El botón nuclear está averiado: el BCE se queda sin munición

El BCE ha sacado la artillería que le queda para fortalecer el crecimiento. Pero la realidad es que la política monetaria, con tipos de interes cero, está atada de pies y manos

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El aterrizaje 'suave' de la economía europea —después de sacudirse la Gran Recesión— es ya más brusco de lo previsto. No es ninguna novedad, pero sí el hecho de que Draghi, ya sin los supuestos corsés legales que impidieron que el BCE actuara de manera más eficaz en los tiempos más duros de la crisis comprando deuda, haya decidido apretar de nuevo su particular botón nuclear, cada vez con menos potencia de fuego. O lo que es lo mismo, cada vez más inofensivo para sostener el crecimiento.

Y esto es así porque con tipos de interés al 0% —y con un 0,40%, que es lo que cobra el BCE a los bancos como penalización por mantener dinero en sus arcas (para garantizar que el dinero llega a los clientes bancarios)—, la capacidad de la política monetaria para impulsar la economía es algo más que reducida. Hoy, de hecho, ni siquiera hay pruebas evidentes de que las cañerías por las que circula la transmisión de la política monetaria se hayan atascado, como sucedía hasta 2014. Es decir, no hay problema de liquidez sino de demanda de crédito.

Tampoco es ninguna novedad. Era evidente que la política de tipos de interés cero tenía sus límites (salvo que los banqueros de Fráncfort hubieran optado por adentrarse en el peligroso terreno de los tipos negativos), pero el BCE siempre ha confiado en que los gobiernos le echarían una mano alentando el crecimiento económico mediante avances de la productividad o reformas económicas (desde el lado de la oferta) para aumentar el potencial de crecimiento.

No ha sucedido ni una cosa ni la otra. ¿El resultado? Draghi y sus banqueros se han quedado solos ante la amenaza de una guerra comercial, todavía formalmente latente, pero que ya está pasando factura, aunque sea de baja intensidad. China y EEUU siguen negociando, pero solo la amenaza ya está debilitando de forma intensa la economía global.

Entre otras cosas, porque buena parte de los bienes producidos en China (que se enfrenta a una subida arancelaria equivalente a unos 200.000 millones de dólares) son en realidad fabricados por empresas europeas, por lo que de manera indirecta la política proteccionista de Trump le hace un roto a Europa. Máxime, cuando las autoridades chinas están reconvirtiendo por primera vez en 40 años su patrón de crecimiento.

Beijing, como se sabe, quiere que la demanda interna (en particular, el consumo privado) vaya sustituyendo al sector exterior como palanca del crecimiento, lo que perjudica a las manufacturas europeas, muy volcadas a la exportación. Y China, no hay que olvidarlo, acaba de anunciar que su PIB avanzará este año entre un 6% y un 6,5%, la menor tasa en tres décadas.

Sentimiento económico

El roto es todavía mayor si se suman las incertidumbres que genera el Brexit (sobre todo si es desordenado), que, como muchos temían, no solo debilita al Reino Unido sino también a muchas economías del continente, lo que se manifiesta en una caída intensa de los indicadores de sentimiento económico, que reflejan las expectativas de las empresas, como reconoce el BCE en sus proyecciones macroeconómicas. En concreto, el BCE espera que la demanda externa de la zona euro, que se expandió un 4% en 2018, disminuya significativamente, cayendo al 2,2% en 2019, antes de repuntar al 3% en 2020.

Es más, la crisis del Brexit llega en el peor momento para Europa porque, como admite el BCE, el ciclo expansivo que está detrás de las grandes cifras (el subyacente) “se ha debilitado antes de lo esperado, reconociendo la posición cíclica cada vez más madura de la economía de la zona del euro”. España, por el momento, se salva porque su ciclo (al salir más tarde de la recesión) es menos maduro (entre cuatro y seis trimestres).

Por lo tanto, un escenario algo más que incierto que explica el drástico recorte de las previsiones de crecimiento para este año en la zona del euro (del 1,9% al 1,1%), lo que necesariamente arrastra a la inflación a la baja (del 1,7% al 1,2%).

Condicionantes

Es decir, muy lejos del 2% que, de manera un tanto obstinada, se empeña en lograr el BCE para adecuar su política monetaria, que no parece tener en cuenta los condicionantes estructurales que explican la baja inflación en el mundo pese a que los tipos de interés continúan en niveles históricamente bajos. Y que se explica por factores como la globalización, las liberalizaciones comenzadas en los años ochenta y, por supuesto, los avances tecnológicos, que tienden a deprimir los precios. Tampoco el petróleo, que siempre tiene un efecto arrastre sobre los precios, favorece hoy una recuperación de la inflación a niveles que se consideran compatibles con la política monetaria.

Ni siquiera pese a que los salarios crecerán el doble que la inflación (2,1%), influidos, sobre todo, por la escasez laboral en algunos mercados, principalmente del norte de Europa.

Es decir, una endiablada encrucijada económica que difícilmente puede afrontarse solo con política monetaria. De hecho, hay problemas de naturaleza estructural, como la adaptación de la industria del automóvil a las nuevas normas medioambientales, que han hecho mella en la economía alemana. Aunque también en la española, muy dependiente del sector por su enorme peso (alrededor del 14%) en las exportaciones. El margen monetario se agota.

Mientras Tanto

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