La maldición de la familia Rato con la banca: quiebra y cárcel

Detrás del nombramiento de Rato como presidente de Caja Madrid había algo más. Lo que se escondía era una operación política de calado que se fue al traste con la doble recesión

Foto: Rodrigo Rato. (Ilustración: Raúl Arias)
Rodrigo Rato. (Ilustración: Raúl Arias)

Ramón Tijeras, probablemente el periodista que mejor conoce los entresijos financieros de la familia Rato, contó en su día que Ramón Rato y Rodríguez Sampedro, padre del exvicepresidente económico, recibió el 3 de noviembre de 1966, hace ahora poco más de medio siglo, una notificación por la que se le comunicaba un arresto domiciliario.

Rato, que falleció en 1998, se topó con la Justicia cuando la Unidad de Delitos Monetarios descubrió una trama de evasión de divisas a través de Andorra que conectaba directamente con Ginebra. Días después, don Ramón ingresaría en la prisión de Carabanchel. Lo que pretendía el último patriarca de los Rato era sacar dinero ilegalmente de España para comprar la Banca Werra, con sede en Sion (Suiza).

La maldición de la familia Rato con la banca: quiebra y cárcel

Otro de sus hijos, Ramón Rato Figaredo, también fallecido, siguió idéntico camino tres semanas después. Igualmente, la banca fue su perdición. La fuga hacia adelante del hermano de Rodrigo Rato acabó cuando el Consejo de Ministros se encontró encima de la mesa la inminente suspensión de pagos de tres bancos españoles, como cuenta Tijeras. Los tres bancos afectados eran el Banco de Siero, el de Murcia y el de Medina. Los dos primeros pertenecían a la misma persona: Ramón Rato y Rodríguez San Pedro, quien desde la cárcel de Carabanchel conoció la propuesta de la Subsecretaría del Tesoro y Gastos Públicos, y que el Consejo de Ministros aprobó ese mismo día.

El tercero de los Rato, Rodrigo, acaba de ingresar en prisión. También por su actividad como banquero.

No es fácil encontrar un caso parecido en la reciente historia económica española. Máxime cuando Rodrigo, como en las viejas familias de rancio abolengo, no estaba llamado para la banca, sino para otros menesteres: la política, donde hizo una fulgurante carrera de la mano de José María Aznar en su asalto a la vieja Alianza Popular que estaba a punto de hundir todavía más Hernández Mancha.

De la California libertaria a AP

De hecho, su interés por la economía es casi secundario. Se licenció en Derecho, y no empezó a pensar en economía hasta que su padre lo envió a a la Universidad de Berkeley (California) en 1971, donde obtuvo un título de administración de empresas. Algún dirigente del PP recordaba años después, con cierta mala leche, que Rato debía ser el único caso en el mundo en que un joven veinteañero se marcha a la California libertaria de los primeros años setenta, y todo lo que ello representaba, y cuando vuelve a España se hace de la Alianza Popular de Fraga, el partido conservador por excelencia en la España del cambio.

La circunstancia de que Rato no sea economista profesional no es baladí. De hecho, pudo haber optado a sentarse en alguna entidad financiera después de que muchos lo considerasen el padre del último milagro económico español. Pero no lo hizo. Sin duda, porque lo suyo es y seguirá siendo la política, algo que explica que renunciara a seguir como director gerente del FMI a mitad de mandato.

Al menos, cuando a finales de 2007 Rodrigo Rato regresó a España después de haber pasado apenas tres años como director gerente del Fondo Monetario Internacional, huyó, sin saberlo, de la gran crisis financiera que se avecinaba. Pero hay que reconocer que su instinto político no fue lo suficientemente fino para oler lo que se le venía encima. Probablemente, por esa soberbia innata de quien ha triunfado por encima de lo que cabía esperar, lo que explica que se dejara llevar por los cantos de sirena que algunos dirigentes de su partido le susurraban al oído.

La maldición de la familia Rato con la banca: quiebra y cárcel

En particular, Esperanza Aguirre, quien al poco tiempo de que estallara oficialmente la crisis tras el descarrilamiento de Lehman, le montó un acto en la antigua Universidad Central de Madrid para que el antiguo responsable del FMI explicara las causas de la hecatombe económica. Una especie de homenaje póstumo para quien había dejado Washington dando un portazo harto de reuniones y de viajes por todo el mundo. Lo suyo seguía siendo la política. Y Aguirre lo sabía.

Aquella noche hacía frío, mucho frío, en la vieja calle de San Bernardo, sede de la histórica universidad de Madrid, pero para vientos gélidos los que debió sentir el aparato de la calle Génova ante aquella alianza un tanto extraña, pese a que ya por entonces Rajoy había infligido una seria derrota a Aguirre en el reciente congreso de Valencia. La expresidenta de Madrid convirtió aquel acto, que pretendía ser académico, en un aquelarre contra Rajoy con un convidado de excepción venido de EEUU y con enorme prestigio aún dentro del partido. Lo que quería demostrar era, ni más ni menos, que Rato estaba de su lado después de que Rajoy hubiera perdido dos elecciones consecutivas.

Es en este contexto en el que la Universidad Rey Juan Carlos concedió pocos meses después de aquel acto al exvicepresidente económico (enero de 2009) el título de doctor honoris causa. La URJC, como se sabe, ha sido durante años, además de una máquina de expedición de másteres, la prolongación universitaria del Partido Popular (PP) en Madrid, y, de hecho, fue el rector González Trevijano —'uno de los nuestros'— quien se lo entregó a Rato, con 'laudatio' de Fernando Becker.

Detrás de esos actos que se vendían como académicos había, en realidad, una ambiciosa operación política. Rato aparecía para Aguirre como la gran esperanza blanca para descabalgar a Rajoy, y nada mejor que formar tándem con quien había sido todo en el partido. La 'mala suerte' de Rato empezó ahí. Por medio se cruzó la salida obligada de Miguel Blesa, acosado por la crisis de Caja Madrid, una centenaria entidad convertida en una especia de Gobierno de concentración del que formaban parte partidos, empresarios y sindicatos.

Informes comprometedores

La tentación inicial de Aguirre era colocar a Ignacio González, su número dos, como presidente de la caja, y, de hecho, su nombramiento se llegó a dar por hecho. Es probable que ya por entonces el aparato de Génova conociera algunos informes comprometedores del exvicepresidente madrileño, lo que explica que la sustitución de Blesa, tras la que había un pulso soterrado entre la propia Aguirre y Gallardón, se ventilara finalmente entre Rato y Luis de Guindos, que estuvo en las quinielas hasta el último momento.

Paradójicamente, dos viejos amigos que con el tiempo se convertirían en dos acérrimos enemigos. Todo esto sin que el Banco de España —que no tenía competencias sobre el nombramiento de los presidentes de las cajas— pudiera dar su opinión. El sucesor de Blesa era, en definitiva, cosa del Partido Popular.

Así es como surgió el nombre de Rato, elegido en enero de 2010 (un año después de subir a los altares de la academia universitaria) con el respaldo de Génova, quien así mataba dos pájaros de un tiro. Reducía el poder de la presidenta de la Comunidad de Madrid sobre una pieza fundamental del sistema financiero y, en paralelo, desactivaba el futuro político de Rodrigo Rato (el perdedor en aquella célebre terna de Aznar) entregándole una caja tan grande como inmensas eran sus necesidades de solvencia.

Una auténtica patata caliente que no tardaría en estallar entre las manos del ex director gerente del FMI, cuya experiencia como banquero era simplemente nula. Y que intentó superar con una fusión fallida con La Caixa, lo que hubiera convertido a Aguirre y al propio Rato en los reyes del mambo financiero si no fuera porque la segunda recesión de la economía española reveló las verdades del barquero. Caja Madrid había jugado demasiado fuerte y había perdido. Si aquella fusión se hubiera fraguado, es probable que todo hubiese sido distinto.

Así fue como Rato cayó en una trampa que él mismo ayudó a colocar. Y, de hecho, ni siquiera fue Blesa quien empezó a distribuir las célebres tarjetas 'black' entre los consejeros de Caja Madrid, en mayo de 1988, sino su antecesor, Jaime Terceiro, como recuerda la sentencia del Supremo, aunque dejando bien claro que en ese tiempo —el de Terceiro— se podían utilizar, exclusivamente, para gastos de representación en el desempeño de la función de consejero. De ningún modo para gastos de carácter personal, y menos ocultándolo a Hacienda. Y todo por 99.054,59 euros, que es lo que gastó Rato de Caja Madrid entre el 28 de noviembre de 2010 y el 7 de mayo de 2012. Apenas 18 meses que lo han enviado al infierno.

¿Su delito? Como sostiene la sentencia, apropiación indebida y el mantenimiento consciente de un sistema “que ya cuando se estableció en 1988 estaba pervertido en su origen y en su traslado a la práctica”. El olfato político de Rato se había acabado. Todo por un dispendio que representa apenas el 25% de lo que cobraba al año en el FMI. Lo que mal empieza, mal acaba. No parece que la banca sea un buen oficio para los Rato.

Mientras Tanto

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