguel Blesa. (EFE)
Operarios trasladan el féretro con el cuerpo sin vida del expresidente de Caja Madrid Miguel Blesa. (EFE)

Pero Blesa, en realidad, no era más que un simple peón al servicio del poder, que siempre ha necesitado gestores cercanos y sumisos. Y que cuando no los ha necesitado, los ha dejado tirados como una colilla. Ese mismo poder que se acercaba sin pudor a los meandros del dinero y de las dádivas repugnantes, como las 'blacks', pero que ahora ni siquiera ha tenido la decencia de pasarse por el tanatorio de Linares.

El amiguismo

La historia de Blesa, en este sentido, es la misma que la de un país que ha huido de forma escandalosa de la meritocracia y del valor del talento y del esfuerzo. Sustituidos por el amiguismo, que, como dice el abogado Herzog, es la peor de las corrupciones, ya que apenas se ve. No deja huella. El amiguismo como fuente de todos los males.

La misma historia de un país que ha despreciado la creación de élites al estilo de la ENA francesa, donde se forman los altos funcionarios para servir a la república, no para configurar una fatal endogamia entre el poder político y el empresarial, y que ha tenido en las cajas de ahorros su máxima expresión. En realidad, el lamentable exponente de lo que el economista César Molinas denominó en su día con acierto gobierno de las 'elites extractivas' por la deficiente calidad de las instituciones, y que en el fondo está detrás de la corrupción. Una corrupción que empieza justo en el momento en que alguien coloca a su amigo en un puesto clave por el hecho de serlo.

Sustituidos por el amiguismo que, como dice el abogado Herzog, es la peor de las corrupciones, ya que apenas se ve. No deja huella

Blesa, en definitiva, no era más que una pieza clave de un engranaje deplorable. Blesa invertía donde querían Esperanza Aguirre o Gallardón. ¿O es que Núñez Feijóo se rebeló sin argumentos cuando Galicia se quedaba sin sus quebradas cajas de ahorros? Lo hizo, como tantos otros, porque quería seguir mangoneando. Como en todas las cajas de ahorros del país. ¿Tiene sentido aún hoy que los políticos o sus acólitos se sigan sentando en los consejos de administración de las empresas públicas?

No es una maldición caída del cielo. Como ha escrito en un extraordinario artículo Jaime-Axel Ruiz Baudrihaye en 'Crónica Popular', la ENA, Ecole Nationale d’Administration, es desde 1945 la cantera de los servidores públicos franceses y es un referente europeo por su alto nivel de formación y una garantía para la imparcialidad y la eficiencia de la Administración pública francesa.

Muchos ministros, primeros ministros, políticos y parlamentarios han sido formados por esa prestigiosa institución. Entre los enarcas se cuentan, por supuesto, Emmanuel Macron y Edouard Philippe, pero también François Hollande y Ségolène Royal, Dominique de Villepin, Jacques Chirac, Michel Rocard, Laurent Fabius y Lionel Jospin. Los presidentes de Gaz de France, Peugeot, FNAC, Axa Seguros, Airbus, France Telecom, entre otras grandes empresas, son también enarcas. O ‘enarquistas’, como les llama ‘Libération’. Ensayistas como Alain Minc o Jacques Attali también salieron de la ENA. Casi todos los embajadores de Francia lo son, así como más de treinta parlamentarios.

Blesa, sin embargo, era inspector de Hacienda. Pero sus amistades con el poder político le llevaron a presidir una de las primeras entidades financieras del país. Nunca nadie mandó tanto con menos merecimiento. Nunca un país ha tenido peores élites.

*Con información del libro 'Familias empresarias y grandes empresas familiares en América Latina y España', Paloma Fernández Pérez y Andrea Lluch (Eds.), Fundación BBVA, 2015.

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