Isabel Díaz Ayuso o el estupor político

La política espectáculo ha encontrado en Díaz Ayuso un nuevo símbolo. La presidenta madrileña busca el maniqueísmo y el enfrentamiento fácil. Lo contrario al liderazgo

Foto: La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. (EFE)
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La meritocracia nunca ha sido el mejor sistema para elegir a los líderes de un Gobierno, aunque distinto es para muchas otras actividades. Grandes dirigentes como Willy Brandt, Churchill, Franklin D. Roosevelt o, incluso, el actual primer ministro sueco, soldador de profesión, nunca destacaron por sus brillantes expedientes académicos.

Igualmente, tampoco la ignorancia es una buena compañera de viaje a la hora de hacer política que, como se sabe, no es solo ganar elecciones, sino dejar huella a las siguientes generaciones. Como De Gaulle, que tras una docena de años retirado de la cosa pública volvió a liderar la república francesa en unos momentos especialmente convulsos para su país. La India moderna no se entiende sin la figura del Nehru, formado en los mejores colegios británicos, ni EEUU sería igual sin Kennedy, icono de un país construido en torno a grandes liderazgos: Jefferson, Lincoln

Cánovas, al margen de posiciones ideológicas, fue la gran figura conservadora del último tercio del siglo XIX, y su impronta marcó el devenir de la derecha española durante décadas. Mientras que la sólida formación intelectual de Azaña poco le ayudó a la hora de gestionar un periodo terrible de la historia de España. O Adolfo Suárez, que ha sido el referente de la última generación de políticos con verdadero sentido de Estado, y cuyo expediente académico cabía en una tarjeta de visita.

Comparar a Isabel Díaz Ayuso (Madrid, 1978) con cualquiera de ellos sería lo mismo que dar credibilidad a aquella maldad que decía Churchill de Clement Attlee, por cierto, uno de los mejores primeros ministros del Reino Unido: "Frente al número 10 de Downing Street", decía con su lengua afilada el premier británico, "se detiene un taxi vacío, sin pasajeros. Entonces, se abre la puerta y sale de él Clement Attlee".

Corrupción y red clientelar

Díaz Ayuso, como se sabe, llegó a la presidencia de la Comunidad de Madrid en unas circunstancias muy difíciles para el Partido Popular (PP), acusado en los tribunales por numerosos casos de corrupción. Pero también acosado por buena parte de la opinión pública por haber creado durante años una red clientelar que explica, precisamente, la erosión de un partido que dentro de muy poco cumplirá 25 años al frente del Gobierno regional. Hasta el año 2015, con abultadas mayorías absolutas, pero desde entonces gobierna gracias a los votos de Ciudadanos, con quien ha tenido frecuentes desencuentros.

Díaz Ayuso, como es conocido, fue la candidata del PP por una serie de carambolas. La dimisión precipitada de Cifuentes; la no elección de su vicepresidente, Ángel Garrido, como candidato por parte de la dirección del PP, lo que le llevó a recalar en Ciudadanos; el efímero Gobierno en funciones de Pedro Rollán y, por último, su elección como candidata por Pablo Casado recién nombrado presidente del PP. En definitiva, una suerte de circunstancias difícilmente repetibles.

Se puede tener un pobre historial académico, y el de Díaz Ayuso lo es, y, por el contrario, se puede enriquecer la política. No es el caso.

Lo que más llamó la atención a muchos de la elección de Díaz Ayuso, primero como secretaria de comunicación del PP de Madrid, fue su escueto CV. En su ficha de diputada de la Asamblea de Madrid, donde lleva desde 2011 como diputada, acredita que es licenciada en Ciencias de la Información y que ha obtenido un diploma en estudios avanzados, aunque sin especificar ni el lugar ni la materia. Toda su vida profesional, desde los 27 años, la ha hecho en las cocinas del Partido Popular.

Lo que más revuelo armó tras su elección, sin embargo, fue el hecho de que Díaz Ayuso fuera durante algún tiempo la responsable de redes sociales de Esperanza Aguirre, lo que no parece un enorme bagaje intelectual para alguien que estaba llamada a presidir un gobierno que maneja al año más de 20.000 millones de euros, y que, además, por el efecto capitalidad, tiene una proyección nacional que no tiene ningún otro ejecutivo regional. Lo que pasa en Madrid se convierte rápidamente en una cuestión de estado.

Pobre historial

La acusación era inicialmente injusta. Como se ha dicho, se puede tener un pobre historial académico, y el de Díaz Ayuso lo es, y, por el contrario, se puede enriquecer la política. Pero no es el caso. Probablemente, porque la propia presidenta madrileña ha querido —o lo han querido desde las bambalinas de su partido y de sus cuidadores de imagen— convertirse en una mala copia de Esperanza Aguirre, lo que le ha llevado a comentar en alguna ocasión: "Yo digo lo que pienso. Quiero disfrutar de la política, que muchas veces es espectáculo. Quiero hablar sin miedo, sin miedo a no gustar, a caer mal. El miedo hace que el político se empobrezca". Otro verso suelto que tanto gusta al PP madrileño.

Tiene en parte razón Díaz Ayuso. Ser libre en política es una buena idea. Incluso, necesaria. Y, de hecho, ojalá cambiara el sistema electoral para que los ciudadanos pudieran elegir libremente a quién votar, con lo que se conseguiría que los diputados tuvieran voz propia. El problema es cuando no se tiene nada que decir más allá de lugares comunes o de barbaridades que en nada contribuyen a crear un espacio político constructivo. Probablemente, el patrimonio intelectual más necesario para hacer cosas útiles. Sobre todo, en unas circunstancias actuales.

No es que el demencial acto de IFEMA —por el que el alcalde Martínez-Almeida y otros dirigentes han pedido ya disculpas— haya superado todas las barreras de la indecencia política, o que se hable en pleno siglo XXI de quemar iglesias, o que se frivolice con la comida de los niños más vulnerables, lo preocupante es que refleja una determinada forma de hacer política por parte de una generación de políticos —y Díaz Ayuso es hoy adalid— que han visto en el espectáculo, ya sea en los parlamentos, en las televisiones o en las redes sociales, su razón de ser. Incluso, en medio de una pandemia que se ha llevado ya por delante a más de 25.000 ciudadanos.

Un inmenso lodazal

Díaz Ayuso, de hecho, parece haber construido su discurso en línea con aquello que decía Antonio Gala de los andaluces, que afirmaban por negación. Es decir, que ha cimentado su personaje —los creadores de sombras están para eso— en torno a la idea de que ella es la última línea de defensa frente a la izquierda radical y extremista, lo cual sonroja si se tiene en cuenta que en los escaños de enfrente en Madrid tiene a dos peligrosos izquierdistas: Ángel Gabilondo e Iñigo Errejón.

Ayuso representa a una generación de políticos que han visto en el espectáculo, ya sea en el Congreso, en las TV o en las redes, su razón de ser

Lo más terrible, sin embargo, es que no se trata de una acción espontánea improvisada vinculada a una posición política o a una opción de carácter personal, lo cual sería hasta aceptable. Por el contrario, obedece a una estrategia calculada destinada a convertir la política en un inmenso lodazal tan maniqueo como se pueda. Es decir, o yo o el caos. Quien no esté conmigo es que está con los bolivarianos o con los social-comunistas, como se prefiera. O, al revés, quien critique a Sánchez o a Iglesias es, en realidad, un fascista o un derechista.

Es decir, una estrategia basada en azuzar la polarización como medio para hacer política, lo cual es más propio de dictadores que de dirigentes de democracias consolidadas, en las que los argumentos, qué otra cosa es el parlamentarismo, derrotan a las consignas o a los eslóganes facilones que solo buscan explotar las emociones más primarias.

Isabel Díaz Ayuso, preside el acto de celebración de la fiesta de la Comunidad de Madrid. (EFE)
Isabel Díaz Ayuso, preside el acto de celebración de la fiesta de la Comunidad de Madrid. (EFE)

La estrategia es tan descabellada —cuando Madrid es, precisamente, el epicentro de la pandemia— que ni siquiera representa lo mejor de su partido, que lo hay, y que hoy gobierna en muchas comunidades autónomas con la autoridad que da huir de escándalos artificiosos. Feijóo, Moreno Bonilla o Fernández Mañueco no se merecen tener una compañera de partido que tira por la borda la sensatez, aunque se esté o no de acuerdo con las decisiones que tomen cada uno de ellos en sus respectivos territorios.

Es probable que la estrategia de Díaz Ayuso —avalada hasta ahora por Casado— le salga bien. Incluso, es posible que el PP pueda aumentar los votos a costa de un deteriorado Ciudadanos pese a que Ignacio Aguado está haciendo un buen trabajo. Pero a la larga los barrizales perjudican a todos. No solo son malos para la salubridad de la vida política, sino, sobre todo, para España. Y alguien debería decírselo.

Mientras Tanto
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